El precio

Aires de elegancia melancólica para esta obra de Arthur Miller, interpretada por un elenco muy afinado

Foto de Javier Naval

Es común aplicarle el término de clásico a ciertos dramas estadounidenses concretados por el desarrollo psicológico profundo de sus personajes, bajo unas circunstancias determinadas. Son textos firmados por O`Neill, por Tennessee Williams o, como es en este caso, por Arthur Miller. El precio saltó a escena en 1968 y continuaba ese discurso tan meditado sobre el devenir de las familias tras el crac del 29. Estas obras, en definitiva, se las apoda de clásicas; porque infunden seriedad y están escrita bajo unos parámetros perfectamente identificables; porque el público al que van dirigidas es precisamente esa clase media que las hace revivir a cada poco; ya que son ellos quienes padecen estos conflictos propios de la sociedad urbanita inmersa en los ciclos económicos de crisis y de crecimiento alborozado. Otro tema será que lleguen a formar parte del canon por virtudes literarias. Al fin y al cabo, lo que contemplamos es un manierismo chejoviano. Más allá de que nos conmueva la historia o que la reconozcamos cercana, posee unos diálogos que, por su adensamiento pausado, permiten a sus intérpretes dibujar al personaje en toda su extensión; lo pueden matizar con parsimonia y con madurez. Si fuera un texto contemporáneo, seguramente los dos hermanos saldrían al escenario y se fustigarían dialécticamente durante dos horas (una cada uno, todo seguido); pero aquí participan dos individuos que distorsionan la mirada, que crean derivas paradójicas. De esta manera, Elisabet Gelabert se mete en la piel de Esther, la mujer de Víctor, a través del entusiasmo y el agotamiento de la vida repetitiva, a través de un vestido elegante que contrasta con el uniforme de policía de su marido y con las de verse con dinero de una vez. Adopta la actriz una inmejorable actitud del quiero y no puedo, del «yo también he perdido oportunidades». Su carácter no alcanza para infundir la cizaña necesaria como para que él tome las riendas en el desmantelamiento de aquel piso en el que se encuentran. Es la última oportunidad de emprender una nueva vida, de obtener una buena ganancia y de pensar que los sueños, si queda alguno, aún se pueden cumplir. Por su parte, Eduardo Blanco es Solomon, un prototípico judío y ancianísimo, cargado de tics en las manos y con esa forma tan peculiar de negociar compraventas que consiste en no ir al grano, en dejar que el dueño exponga sus auténticos intereses para que este caiga en la trampa. Casi nada relevante a primera vista ocurre, nada más que abonar con minutos de inquina suministrada en bajas dosis y de remembranzas biográficas, hasta que llega Walter. Es el final del primer acto y quizás nos hemos demorado en exceso. La atmósfera, de cualquier modo, es macilenta y la escenografía de Enric Planas combina la sencillez de un espacio amplio con la montonera de sillas, que favorecen la visión vertical. La iluminación de Kiko Planas extrae los tonos parduzcos que huelen a decaimiento. El preciosismo viene de la mano de Daniel Lacasa, quien ha preparado unas fotos y unos vídeos en blanco y negro que remarcan esa idea de lo clásico estadounidense que nos hace pensar en los años cincuenta. Visualmente, la función es impecable. Aún en el segundo acto debemos esperar a que se caliente el asunto, y el espectador que no esté al tanto podría argüir que aquello debe fraguar por algún lado ya. Cuando los hermanos se ponen a discutir, cuando ya no hay freno para las recriminaciones y algunos secretos se desvelan después de tanto tiempo, comprobamos que Tristán Ulloa nos tiene convencidos con su Víctor, que lo está exprimiendo al máximo como si de verdad hubiera resurgido una esperanza iluminadora que mirase por un mañana gozoso y liberador; una fuerza fustigada por informaciones familiares que lo llevan a la humillación. Mientras que, Gonzalo de Castro, deja una actuación desgarradora, firme y honda en su disposición, para encarnarse en un triunfador (a la manera yanki, donde cualquier fracaso o demérito no son más que la hojarasca que sustenta una posición de renombre social). Los dos están inmejorables y el montaje es fundamentalmente una victoria de ellos. Por lo tanto, hay que reseñar que Sílvia Munt ha realizado un gran trabajo para desentrañar este relato que transcurre en casi dos horas, en un tiempo real, en el cruce de aquellos dos itinerarios bien distintos, cuando ya han pasado bastantes años desde la hecatombe bursátil. Uno, policía, con la universidad abandonada por falta de dinero (con veinte millones de parados), y responsable del cuidado de su padre, quien también jugó sus cartas de aviesamente. Un sacrificio sin recompensa. Una rémora sin solución. El otro, un médico, que se lanzó con ansia desaforada a cumplir con su sueño y que, ahora, se las sabe todas para que ese judío rácano les ayude a jugar con la ley. El precio señala cómo dentro de las familias cada miembro toma posiciones egoístas frente a las responsabilidades inevitables. Cada uno se sentirá impelido y podrá encontrar los paralelos similares en nuestro presente.

El precio

Autor: Arthur Miller

Dirección: Sílvia Munt

Traducción: Cristina Genebat

Intérpretes: Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Eduardo Blanco y Elisabet Gelabert

Escenografía: Enric Planas

Iluminación: Kiko Planas (AAI)

Vestuario: Antonio Belart

Sonido: Jordi Bonet

Realización vídeo: Raquel Cors y Daniel Lacasa

Fotografía para audiovisuales: Daniel Lacasa

Fotografía: Javier Naval

Ayudante de dirección: Gerard Iravedra

Ayudante de vestuario: Cristina Crespillo

Dirección técnica: Jordi Thomàs

Producción técnica en gira: Miseria y hambre

Confección de vestuario: Rafael Solís

Sombreros: Sombrerería Medrano

Construcción escenografía: Taller d’Escenografia Castells y Taller d’Escenografia

Jorba Miró

Peluquería y maquillaje: Iris Dueñas

Ayudante de producción: Beatrice Binotti

Jefa de producción: Macarena García

Dirección de producción: Josep Domènech

Adjunta dirección de producción: Clàudia Flores

Comunicación: Helena Ordóñez y Bitò

Prensa: Josi Cortés

Agradecimientos: Café Manuela, El Pabellón del Espejo y Jesús Esperanza

Una producción de Bitò

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 6 de enero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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