Kebab

Un duro texto de la rumana Gianina Cărbunariu sobre los jóvenes europeos que deben buscarse la vida fuera de sus países

Poco a poco vamos conociendo más ampliamente la obra de Gianina Cărbunariu, una dramaturga rumana de 42 años que ya es un referente del teatro político en su país. En España ya se han representado De vânzare / For sale (su mejor espectáculo de los vistos), Elogio de la pereza, que fue presentado en CDN la temporada anterior y, ahora, Kebab. La historia con la que nos topamos en Nave 73 es realmente dura y nos habla de las condiciones a las que se ven sometidos unos jóvenes emigrantes rumanos. Enseguida comprendemos que podrían ser perfectamente españoles que han viajado a Irlanda para buscarse la vida. Es un tipo de función que nos recuerda mucho al cine de Ken Loach o al de los hermanos Dardenne; pero por el cariz que toman los acontecimientos en la obra que nos compete, podemos pensar en la última película de Jaime Rosales, Hermosa juventud, donde una pareja de veinteañeros se ve abocada a grabar porno amateur. Inicialmente conocemos a Madalina (Matti), una ingenua muchacha que está viajando a Dublín para reunirse con su novio. En el avión conoce a Bogdan, un compatriota que lleva el mismo destino y que tiene la intención de completar sus estudios de artes visuales. Sigue leyendo

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La mujer más fea del mundo

El monólogo estratosférico y desaforado de Ana Rujas construido con retazos biográficos sobre el peso de su belleza

Foto de Carlos Luque

Ana Rujas es objetivamente bella. Cualquier cerebro humano detectará ipso facto que su rostro es hermoso. La belleza es un valor; porque nos produce satisfacción (a veces enorme) y nos informa, además, de ciertas ventajas biológicas (si nos ponemos darwinistas). Pero llevar ese atractivo encima las veinticuatro horas del día puede suponer un agobio. Lo que nos encontramos en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze es a una actriz desgañitándose para expulsar sus demonios, como una especie de personaje perfilado por Koltès; pero aderezado con aires pop. Dispuesta como una virgen sobre el altar, llorosa no por la muerte de ningún hijo, sino por estar ahogada en un vacío interior que la impide respirar, nos escruta. Que a continuación, una vez se ha desprendido de su atuendo y se ha colgado su camiseta (con mensajito de mamá, por supuesto) y su pantaloncito corto, tome a alguien del público porque necesita bailar, supone una acción que no encaja, que desde la frialdad y sin música parece un hecho con poco criterio. El resto es un discurso basado en su propia experiencia y en la de Bàrbara Mestanza, coautora del texto. Tirada en el suelo del cuarto de baño, en plena bajona, en pelotas y en un bloqueo profundo durante horas. Rujas saca toda su furia y lo da todo, y cuando su arenga tremebunda, cargada de palabrotas, con mucho «follar», «follar» y «follar», se aleja de lo que parece puramente biográfico y se diluye en una locura onírica y lisérgica repleta de ironía, autosarcasmo y patetismo nos encontramos con un desfase lógico y terrible en aquellos que se han adentrado por la vía disoluta. Sigue leyendo

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas

Antonio Rojano firma esta parodia a la española sobre espías que dirige Víctor Conde en el Teatro María Guerrero

Foto de marcosGpunto

Las parodias sobre espías frecuentemente sirven para entretenernos con la hipérbole fantasiosa de la conspiración. Dependiendo de dónde vengan los aires se emplearán, por ejemplo, para criticar alguna situación política (véase el caso de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o, directamente, se utilizarán para crear una obra de acción fulgurante (véase Kingsman), pero sin mayor enjundia. Para nuestro caso, nos toca como referente Mortadelo y Filemón. Y es que los cómics, las películas ochenteras o los programas de Cuarto Mileno se conjugan en Hombres que escriben en habitaciones pequeñas. Y si hallamos algunas citas e indirectas a nuestros presos políticos/políticos presos o a la alargada sombra del comisario Villarejo que podrían servir como telón de fondo de una profundización mayor sobre las agencias de inteligencia; lo que cierto es que no podemos más que quedarnos en el mero pasatiempo. Es otra vez el español bajito y regordete que se enviste de héroe cutre, algo entrañable y, a la postre, patético y, sobre todo, quijotesco después de haber querido ser Sancho Panza en su modestia. No es la primera vez que Antonio Rojano se inmiscuye en estos embrollos. Ya lo hizo con Windsor y, sobre todo, con La ciudad oscura, aquella extraordinaria creación que se representó precisamente en la misma sala que ahora acoge su nueva creación. Pero, en este caso, uno tiene la impresión de que el dramaturgo ha tenido que acomodarse en sus ansias indagadoras ―como ha venido haciendo en sus últimos proyectos― y se ha volcado hacia una postura más complaciente con un público amplio. Sigue leyendo

Ricardo III

Miguel del Arco y Antonio Rojano versionan el clásico shakesperiano con una propuesta sugerente y algo populachera

