Rojo

Juan Echanove dirige y protagoniza este acercamiento a la figura del pintor Mark Rothko en una propuesta grandilocuente

Me da la impresión de que en España prácticamente nadie conoce a Mark Rothko; aunque sus cuadros pueden ser, en cierta forma, populares. Partiendo de esta premisa, de qué manera se puede abordar un montaje sobre una anécdota de su biografía. Pues con unas cuantas explicaciones y una colección de referencias pictóricas para que el respetable encuentre algún asidero cultural y salga con la lección aprendida. Quizás todo esto resulte ridículo; ya nosotros hemos venido a ver al Echanove y al chaval de Cuéntame. Así es como se explica que algunos ronquidos y unos cuantos bostezos se transformaran mágicamente en vítores ejecutados de pie en una manifestación de alborozo incuestionable con el Teatro Español repleto. Rojo es un texto mediocre de John Logan y Juan Echanove lo arruina con su griterío insolente. Pero vayamos por partes. Nos situamos es el estudio del pintor (222 Bowery, Nueva York) alrededor de 1958, Mies van der Rohe y Philip Johnson han terminado el rascacielos Seagram Building; donde se ubicará el famoso restaurante Four Seasons. Precisamente para este espacio le han encargo a nuestro protagonista unos enorme lienzos que sirvan para decorar sus paredes, por una cantidad en absoluto despreciable (treinta y cinco mil dólares. Sigue leyendo

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Ante la jubilación

Se nos queda algo anticuado en su trascendencia ética el valorado texto de Thomas Bernhard que dirige Kristyan Lupa

Foto de Felipe Mena

Esta obra es un claro ejemplo de que algunos acontecimientos teatrales requieren un público idóneo para completar el proceso de ida y vuelta. Así, Ante la jubilación se observa desde el Madrid de 2018 como una tragicomedia desencajada de la historia y descontextualizada. Digamos que no nos dice tanto como debiera, porque nosotros no estamos «contagiados» por el zeitgeist alemán. No estaría mal desenmascarar a un magistrado franquista blanqueado por nuestra joven e imperfecta democracia sin separación de poderes. Que al ministro Filbinger, un auténtico hipócrita, se le descubriera su pasado como juez nazi tiene su punto, y permite una inspiración dramatúrgica que entronca con una sociedad aún en proceso de transformación, allá por 1979. Nos situamos el día 7 de octubre, aniversario de la muerte de Himmler. Como todos los años, Rudolf celebra una cena, y este no será distinto. Durante más de tres horas asistiremos a una cotidiana secuencia, densa en algunos momentos, para diluir una atmósfera entreverada de patetismo y drama, de cínico humor soterrado en la evidencia de una manifestación entre macabra y cutre, nostálgica de una estética y de una visión del mundo que pudo acabar con los fundamentos de Europa. Sigue leyendo

Lokis

Un artefacto hiperbólico sobre el asesinato de Marie Trintignant en un inmenso espectáculo de vídeo y de perfomance

Foto de D. Matvejev

Si fuera por la tardanza en comenzar la función y por esa deplorable, ridícula y estúpida captativo benevolentiae, donde los actores nos cuentan la ya consabida metateatralización sobre que ellos van a grabar un documental o una película o yo qué sé, y que se demora absurdamente en un anticlímax que es insostenible e inaguantable; deberíamos haber salido pitando (los más impacientes lo hicieron). Pero a partir de ahí, la propuesta de Łukasz Twarkowski es bestial, hiperbólica y digna de figurar en un Festival que nos debe traer a los dramaturgos que osan rebasar los límites de la creación teatral. Dicho esto, es justo reconocer que este montaje ha sido un fracaso, a tenor de la respuesta más expeditiva del público: el abandono de la sala. De alguna manera, es comprensible; pues la exigencia es mayúscula (más todavía en la segunda parte, después de que la mayoría de los espectadores se hubieran largado). La inspiración para realizar esta obra es la novela Lokis, de Prosper Mérimée, un relato de terror sobre un individuo mitad hombre, mitad oso que transcurre en los bosques lituanos. A ello se suma la estética fotográfica del suicida Vitas Luckus que, por lo visto, ha dejado su impronta en la sociedad de su país; aunque pienso que en el espectáculo su línea de acción se pierde confusamente. Sigue leyendo

Elogio de la pereza

La dramaturga rumana Gianina Cărbunariu lanza una reflexión sobre los desafueros del mundo laboral de nuestro presente a través de semblanzas ejemplares

