La adaptación de esta célebre tragedia de Rodolf Sirera en el Teatro Fernán Gómez carece de empuje
Desde que Rodolf Sirera escribiera en 1978 este breve texto, ha logrado con el paso de los decenios asentarse como una obra de referencia del ámbito metateatral. La última adaptación fue aquella que montó Mario Gas en los Teatros del Canal. Ahora regresa a las tablas bajo la mirada de Robert Torres. Se ha pretendido ofrecer un cariz más oriental en su estética, que podría incluso remitir a películas de serie b con cierto aire pulp. El carrito de licores y, después, la ristra de espejos giratorios que ha situado Llorenç Corbella configuran una escenografía seductora.
Aceptemos que estamos en el presente ─el teléfono móvil que se emplea así lo indica─; aunque el dramaturgo imaginó este combate dialéctico a finales del siglo XVIII. Escuchamos los nombres de Diderot en relación a su Paradoja del comediante, de Rousseau con su concepto del «buen salvaje», etcétera. Conviene destacar la clara influencia del Marqués de Sade, puesto que algunos racionalistas derivaron, a través del exceso lógico, hacia el abuso. Porque esta tragedia plantea anular la mediación simbólica en el arte. Lo que observa el público es la realidad misma, ni siquiera un ritual donde se ejecuta un sacrificio, sino el deseo del poderoso de trasladar hasta el límite extremo la actuación de un envenenado. Del mismo modo como sucede con las snuff movies en Tesis, el primer largometraje de Alejandro Amenábar.
Hagamos alusión una vez más a La huella, la pieza teatral de Anthony Shaffer, que Joseph L. Mankiewicz llevó a la gran pantalla. La función requiere, por lo tanto, unas interpretaciones muy sutiles, ponderadas y cargadas de pundonor para que esto discurra con impronta de verosimilitud. Y esta es la gran mácula de la propuesta que aquí presenciamos. Las actrices no están a la altura de aquello que se les exige. Llama la atención cómo Marta Sangú, quien inicialmente hace de sirvienta para propiciar su enmascaramiento, pues debajo de su peluca se oculta la marquesa, en ningún momento alcanza el tono adecuado. Algunas frases se trastabillan y el gesto dubitativo impide la requerida apostura. Por su parte, la sobreactuación de Silvia Maya, que intenta demostrar que es una actriz de renombre, y su incapacidad para expresar el pavor en el desenlace no permiten que nos adentremos plenamente en el meollo.
El juego de los equívocos da al menos para reflexionar sobre el arte de la representación, sobre si los intérpretes deben aprovechar sus auténticas emociones para construir a sus personajes o si deben trabajar desde una técnica perfilada que favorezca el engaño. La cuestión es que la señora anhela que esa mujer tan afamada se encarne en el mismísimo Sócrates (curiosamente el propio Mario Gas dirigió a Josep Maria Pou en tal tesitura). Pero ¿por qué fingir que la cicuta provoca estragos antes de obtener la muerte, si se puede acometer tal acto de verdad? De poco valen las consabidas razones del filósofo ─relatadas por Platón y por Jenofonte en sus apologías─, pues el sadismo impera en los últimos tramos de un montaje conciso.
El proceso final, la larga agonía, está llevado sin la potencia pertinente. Las genuinas intenciones de la marquesa no resuenan con la insolencia de una asesina; mientras que la pobre víctima apenas nos conmociona en su estertor, ya que no ha podido crear con pujanza un carácter. Definitivamente, el peso de grandes intérpretes como Galiana y Rodero, o Solá y Freire, es demasiado intimidante como para que este espectáculo pueda brindar una solvencia dramatúrgica. Una verdadera lástima, dado que el texto merecía otro empaque.
Autor: Rodolf Sirera
Versión en castellano: José María Rodríguez Méndez
Dirección y adaptación: Robert Torres
Intérpretes: Silvia Maya y Marta Sangú
Diseño de escenografía: Llorenç Corbella
Diseño de iluminación: Elena Santos
Diseño de vestuario: Lluna Albert
Música: Marcelo Zarvos
Ayudante de dirección: Celes Galindo
Regidora: Ana Sampere
Técnico en gira: Guillem Fernández
Fotografía: Jesús Robisco
Comunicación: Raquel Berini
Producción ejecutiva: Marta Guzmán
Compañía: Cía Robert Torres
Producción y distribución: MGM Marta-Guzmán-Management
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 3 de mayo de 2026
Calificación: ⭐
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