Laura Garmo realiza una versión sugestiva de esta breve obra de Luisa Carnés sobre la pérdida de la belleza en una mujer de cuarenta años
Seguimos forzando la máquina para que autoras como Luisa Carnés se inserten en nuestra memoria y hasta en ese canon que vive de cuatro contemporáneos y otros cuatro auriseculares. En la sala Margarita Xirgu ahora se adapta la primeriza novela de la autora, Natacha. Y ya se dijo que Tea Rooms tuvo una acogida merecida. Si se anhela llevar tan arriba a esta escritora se va a tener que hacer un juego de exégesis verdaderamente sibilino. Este Cumpleaños, pieza breve publicada en 1951 en el Méjico del exilio, incide en el tópico de la burguesa reconcomida en su tedio ─también hallamos tal abulia en la señalada función del otro espacio en el Español─. Por otra parte, resulta curioso que Mamen Camacho ya hubiera interpretado a Nora en Casa de muñecas y hasta a la mismísima y desgraciada Ana Karenina. Aquí estamos en algo muy similar. La actriz que ya ha superado los cuarenta recrea la consabida crisis. Se emplea con seriedad y estupefacción, convenciéndonos con un trabajo facial que nos destina a una mueca macabra. Es, en definitiva, su actuación, uno de los puntos fuertes de un montaje que lucha por superar su propio determinismo. En este sentido, la adaptación de Laura Garmo, quien, por cierto, ha estado enfrascada en el proyecto La otra bestia, en el Matadero, donde se trataban igualmente algunos de temas «femeninos» que aquí redundan, es, en efecto, acertada. Ha depurado los innecesarios mejicanismos que incluye el original y ha contemporaneizado la estética de esta señora. Quizás hubiera valido la pena haberlo hecho más, pues aquí nos topamos con la problemática acuciante de la pérdida de belleza, aquel collige, virgo, rosas que tanto se frecuentó en el Renacimiento y que en el presente es motivo de ansiedad insuperable. De hecho, el éxito de La sustancia, protagonizada por Demi Moore, funciona como una paradójica propuesta de metaficción, donde ella, a través del gore, proyecta la pelea de su cuerpo recauchutado desde aquel Striptease contra las leyes físicas. Por todo ello, está muy bien traído que nuestra protagonista, de nombre inequívoco, Eva, se entretenga con unos cuantos reels sobre skincare y otros rituales infinitos. Podría pasarse horas contemplando tales virguerías dérmicas como hacen tantísimas desde la más tierna edad. De aquellos polvos, llegamos a ciertas monstruosidades. Vivimos una época de rostros «pinchados» con todo tipo de, insistamos, «sustancias», hasta que llegue el milagroso y definitivo elixir de la eterna apariencia. La arruga no es bella y bienvenidos sean el bótox, el escualano, el sérum de vitamina c o el retinol. Todo sea para seguir disfrutando de las miradas envidiosas de las otras y de las deseantes y libidinosas de ellos. La pasión sexual sigue alimentándose de la carne fresca y turgente.
En esas está nuestra decaída mientras se ausculta en los espejos de su tocador o se prueba algún modelito o sale a tomar el fresco al balcón para mojarse con su pitillo en la boca y horrorizarse con las obras de Santa Ana. A nosotros nos dejará con un tema de Nina Simone repleto de melancolía que surge de la radio. La escenografía de Berta Navas es realmente sencilla; aunque suficiente para caracterizar al personaje. Deja libertad entre los muebles aristocratizantes para que el monólogo no nos aplaste, porque resulta demasiado expeditivo. Es tan declarativo que enseguida se nos muestran sus intenciones suicidas. Apenas se hacen referencias a su vida social ─entendemos que mínima─, con esa retahíla sobre los amantes que van descubriendo sus desdichadas amigas. Ella está a las vísperas de su efeméride. Está sola. Ha tenido un instante para despedirse de la criada, regalarle un abrigo y pedirle disculpas por la insolencia de los días pasados. En un mensaje de voz, sus dos hijos le «insinúan» que su regalo será un perro. Supongo que es la mejor forma de certificar su entrada en la vejez y en la suprema soledad. Su marido, Andrés (nombre también evidente: ‘viril, masculino’), tiene su propio destino, pues tiene ocupación, y por eso mantendrá su atractivo ─no le hará falta la belleza─ reconfigurado por su estatus. No revelaré el final; pero sí me gustaría señalar que el espectáculo gana mucho en los últimos diez minutos definitivos. Otro acierto de Garmo: hacer desfilar imágenes de hermosas inmoladas, de esos cadáveres exquisitos, de esos emblemas románticos de juventudes cerúleas y eternas antes de la descomposición. Como la Ofelia, prerrafaelita de Millais. Añadamos el postureo en el diván para una sesión fotográfica póstuma de algún criminólogo, y tendremos lograda la estampa.
Nada más y nada menos. No se puede exprimir con mayor tino un texto de corto alcance. Disfrutemos, en cualquier caso, de los destellos de decadentismo, y de esta condena narcisista que se han arrogado las féminas incapaces de liberarse con otros intereses.
Autora: Luisa Carnés
Versión y dirección: Laura Garmo
Reparto: Mamen Camacho
Voces en off: Iván López- Ortega, Luis Espacio, Majo Moreno, Nacho León, Verónica Gracia, Lidia Guillem y Jesús Rodríguez.
Escenografía y vestuario: Berta Navas
Iluminación: Bea Francos
Espacio sonoro: Manu Solís
Ayudante de dirección: Sabela Alvarado
Una producción de Laura Garmo
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 9 de marzo de 2025
Calificación: ♦♦♦
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