Foto de marcosGpunto

Las expectativas con esta nueva obra de Gianina Cărbunariu eran altas, después de que nos deparara un gran aldabonazo con aquella función que presentó hace dos años en este mismo espacio del Teatro Valle-Inclán, titulada De vânzare / For sale. Pero lo cierto es que Elogio de la pereza adopta un tono que rápidamente se nos torna anticuado, guiñolesco y con un discurso poco clarificador en sus objetivos. El planteamiento nos dispone un Museo del trabajo y de la explotación, que se está creando en el futuro; cuando la jornada laboral dure tres horas. La idea de qué hacer con tanto tiempo de ocio ―parecería la Edad Media―, no se desarrolla y, desde luego, nos quedamos con las ganas de comprobar las cuitas existenciales. Lo que sigue es una visita guiada por las salas del susodicho museo. Un recorrido expuesto con ese acento suave de sátira, de incisión estereotípica, de cuentecillo moral carente de la crítica mordaz (además de la autocrítica sobre nuestra responsabilidad política y ética) que uno espera de una obra de teatro inteligente. Los referentes parecen evidentes, el más claro ―como así se nos hace saber en la primera etapa― es Paul Lafargue (el yerno de Karl Marx), que con su libelo El derecho a la pereza, se ha ganado toda nuestra admiración. Sigue leyendo

El castigo sin venganza

Helena Pimenta dispone con una estética repleta de sobriedad esta cruenta tragedia del Lope maduro

Foto de Sergio Parra

Más allá de las grandes virtudes que atesora esta tragedia de madurez escrita por Lope de Vega allá por 1631, está la cuestión de crear un montaje modernizado en el que se pueda justificar el terrible final. En la propuesta de Helena Pimenta, con la aceptable versión de Álvaro Tato, quien ajusta atinadamente la función a la hora y cuarenta minutos, nos deleitamos con una estética austera. La escenografía de Mónica Teijeiro insiste en la oscuridad y en una negrura únicamente aliviada por la frescura de Casandra, cuando la iluminación de Juan Gómez Cornejo nos da un alivio. Detalle fantástico es el espejo que cuelga para mostrarnos eróticamente a los dos amantes yaciendo y cumpliendo el incesto. Nos recuerda, claro, a los espejos que aparecen en la mirada de Sanzol sobre Luces de bohemia, y que, vía esperpento, dialoga con ese famoso parlamento del Duque de Ferrara: «…que es la comedia un espejo / en que el necio, el sabio, el viejo, / el mozo, el fuerte, el gallardo, / el rey, el gobernador, / la doncella, la casada, / siendo al ejemplo escuchada / de la vida y del honor, / retrata nuestras costumbres, / o livianas o severas, / mezclando burlas y veras, / donaires y pesadumbres?». Sigue leyendo

El bramido de Düsseldorf

El dramaturgo Sergio Blanco presenta en el Teatro de La Abadía un capítulo más de su vida a modo de montaje autoficcional

