Una adaptación demasiado luminosa firmada por Eduardo Galán del drama de Arthur Miller sube al escenario del Teatro Fernán Gómez

En los últimos años Arthur Miller ha mantenido su vigencia con montajes de éxito como Muerte de un viajante ─también tuvo relevancia El precio─. Lo cierto es que otras obras reverberan con más interés en el presente por las denuncias que anidan en sus argumentos. Así ocurrió con Las brujas de Salem en relación a la libertad de expresión y vuelve a pasar ahora con Panorama desde el puente (podemos recordar aquella puesta en escena protagonizada por Eduard Fernández), que pone encima de la mesa la eterna problemática de la migración. Es patente que las detenciones abruptas y violentas del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos) resuenan en esta función.
Como suele ocurrir en las versiones firmadas por Eduardo Galán favorece la claridad en todos los sentidos (la dirección de Javier Molina insiste en ese cariz). Depura algunos personajes, ajusta su duración y el texto tiende a la concisión. En este último aspecto poco ha tenido que enmendar al dramaturgo neoyorkino, pues nos cuela un narrador que, desde mi punto de vista, sobra totalmente. No encuentro qué aporta y pienso que si desapareciera ganaríamos en profundidad. Lo interpreta Francesc Galcerán con una taciturnidad un tanto inverosímil. Él es Alfieri, un abogado que ha tratado con nuestro antihéroe y conoce bien su historia. Por otra parte, continuando con esa marca de claridad, el embellecimiento general resulta excesivo para una propuesta que transcurre en un muelle, en un barrio obrero. La iluminación de Nicolás Fischtel tiene demasiada potencia en la conclusión, cuando se requeriría mucho más ensombrecimiento. No solo para camuflar una pelea elaborada con poca credibilidad, con gestos mecánicos y ausencia de sangre; sino porque simbólicamente es lo exige el tema. Luego, además, la escenografía de Elisa Sanz es bastante sencilla, y las proyecciones con la grabación en directo sobran. Básicamente a causa de que queda muy raro el retardo en el sonido y no encajan con precisión. Se echa en falta un poco de «puente». Por otro lado, el vestuario sí que contribuye a darle elegancia a Rodolfo, el joven italiano, menos rudo que el resto, que encarna Pablo Béjar con soltura creciente, y que ansía cantar y, por supuesto, ligarse a Catherine, la huérfana de dieciocho años que siempre ha vivido en casa de los Carbone. Ana Garcés la desarrolla con gustosa frescura y erótica inocencia.
Verdaderamente, es una obra que posee la fuerza de su protagonista. Un carácter complejo, controvertido y persuasivo. José Luis Pérez lleva a su Eddie a través de su característica voz rota y carga con mucha destreza actoral con todo el espectáculo sin decaer un ápice. Su candor inicial con su sobrina, con quien tiene una confianza muy íntima, se va transformando en celos enfermizos. La llegada de unos primos de su esposa desde Italia trastoca todo el ambiente en el hogar. Tener a unos inmigrantes ilegales es una situación que requiere mucho cuidado, pues la policía puede atraparlos y expulsarlos inmediatamente del país. El segundo de ellos es Marco, un tipo enorme y cumplidor, un padre de familia que ha dejado en Europa a tres hijos famélicos. Rodrigo Poisón impone su cuerpo y espera su mejor momento para el desenlace, donde gana en pujanza.
Otro de los pilares fundamentales de la propuesta es María Adánez, demasiado atractiva como para verse incapaz de «competir» con esa jovencita. La actriz impone su energía y su movimiento sobre las tablas. Su Beatrice reclama a su hombre en la cama, ya que entiende de qué modo tan escabrosa lo está perdiendo. Ella arrastra unas debilidades evidentes, una mujer en aquella época requería de un varón para salir adelante en una circunstancia tan dura. Aun así, posee una conciencia más liberal y menos timorata que la de su marido. Lógicamente, este vive entre estibadores y sabe cómo se las gastan entre el cansancio y el alcohol. Uno ha de imaginarse el contexto laboral, puesto que apenas queda esbozado con unos personajes secundarios que acogen Manuel de Andrés y Pedro Orenes, muchachos corrientes que se dedican a currar cuando consiguen trabajo. Porque cada día, en cada remesa, deben cruzar los dedos para que llegue un barco bien cargado de mercancías. Esa clase de carencias sí que nos permiten escuchar alguna frase sobre las reticencias que tienen ante la llegada de más extranjeros. En cualquier caso, la obra deriva mucho más hacia el melodrama. Eddie Carbone se ve impulsado por la pasión de una manera insensata hasta convertirse en un energúmeno. Ese proceso es lo mejor construido del texto y del montaje.
De: Arthur Miller
Versión: Eduardo Galán
Dirección: Javier Molina
Intérpretes: José Luis García-Pérez, María Adánez, Ana Garcés, Pablo Béjar, Francesc Galcerán, Rodrigo Poisón, Manuel de Andrés y Pedro Orenes.
Diseño de escenografía: Elisa Sanz
Diseño de vestuario: Emilio Sosa
Diseño de vestuario adjunto y confección: Navascués
Diseño de iluminación: Nicolás Fischtel
Música y espacio sonoro: Manu Solís
Una producción de Secuencia 3 con Teatro Calderón de Valladolid, Tal y Cual Producciones, El Terrat (The Mediapro Studio), Esarte, Teatros Luchana, García Pérez Producciones, Lilicar Films, Hawork Studio, Magasaz y Carlos Arana (Broadway).
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 17 de mayo de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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