Lucía Trentini se convierte en la vengadora de aquellas indígenas violadas que fueron sus antepasadas en una performance repleta de tópicos

Cansa un poco que aspectos tan duros como el abuso sexual y las violaciones contra mujeres en tantos y tantos conflictos bélicos, de procesos colonizadores y de usurpaciones diversas en Iberoamérica pasen por los tópicos de la «leyenda negra». Lucía Trentini, uruguaya, elabora una performance, y ya sabemos que este tipo de espectáculos pueden ser un cajón de sastre. Una mezcolanza sin ánimo de cohesión y un esparcimiento de expresiones poéticas, discursivas y musicales para que la idea principal quede clara. Ella, con vigor autoficcional, asume que es «indígena por parte de madre» (¿y quién no? Me pregunto). Ella se arroga el victimismo de sus supuestas antepasadas para abrazarse con otras, aunque otras hoy puedan haber medrado bárbaramente. Aquí, de lo que se trata, es de buscar los ejemplos de la atrocidad para enfundárselos. Y siendo de Uruguay habría tenido la oportunidad de mostrarnos la Matanza de Salsipuedes, donde prácticamente fue exterminado el pueblo charrúa, con un ataque dirigido por un presidente criollo, Fructuoso Rivera. Es solo una muestra, ya que verdaderamente merece la pena indagar con profundidad en los exterminios de América (toda), más allá de los propiciados por la viruela y otras enfermedades llevadas por los europeos. Es decir, de todo lo que ocurrió una vez se fueron independizando de la corona española. Sobre todo, porque el popurrí que tenemos que escuchar, la arenga a salto de mata por los vericuetos de las épocas puede convertir sus ínfulas en un gesto inane. Demasiada narración que no se materializa con el dramatismo y hasta con el tenebrismo que sería requerido. Ocurre con canciones, con manifiestos y, también, con obras teatrales que no van al fondo, que no nos enfrascan en la controversia. Aquí volvemos a «tirar» la estatua de Colón como hacen los estadounidenses (por cierto, ¿no es un pecado mortal entre tanto genocidio ni siquiera mentarlos?). Y el mito del buen salvaje rousseauniano para exponer una especie de unión india poseedora de su tierra y de sus recursos.
Desde luego, no quiero perder el foco: por supuesto que los casos que menciona son absolutamente terribles. Traer a colación al infame Miguel de Cuneo, algo así como el primer turista al Nuevo Mundo en el segundo viaje de nuestro insigne navegante allá por 1493, tiene sentido. Nos dejó en su «Carta de Savona» la descripción de la violación (la primera documentada en el Caribe) que cometió contra una indígena. Para él, toda una «aventura». La cuestión es que cada noticia se trocea y se alimenta de canciones, mientras ella teclea en su mezcladora para marcar un ritmo electrónico. Por momentos, en esas acciones nos da la espalda y la función pierde un poco la sintonía. Opera como un concierto, donde resuenan los motivos folclóricos, a través de la guitarra o algún instrumento de origen africano. Recitando como si fuera un rap repleto de insolencia. Es la percusión de los esclavos la que cuela en las composiciones, que son las que copan ante todo el montaje. A su vez, ansía darle pulsión simbólica a través de una pequeña cubeta donde ella sumerge su rostro y, después, va tirando diferentes elementos, ya sean semillas, jugo de naranja o un bote de Coca-Cola. Todo ello visionado en una gran pantalla, tal y como exigen estas propuestas. Con las mismas nos destina a París, a los zoológicos humanos, donde se mostraban indios traídos del otro lado del continente para crear estupefacción en los franceses. Incluso tuvimos uno en El Retiro. Una vergüenza racista que se ilustra de mala manera con unas fotos pasadas velozmente.
Trentini se emplea con energía creciente y se impone el personaje ─tímidamente esbozado─ de una «perra cimarrona». Quizás pueda llevar a equívoco el término, pues aquí se refiere más a un tipo de perros que pululan por Uruguay y que son emblema de coraje. No se deriva hacia los célebres cimarrones, esos esclavos negros rebeldes que, además, popularizó el cine. También, de hecho, hubo líderes cimarronas y, por lo tanto, podemos conectar el ímpetu de la escena con aquellas mujeres como Queen Nanny. Lo que nuestra actriz anhela es la venganza, la aniquilación de todos aquellos a los que hace referencia. «Morderlos y degollarlos», pues su rabia es imparable. Esos gestos son los que más pujanza tienen dentro del proyecto.
Peor encaje tiene el populismo que abraza cuando, por si fuera poco, agarra la mochila amarilla de Globo. La india va atravesando generación a generación todo el estatismo determinista y acaba como rider repartiendo comida a una clase social que está un poquito más arriba que ella. Con tal discurso nos quedamos inermes, no hay posibilidad de crítica, porque la simpleza argumental está impuesta. Y así se completa esta pieza, un tanto pobre en los elementos que se pretenden conjugar, que destaca por las ganas de su creadora. No obstante, apenas puede repercutir intelectualmente en un espectador que aspire a ahondar en las complejidades de la historia. Dispara a demasiados lados, en distintos siglos, y obvia incongruentemente aspectos fundamentales de todo un proceso complejísimo. Esta falta de concreción no ayuda a que el mensaje quede expedito más allá de los estereotipos.
Dramaturgia, dirección e interpretación: Lucía Trentini
Dirección actoral y asesoramiento: Ricardo Mena Rosado
Escenografía y soporte técnico: Bibiana Cabral Peralta
Fotografía: Javier Villasuso
Agradecimiento especial: Pequeño Teatro de Durazno y Nuevo Montacargas de Madrid
Producción: La Santa
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 26 de abril de 2026
Calificación: ⭐
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