¿A quién le importa la vida de Sergio Blanco? A Sergio Blanco. Un dramaturgo que miente mal sobre sus mentiras verdaderas en la ficción real. Sencillamente, porque el eterno juego de la autoficción, de la heteronimia, de la metaliteratura, del metateatro, debe contribuir a una experiencia revitalizadora para el espectador; o, si no, para qué tanta mandanga sobre un yo que no tiene mucho de extraordinario. No vamos a hacer el recorrido sobre los ínclitos del motivo ―si nos quedamos en la patria, podemos empezar por Cervantes, terminar con Sergio del Molino (La hora violeta y La mirada de los peces), pasando por Unamuno o Vila-Matas o Sánchez Dragó y sus «japonesitas»―. Desde luego, existen dramas con tintes autoficcionales (véanse los montajes de El Brujo) y otros que se basan en el ego, en el egotismo, en la egolatría, en el egocentrismo, que es el caso que nos compete. Después de haber contemplado El bramido de Düsseldorf, Tebas Land me parece mejor de lo que me pareció entonces. Centrándonos en el asunto, lo primero que cabe destacar es que nuestro autor quiere ser el rey de la autoficción, por eso cada poco, como si fuera un niño pesado, te insiste con eso de que la verdad y la invención se imbrican, y para ello establece permanentes intercambios entre el actor y el personaje. El efecto, humorístico a la postre, se diluye en su reiteración. Si Sergio Blanco conviviera entre nosotros y fuera un tipo famoso del que tuviéramos noticia de vez en cuando, entonces, lo verdadero se pegaría inextricablemente a lo real y el espectador se convertiría en un voyerista o en un cotilla. No creo que nadie se vaya a su casa a intentar descubrir si esto o lo otro es cierto. Debe ser un plus eso del «basado en hechos reales». Es cierto en cuanto ficción dentro de un teatro. La autoficción, en este sentido, es ficción. Empezamos con una captatio (benevolentiae) a ritmo dance, con el tema «Prayer in C» del dúo francés Lilly Wood and the Prick, remezclado en 2014 por el dj alemán Robin Schulz. Bailoteo del elenco, chichisbeo del público invitado (a toda esta gente la he visto yo en otro lugar o, incluso, en el mismo. Será autoficción). Hay que animarse. Luego tendremos más canciones extraídas de M-80 (ahora Los40 Classic). Karaoke con REM. También Haendel y su Mesías, en el instante luctuoso. Para que el personal no se pierda, nos introducen el argumento como a la antigua usanza (como se hace en las funciones escolares). Sobre todo es para insistir y requeteinsistir en que ellos son ellos y no son ellos; pero que sí. El veterano Walter Rey inicia ―micrófono en mano― las presentaciones, un comentario desenfadado sobre la biografía de su compañera Soledad Frugone y los papeles que va a representar. De igual forma hará ella sobre Gustavo Saffores, quien se ocupará de manera distanciadora del propio Sergio Blanco. A partir de ahí, el hilo conductor serán los últimos días de la vida del padre tras un ataque al corazón durante su estancia en Düsseldorf. Sin demasiado ensañamiento en cuanto a la pesadumbre y a la trascendencia del momento. El espectáculo se ve salpicado como un collage por retales de turismo e informaciones de la Wikipedia, ya sea la referencia ineludible al asesino Peter Kürten, popular gracias a la magnífica cinta de Fritz Lang (de la que, por supuesto, recibiremos ese fragmento donde Peter Lorre se horroriza de sí mismo); ya sean referencias al holocausto. En general, relleno de imágenes, vídeos, anécdotas de difícil encaje en los asuntos privados del protagonista, a saber: su conversión al judaísmo (¿por qué? ¿De dónde viene esto? ¿A qué se debe? No sabemos), su contrato como guionista con una productora de películas porno y, finalmente, su colaboración en una exposición sobre el célebre asesino. Más retazos que relatos de aquí y allá, tareas profesionales que tímidamente se interrelacionan sin llegar a fraguar en una intencionalidad conceptual, en uno o varios motivos que justifiquen los acontecimientos y los hagan dignos de una propuesta teatral. No hay inmersión onírica, ni absurda más allá del acople abrupto como en una tormenta de ideas donde Bambi y el bramido del ciervo, en suma, deben conllevar una metáfora de raigambre telúrica. Demasiada displicencia. En el desenlace, la recapitulatio, reubicado todo en un acoplamiento vital con la obra anterior de Blanco, La ira de Narciso, la cual «provocó» el suicidio de un joven en Montevideo. Además de otras cuestiones sobre la repercusión «auténtica» de la propia obra que estamos viendo cuando fue estrenada y a un rabino, por ejemplo, le pareció mal que lo llamara Peter Kürten. Una recursividad lógica en el planteamiento. Insisto en que la especulación religiosa, artística o existencial es un engrudo acometido lúdicamente y sin ansias de ir más allá. En la composición actoral a medias, nos debemos conformar con ese entrar y salir; aunque debemos reconocer que Soledad Frugone, en el papel de responsable de la productora del porno, se muestra dubitativa y fallona. Ellos actúan, de alguna manera, con el estilo de andar por casa. En cuanto a la escenografía de Laura Leifert y Sebastián Marrero, con una blancura y una asepsia tenebrosa que dialoga estéticamente con la Medea de Simon Stone, de la que hablaba aquí hace unos días, funciona porque nos permite de forma limpia adentrarnos en la ciudad alemana y en otras ilustraciones de distintas escenas. La autoficción de corte irónico es toda una industria repleta de beneficios: puedes decir y hacer lo que quieras con la excusa de que pudo ser así o no, los actores no tienen que transformarse enteramente en personajes (a veces, nada) y, si recurres a la narración, te ahorras espacios, tiempos, cuadros y composiciones. Eso sin tener en cuenta que vivimos en la redundante existencia de los autoficcionadores múltiples que desean agónicamente gritarte, selfie mediante, que ellos son diferentes y que merecen la fama eterna y tu atención, y tu amor. ¡Qué romántico! El bramido de Düsseldorf es un engaño.

