Las gratitudes

La exitosa novela de Delphine de Vigan es dirigida por Juan Carlos Fisher en el Teatro de La Abadía

Foto de Elena C. Graiño

Si con mucha frecuencia exigimos sutileza en las propuestas literarias, ya sean novelas o dramas ─ese gesto permite al lector o al espectador completar con su intelecto y su imaginación los huecos esbozados─; el exceso de omisión puede derivar en simpleza. Eso es lo que observo en el texto de Delphine de Vigan. Por un lado, convengamos en que más parece un extenso relato que se ha alargado hasta configurar una novela corta. Procedimientos de tipo editorial que valen para lanzar un producto que considero sobrevalorado.

Ocurre como en la adaptación (también en La Abadía) de la novela de Amélie Nothomb, Una forma de vida, la cual no era su mejor obra; pero venía bajo el halo de su autora. Si Las gratitudes se tomara, insisto, como un cuento, sería aceptable que los personajes fueran planos y cumplieran como peones al servicio de ese concepto de gratitud. En este sentido, el mensaje resulta evidente.

Ninguno de estos individuos, en realidad, llega a redondearse. Apenas se establece su cañamazo. Ni siquiera con la protagonista se procede a un desarrollo. Su carácter de correctora en una revista durante años queda desvanecido por el reiterado «juego» de la afasia. Gloria Muñoz elabora con su papel esa dificultad en la transmisión de las palabras: las sílabas se descolocan o se sustituyen para producir parónimos que convierten las oraciones en un galimatías que termina por ser bastante divertido (la traducción de Pablo Martín Sánchez está llena de aciertos y de hallazgos). Es una constante que la actriz remarca con dominio, mientras «conduce» a esa anciana hasta el acabose. Se llama Michka Seld y durante mucho tiempo cuidó de María, su vecina; porque, según se nos sugiere entre grandes elusiones, su familia no la trataba como debía. A esta la interpreta Macarena Sanz, con la afabilidad y la espontaneidad tan características de ella, y que favorecen el tono de este proyecto. Acude a la residencia a visitar a esa segunda madre. Es lógico que la quiera compensar de ese modo todo lo que esa señora hizo por ella. Nos interesaría conocer con más concreción cómo eran aquellas tardes y noches cuando ambas compartían piso; sin embargo, se nos «despista» con el novio que se quiere marchar a la India, aunque esta joven esté embarazada.

Por otra parte, Jerónimo ─se han españolizado los nombres, no obstante, la protagonista conserva el suyo intacto─ es el logopeda de aire también afable que asume Rómulo Assereto con verosímil paciencia. Entabla una hermosa relación con la paciente entre ejercicios lingüísticos, a la vez que se propicia la comicidad de los múltiples errores que escuchamos en los vocablos. Él asimismo se permanecerá sin el progreso de su personaje. Bosquejar su incomunicación con su padre no es suficiente para conocerlo más ampliamente. De una manera un tanto abrupta, tomará la determinación de indagar en la familia que acogió a Michka cuando era una niña y su madre tuvo que buscar una solución improvisada en su escapatoria durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué había sido de esa pareja? Nuestra heroína había sido después recogida por una tía, pues sus progenitores habían terminado en un campo de concentración.

A pesar de ello, si durante una hora o cien páginas no trabajas suficientemente la biografía íntima de la señora Seld, entonces no te queda más remedio que en tres minutos introducir la extensa explicación que justifique su doliente historia. Ahí se rompe cualquier ritmo, la cadencia de pequeñas escenas flanqueadas por fundidos a negro, que Juan Carlos Fisher ha marcado con acertada precisión, se diluye para concentrar la atención del público en la tragedia particular. Se fuerza con evidencia la carga sentimental y se logra el gimoteo del respetable. Ahora, me pregunto si se guardará en la memoria alguna clase de trama en la que apoyarse. Apuesto a que no.

Desde luego, la factura del montaje destaca por la luminosidad, por la blancura que ha potenciado Juan Sebastián Domínguez, quien ha creado una habitación de gran verticalidad, con un enorme ventanal y espacio para que los dos personajes secundarios se «escapen» por el lateral. El drama posee el atractivo que supone contemplar un declive cognitivo y, a la vez, una capacidad para que las gracias lleguen antes de que sea demasiado tarde.

 

 

Las gratitudes

Texto original: Delphine de Vigan

Dirección: Juan Carlos Fisher

Reparto: Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto

Traducción: Pablo Martín Sánchez

Adaptación: Marta Betoldi

Escenografía y vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Iluminación: Ion Aníbal López (AAIV)

Ayudante de dirección: Rómulo Assereto

Producción ejecutiva: Olvido Orovio

Producción: Producciones Teatrales Contemporáneas, Producciones ABU, Teatro Picadero, La Casa Roja y Milonga Producciones

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 10 mayo de 2026

Calificación: ⭐⭐

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