Foto de Vanessa Rábade

Resulta muy recurrente acudir en nuestra época a los prototipos de aquellos reyes o mandatarios que demostraron ciertas dosis de psicopatía en su carácter; para realizar la comparativa con líderes de nuestro mundo contemporáneo que parecen adoptar un lenguaje y unos modos que nos hacen dudar de su cordura (llámese Trump o Boris Johnson o Maduro). Volvemos de nuevo sobre la cuestión de si existe el mal en las personas mentalmente sanas. La biología, la costumbre, la cultura y la enfermedad son aristas para una respuesta compleja. Regresamos, entonces, al clásico de Shakespeare, Ricardo III (debemos recordar que las relativamente recientes adaptaciones de Carlos Martín y Sanchis Sinisterra, y la de Yolanda Pallín). De este drama podríamos quedarnos con su protagonista y ya tendríamos la obra entera para dirimir las cuitas del poder; porque es quizás la obra del dramaturgo inglés, donde la figura principal se queda sin contrarréplica eficiente. Y más vale que cada uno haya hecho un poco los deberes antes de asistir, porque si no los árboles genealógicos de las dos rosas se le van a volver enredaderas. Y es que la escoliosis del pobre Ricardo da para encabronarse con sus rivales; pero más consigo mismo por sentir el permanente rechazo de las mujeres de la corte. Ya se sabe de la hermosura de los viejos ricos; así que nada mejor que embellecerse con la corona real para percibir el «cariño» de las damas. En el plano emocional y psicológico se puede relacionar más con el Joker de Joaquin Phoenix (que hayan coincidido ambas obras generará concomitancias), que con otros ínclitos personajes que tengamos más a mano. Sigue leyendo

La fuerza del cariño

Lolita y Marta Guerras se ponen al frente de una adaptación algo complaciente que firma Magüi Mira

No paramos de encontrarnos versiones teatrales de obras que se han hecho verdaderamente populares en el cine. Este es otro caso más de aquella cinta tan oscarizada que dirigió James L. Brooks en 1983 (con un guion que él mismo realizó a partir de la novela de Larry McMurtry). Es luego cuando el dramaturgo Dan Gordon, en 2007, la convierte en libreto. En el imaginario y en el recuerdo de muchos espectadores estará la mentada película, y rápidamente considerarán que la intervención de Magüi Mira adquiere otro cariz muy distinto. No es plan de establecer todas las diferencias, y lo adecuado será juzgar lo que vemos en el Teatro Infanta Isabel. Y lo primero es que el ritmo lleva los sones del rock and roll y que sobre esa ola cabalga alocadamente Marta Guerras, una Emma porrera, insensata e incapaz de mantener una conversación seria y comedida con su amadísima madre. Hay que reconocer y afirmar tajantemente que la actriz va ganando en agilidad escénica y aquí está excelente con esa habilidad que tiene para hablar rápido y gesticular tan expresivamente. Ya dejó una fantástica sensación con su anterior trabajo, Mecánica, y aquí vuelve a demostrar que es una interprete muy sagaz, muy suelta y con una gran capacidad para tocar la fibra sensible. Yo creo que en esta propuesta arrastra mucho el protagonismo hacia sí, a pesar de que el público vaya a prestar una atención preponderante en Lolita. La veterana actriz posee un atractivo innegable y, además, en las últimas temporadas está encadenando también buenas actuaciones (véase Fedra). Sigue leyendo

En casa

Mario Gas retoma el proyecto de Homebody/Kabul reduciéndolo a la primera parte que vuelve a interpretar Vicky Peña

Foto de Elisenda Canals

Esta propuesta es lo que se exhibe, es decir, el monólogo de una mujer madura en su hogar de Londres. O sea, no podemos contextualizar y recontextualizar sobre el hecho de que en 2007 Mario Gas presentara la obra completa, la que configuró Tony Kushner con esos vasos comunicantes entre oriente y occidente ―es verdad que inicialmente fue pensada para una sola protagonista―. De aquella Homebody/Kabul solo queda ahora la primera parte y nosotros debemos juzgar el montaje que se enseña en la Sala Verde de los Teatros del Canal. Ella nos habla desde 1998; pero nosotros nos situamos en un presente en el que Afganistán sigue bajo el bombardeo estadounidense (justo esta semana hemos tenido noticia de cómo sigue la guerra allá). En este sentido sí que le podemos dar otra perspectiva a lo escuchado; pues han ocurrido muchas cosas desde entonces. Uno intenta adivinar rápidamente cuál es el verdadero tono de la función; porque el relato pausado que viene trufado por todo el anecdotario de su anodina cotidianidad resulta poco atractivo. Ella tiene chispazos de alegría y de buen humor, nos interpela de vez en cuando como si anhelara nuestra aquiescencia; pero afirma haberse tomado las pastillas de su marido para la depresión en lugar de las suyas. Así que debemos aceptar que estamos ante una máscara, ante un fingimiento, ante una huida hacia adelante. Una señora deprimida con una guía de Kabul. Un repaso histórico para recordarnos que por allí estuvo, entre otros, Alejandro Magno. Sigue leyendo