El bramido de Düsseldorf

Texto y dirección: Sergio Blanco

Intérpretes: Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone

Videoarte: Miguel Grompone

Escenografía, vestuario y luces: Laura Leifert y Sebastián Marrero

Diseño de sonido: Fernando Tato Castro

Preparación vocal: Sara Sabah

Preparación de bajo: Nicolás Román

Comunicación y prensa: Valeria Piana

Comunicación en redes sociales: Matías Pizzolanti

Imagen de portada: Rubén Lartigue

Diseño gráfico: Augusto Giovanetti

Fotografía: Narí Aharonián

Asistencia de dirección: Juan Martín Scabino

Asistencia de producción: Danila Mazzarelli

Producción y circulación: Matilde López

36º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: **

Medea

Simon Stone trae a la protagonista de Eurípides al mundo contemporáneo bajo una mirada aséptica

Foto de Sanne Peper

Vuelta de tuerca estetizante sobre la tragedia de Eurípides para aproximarla a la concepción contemporánea; pero, también, en su frialdad descontextualizadora, para alejarla de la empatía propicia. Es una propuesta de corte cinematográfico y, diríamos, que hasta publicitario. No solo porque se utilicen pantallas gigantes y se proyecten las imágenes que se están grabando in situ en algunas escenas; sino porque Simon Stone domina el movimiento del montaje con una ductilidad asombrosa, empastando situaciones y tiempos como si fuera una película. Los intérpretes penetran de improviso por los laterales, acometen su actuación simultáneamente con otros aprovechando la profundidad del escenario. En el sentido técnico, la función es loable. Luego, la escenografía de Bob Cousins juega al espacio vacío, al maximalismo y a una blancura que transforma a unos médicos en auténticos neuróticos. La trastornada, sin duda, es ella; pero su marido, Lucas, no le va a la zaga. Sigue leyendo

Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Más metateatro para criticar el metateatro contemporáneo en la propuesta de estos chilenos con ganas de satirizar su propia existencia

En el manifiesto que viene impreso en el programa de mano (cada vez más básico), y que firma Teatro La Re-sentida, están todas las preguntas, todos los cuestionamientos que esta compañía se plantea y, también, algunas de las respuestas. Digamos que su propuesta, Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, debería ser su posicionamiento estético y ético; pero la paradoja (o no) es que termina adoptando la voz más empleada en esa posmodernidad, que es el metateatro ―en este caso, el metadiscurso, también― y, por lo tanto, ese regodeo distanciador sobre la incapacidad para crear algo nuevo y para expresar ideas revolucionarias (la izquierda les podría ayudar; pero están solucionando su quiero y no puedo). «Vive en nosotros el anhelo de modificar la sociedad a través de nuestro arte». Y para ello recurren a la sátira de la propia funcionalidad del teatro, del teatro posmoderno en contraposición al teatro político anterior. Al epatante y lleno de guiños conceptuales soliviantados por los fuegos artificiales e infectado de un marxismo que huele añejo y que no conecta con el público actual (ahora hay que venderlo con las proclamas de los marginados sociales). Sigue leyendo

Cuzco

Víctor Sánchez Rodríguez presenta esta obra sobre una pareja de jóvenes en crisis con la ciudad andina de fondo

Cuando se dispone sobre el escenario el conflicto manido entre una pareja en sus horas más bajas del amor, uno espera alguna deriva diferente, alguna incursión hacia derroteros inéditos. Una forma de huir de los habituales clichés del tedio marital es situarlos en un contexto que los saque de su rutina, un espacio que suponga interacciones provocativas e imprevistas. Unas circunstancias que generen la deseada catarsis, la limpieza de todas esas costras purulentas que no dejan curar las heridas, ya sean de la vulgar cotidianidad o ya de un dolor concreto que el tiempo no ha podido borrar. La ciudad peruana de Cuzco se atisbaba en este sentido (viajar o tener un hijo, tabla de salvación de muchos amantes mal avenidos) como elemento de transformación personal; pero la verdad es que la estructura de la obra no consiente la imbricación requerida. Y es que el espectáculo se anquilosa en el enfrentamiento y en esa narración de hechos que les ocurren en otros lugares y con otras personas. Es decir, los otros personajes nos resultan muy lejanos, más allá de la descripción que nos aportan. ¿Por qué nos debería interesar esta pareja? Sigue leyendo