Panorama desde el puente

Un acartonado texto de Arthur Miller que protagoniza formidablemente Eduard Fernández

panorama-desde-el-puente-fotoNo podemos afirmar que Panorama desde el puente se acerque en ambición a Muerte de un viajante; es más, resulta un texto con una estructura tan definida que a poco que uno esté atento puede adelantar el desenlace mucho antes de que llegue. Además, el melodrama se asfixia en la concreción de un único personaje redondo circundado por satélites que orbitan para darle mayor credibilidad. Este motivo simplifica una obra que, por si fuera poco, viene acompañada del cargante narrador con el que Miller nos apostilla el camino trillado. Demasiados elementos en contra para montar una buena función. Pero Georges Lavaudant ha sabido orientar la sangre hirviente de Eddie Carbone hacia el difuso onirismo de unos muelles que marcan los ritmos de la familia. Ninguno de los subtemas que se trazan en las dos horas de espectáculo acaba de ofrecer verdadera sintonía con el asunto principal. El hecho de que dos primos llegados de Italia para trabajar deban ser escondidos como inmigrantes ilegales rompe con el supuesto orden que imperaba en el hogar, compuesto por Eddie, su mujer Beatrice y su sobrina, la huérfana Catherine, quien está desde hace tiempo a su cargo y la cual, por cierto, se ha hecho toda una mujercita. El asunto, como en seguida comprobamos, es aceptar que cualquier circunstancia iba a desencadenar la furia soterrada de Carbone. Igual que fue por un primo, podría haber sido por cualquier muchachito del barrio que se le cruzara a Katie. Porque de esto va el texto, y lo demás queda en un segundo plano; y por eso, a pesar del Pullitzer, no termina de ser una obra superior que supere el melodramatismo a lo Tennessee Williams. Lo que siente el protagonista por esta chica ronda lo incestuoso. Ella lo adora con una mezcla extraña entre lo juguetón (se encarama a su cuerpo como si fuera un koala) y lo libidinoso (su nueva minifalda es un bang de salida). Las manos de él acarician sus piernas y su trasero con modestia paternal, pero con intención viril apenas disimulada. La conexión entre ambos se nos muestra como un imposible destinado a la tragedia. No es un padre ultra protector incapaz de reconocer que su hija ha crecido, sino un tipo fascinado por una chica que se sobrepone en todo al deseo perdido por su mujer. Comienza la historia con Alfieri, un abogado que rememorará lo ocurrido y que se inmiscuirá en las escenas como un fantasma que observa parsimoniosamente. Francesc Albiol da vida a este personaje que, ciertamente, desconcierta por lo innecesario que resulta como narrador y con un tono por parte del actor algo anticuado, como si remitiera a esa típica voz en off de las películas de los años cincuenta empeñada en generar atención desde el primer instante. Rápidamente entra en escena Eduard Fernández, un actor con la personalidad adecuada para hacer suyo a Eddie Carbone. Marca unas cadencias que arrastran a todos los demás. De la misma forma que sostiene un discurso cínico, muy machista para el momento que vivimos (llega a provocar incluso risas entre el público), puede alborotarse con una retahíla descompuesta de frases llenas de impotencia e ira. La obra parece pensada para su lucimiento, y lo logra. Por su parte, Marina Salas, una actriz altamente dotada para la interpretación, nos entrega una Katie algo tontorrona, pero, a la vez, encantadora y poderosa. El resto de la familia se completa con personajes que no terminan de cuajar, a los que les falta desarrollo argumental. Mercè Pons hace de Beatrice y cumple con gran pundonor, mientras que los primos son Bernat Quintana y Pep Ambròs; el primero se queda con Rodolfo, el que será novio de Catherine, un tipo peculiar, algo finolis, alguien que aspira a convertirse en cantante y a trabajar en Broadway; pero que conocemos más por lo que se dice de él que por lo que vemos en escena; el segundo encarna a Marco, un genuino trabajador, un tío fuerte y disciplinado que se conoce bien las reglas tanto del curro como de la vida. Ante tal descompensación en el plano estructural e interpretativo, la escenografía engrandece la función. Jean-Pierre Vergier ha creado un ambiente asfixiante, oscuro, con cambios continuos, con elementos nimios para trazar un salón, como la inclusión de una cama enorme o una cabina telefónica, bordeado todo ello con proyecciones del puente o imágenes alusivas como la de Judas. Mantiene nuestra atención tal dinamismo. Aunque sí le podemos echar en cara a Vergier, responsable también del vestuario, que algunos personajes apenas cambien su atuendo máxime cuando se habla de gastos superfluos en el caso de Rodolfo. Acompaña el juego de tramoyas un espacio sonoro compuesto por Jean-Louis Imbert repleto de ruidos metálicos y callejeros, y la iluminación macilenta del propio Lavaudant.

Coincide en el tiempo con esta pieza el conflicto con los estibadores y la versión de Las brujas de Salem en el Centro Dramático Nacional; puntos a tener en cuenta para calibrar en su justa medida la forma y el contenido de un Panorama desde el puente, que respira con el agónico resoplo de un gran Eduard Fernández.

Panorama desde el puente

Autor: Arthur Miller

Director: Georges Lavaudant

Reparto: Eduard Fernández, Francesc Albiol, Mercè Pons, Marina Salas, Bernat Quintana, Pep Ambròs, Rafa Cruz y Sergi Vallès

Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier

Iluminación: George Lauvadant

Espacio sonoro: Jean-Louis Imbert

Edición imágenes: Francesc Isern

Ayudante de dirección: Ester Nadal

Ayudante de vestuario: Carlota Ricart

Asistente de iluminación y programación: Sergio García

Asesoramiento boxeo: Rafa Cruz

Dirección de producción: Amparo Martínez

Jefa de producción: Maite Pijuan

Producción ejecutiva: Marina Vilardell

Coproducción: Teatre Romea y LG Théâtre

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 26 de febrero de 2017

Calificación: ♦♦♦

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