Mary Said What She Said

Isabelle Huppert y Bob Wilson se unen para desentrañar la figura de María Estuardo en una pieza desasosegante

Foto de Lucie Jansch

Adentrarnos en una nebulosa donde se destila el sufrimiento que nos anticipa la decapitación. ¿Consigue Isabelle Huppert transmitirnos el posible sentir de la reina María Estuardo? Si no nos dejamos llevar por la fuerza del fetiche en esta reunión de artistas con ínfulas epatadoras; quizás debamos reconocer que el personaje que se recrea en escena resulta tan estrafalario como el espectro de una mujer que ha sucumbido a la locura o que ha perdido su esencia humana para transformarse en una autómata. Por lo tanto, la distancia que se provoca es máxima con todos los atributos estetizantes con los que procede Robert Wilson. Si estamos dispuestos a dejarnos apabullar por el virtuosismo tan teatral como gimnástico, entonces quedaremos subyugados por la trepidación del inicio. Y es que la música del célebre compositor italiano Ludovico Einaudi, con un ritmo de piano que nos traslada directamente a la tensión de cualquier momento álgido y que se desea mantener durante muchos minutos, viene acompasada con una declamación estratosférica de la actriz. La lectura de los subtítulos se hace inviable, la escucha deviene en una paranoia y el hieratismo de su gesto determina un procedimiento rayano en el surrealismo. El texto queda desbrozado y casi anulado, Huppert parece empeñada en superar el record Guiness de palabras por minuto como una opositora a notaría, como si cada vocablo quemase, como si las sentencias fueran el veneno que se debe esputar inmediatamente. Sigue leyendo

Arma de construcción masiva

José y sus hermanas nos ofrecen su segunda entrega sobre su peculiar visión de la realidad española en materia educativa

Foto de Xevi Pardo

Después de la mala experiencia con Los bancos regalan sandwicheras y chorizos, de la compañía José y sus hermanas; ahora tocaba mantener la esperanza de descubrir esa supuesta «frescura» y «radicalidad» necesaria que la crítica y gran parte del público sostenían. En primera instancia, Arma de construcción masiva posee una factura más amateur que la anterior y resulta mucho menos provocadora. En lugar de evolucionar, de aprovechar su energía ―que la tienen―, para madurar una propuesta más consistente y compleja parece que han involucionado. Desde luego, una cosa son las tesis desde las que se parten y otra muy distinta el discurso que se logra vertebrar. Porque parece que se van a inmiscuir en cuestiones como las leyes educativas o en aspectos sumamente políticos que afectan a nuestro país; pero luego resulta que la esencia de la obra son seis semblanzas cargadas de anécdotas, de experiencias personales y de avisos o puntualizaciones en sus habituales carteles en la pantalla y que no se extienden (sea, por ejemplo, hablar de Finlandia y su «maravilloso» sistema educativo). Es decir, la premisa apunta a la crítica; pero el argumentario queda vacío. Y el atisbo de estructura lógica que nos llevara a comprender que de aquellos barros estos lodos, se frena sin mayor abundamiento. Me refiero a la defensa inicial que se realiza del pedagogo anarquista Ferrer i Guardia con su Escuela Libre (como bien nos recordó Alberto San Juan en su Mundo obrero) para después abandonar ese camino. O sea, que perder la oportunidad de percutir con absoluta insolencia sobre las injusticias que se dan en la enseñanza ―la principal, la segregación; ya sea entre pública o concertada; ya sea entre barrios ricos y barrios pobres―. Sigue leyendo

Madre Coraje y sus hijos

Blanca Portillo protagoniza la extraordinaria propuesta del Centro Dramático Nacional en la despedida de Ernesto Caballero como director

Alcanzar la excelencia es un asunto bien complejo en la práctica teatral, y casi más si se trata de adaptar un clásico que ha sido «atacado» desde tantos flancos y que posee esa carga política que puede desvirtuarla si se incide en ciertos aspectos expresionistas. Ernesto Caballero nos entrega una Madre Coraje y sus hijos que debe ser imperdible para cualquier buen aficionado al teatro (los de Atalaya también nos ofrecieron un buen espectáculo hace unas temporadas). Ha logrado modernizarla estéticamente hasta el punto de situarnos en las puertas de un tiempo próximo y, a la vez, despojado de elementos que podamos identificar claramente. Sería un efecto de distanciamiento brechtiano potenciado por la apertura total del espacio en una escenografía que se basa en la iluminación. Pero el punto verdaderamente sobresaliente es su elenco. La Portillo clava otra pica más sobre la dramaturgia española. Su protagonismo se expande a lo largo de la trama con verdadero encantamiento, con una trabajosa matización en un entorno duro y basto, se manifiesta como una bruja deambulando con su carromato para demostrar su astucia. Ella grita, se desgañita, incluso; se pone tierna, si hace falta. Sofistica su hipocresía y nos da una amarga lección de pragmatismo. La guerra le va muy bien para su negocio ―cuánto sabemos hoy de eso―, es su modo de supervivencia, la manera que tiene de proteger a sus hijos y a sí misma. Sigue leyendo