Luces de bohemia

El Teatro María Guerrero acoge esta versión austera sobre el drama clásico de Valle-Inclán

No parece nada extraño que Alfredo Sanzol nos ofrezca una visión tan desnuda de la obra magna de Valle-Inclán; pues de forma parecida se acercó a otros clásicos como el Edipo Rey y, la temporada anterior, a La dama boba. El asunto es si esta idea tan distanciadora, austera y hasta feísta, nos conmueve más, nos aproxima de un modo más profundo a la esencia del texto y nos hace ganar artísticamente. Pienso que no, que despojar a Luces de bohemia de las calles de Madrid es dejarnos sin el referente contra el que se debe estampar la pasión expresionista de su antihéroe. Ya sé que la imaginación también se pone a funcionar; pero aquí los elementos estéticos que se lanzan nos procuran una sensación de despojo de los protagonistas. Por esta vez, la escenografía ―no así el vestuario― de Alejandro Andújar me parece insuficiente, no porque el uso de grandes espejos no sea una buena idea; sino porque su manejo parece repetitivo y poco propenso a generar esos juegos de equívocos y de distorsiones; como cuando nos adentramos en algunas de las atracciones de algunas ferias, donde podemos llegar a temblar ante la presencia de nuestra propia imagen. En escena deambulan dos grandes espejos, como si fueran simples muros de fachadas inexistentes. Luego, en una decisión, diríamos que provocadoramente sutil del director, Max Estrella describe el esperpento, no ante los espejos cóncavos del callejón del Gato; sino ante su reverso, ante una oscuridad renegrida de muerte. Sigue leyendo

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7 años

Los Teatros del Canal acogen esta batalla dialéctica entre cuatro socios de una empresa con el fin de eludir la cárcel

Foto de Sergio Parra

Si hace poco más de un mes Daniel Veronese adaptaba y dirigía la película Todas las mujeres, ahora dispone lo propio con otro film que, desde luego, pedía versión teatral: 7 años. Además, coincide en la cartelera madrileña con otro éxito cinematográfico que pasa a las tablas como es Perfectos desconocidos. Ambos montajes poseen indudables puntos en común, entre otros, su atractivo para un público más inclinado hacia el teatro comercial y sus mecanismos medidos puestos al servicio de diálogos ágiles y propiciatorios destinados a desbrozar las intimidades. Aquí el engranaje se pone en funcionamiento enseguida y la premisa es bien sencilla: los cuatro responsables de una empresa dedicada a vender software y otras soluciones informáticas están a punto de ser investigados por Hacienda. Por lo visto, han estado desviando pasta a unas cuentas opacas en Suiza y los han pillado. Se enfrentan a la pena que refleja el título del espectáculo y han decidido que se coma el marrón uno de ellos. Para dirimir tan compleja decisión van a echar mano de un mediador. Serán ochenta minutos sin el más mínimo altibajo. Sigue leyendo

Jane Eyre

Ariadna Gil encarna con virtuosismo a la protagonista de la famosa novela de Charlotte Brontë en el Teatro Español

En el montaje que podemos disfrutar en el Teatro Español se pueden distinguir dos aspectos de máxima importancia para valorar en su justa medida la propuesta de Carme Portaceli y de Anna Maria Ricart. En la parte visual, la estética se aleja del naturalismo que nos debiera trasladar a los paisajes ingleses, a la pertinaz lluvia y a esas grandes mansiones de la burguesía que va tomando posiciones a lo largo del siglo XIX. Con la escenografía de Anna Alcubierre uno puede regocijarse con su serenidad, con el minimalismo y con esa austeridad que se pretende transmitir (todo un exceso que no corresponde con el victorianismo), cuando el vestuario de Antonio Belart marca con recalcitrante negro y oscuridad talar a todos esos individuos, en principio, anónimos. ¿Nos hemos trasladado a la Suecia de Bergman y de Ikea, o de signo pietista? Esta estética está al servicio del arte en el sentido de que nos invita paradójicamente a la claridad de los personajes, casi despojados de cualquier reducto de lujo que los signifique en su verdadera clase social. El igualamiento es preponderante. Así que es un gusto templado la contemplación del espectáculo, al que se le suma la música en directo, como si fuera una banda sonora a la antigua usanza, promovida por Clara Peya, con momentos de indiscutible delicadeza al piano y un sutil vigor con la compañía de Alba Haro al violonchelo. Sigue leyendo

Perfectos desconocidos

Daniel Guzmán dirige con esmero la versión teatral de este éxito cinematográfico en el que los móviles son el artefacto del demonio

Foto de Sergio Parra

Era del todo esperable que llegara la versión teatral de este éxito cinematográfico ―primero en Italia con Perfetti sconosciuti, dirigida por su creador, Paolo Genovese y, en España, con la mirada de Álex de la Iglesia; puesto que, principalmente, el espacio ―casi único― permite concentrar muy bien la acción y, sobre todo, regodearse en la situación: un puro desbaratamiento, una explosión de revelaciones. Este tipo de productos culturales se posicionan claramente del lado del espectador, es decir, se congratulan con él; ya que este siente alguna identificación. Además de que el discurso es sencillo, entretenido y divertido; básicamente los principios del teatro comercial. Ahora, en este caso, dado que se emplea un instrumento ―el teléfono móvil― que casi la totalidad de la población adulta utiliza; realmente podemos sacar una lectura contemporánea más aviesa y pertinente de lo que ocurre en escena. En definitiva, Perfectos desconocidos favorece dos lecturas que pueden convivir esencialmente en la perspectiva de cada persona que asista al Teatro Reina Victoria, si pone un poco de empeño más allá de la risotada. Porque es claro que debemos plantearnos cómo hemos llegado a esta situación, a este narcisismo, a esta búsqueda agónica por la emoción fuerte, por evidenciar nuestro supuesto poderío en las redes sociales, por esconder nuestros secretos en un aparato que nos expone demasiado. Sigue leyendo

Un bar bajo la arena

El recuerdo a ese espacio del Teatro María Guerrero donde se encontraban las gentes de la profesión

Foto de marcosGpunto

Para celebrar los cuarenta años del Centro Dramático Nacional (CDN) se podría haber organizado una exposición, un ciclo de conferencias o un simple evento con discursos e imágenes alusivas a lo que ha significado la institución para España (sobre todo, para Madrid). En oposición a ello, José Ramón Fernández y Ernesto Caballero se han liado la manta a la cabeza y han elaborado un montaje que cumple esencialmente con su cometido. Sin permitir, apenas, que el exterior penetre, y como si fuera una especie de coordenada espaciotemporal sui géneris, van renaciendo los fantasmas en forma de sueño de todos esos personajes que un día hicieron que la ficción fuera la ilusión de unos espectadores ávidos por aprehender esa sublime experiencia. No se puede afirmar que la obra esté destinada a cualquier persona que se anime a asistir; pues es un acontecimiento tan particular que uno solamente se imagina a las gentes de la profesión acudiendo a rememorar aquella época en la que el bar del «Mari Guerri» propició encuentros fructíferos y de lo más interesantes. En esa ensoñación se adentra Pepe Viyuela, que hace de José María, el estereotipo de teatrero tímido, aparentemente solitario, que vive fascinado por las vibraciones de la cuarta pared. Un individuo que acude con demasiada frecuencia a tomarse su café, acompañado por los programas de mano, con la firme intención de codearse con sus admirados actores. Papel que domina a la perfección, algo pánfilo, entrañable. Sigue leyendo

Auto de los inocentes

Un drama naíf sobre un campo de refugiados en España con el Auto de los Reyes Magos incluido

Que la apertura de la temporada en el Teatro de la Comedia, que se presuponía un plato fuerte con el que dar el aldabonazo de salida, se haya sustituido por un montaje que más parece indicado para la bonhomía que nos embarga en Navidad, es una cuestión que difícilmente se puede comprender. Tampoco se entiende muy bien hacia dónde quieren ir con su texto Pedro Víllora y José Carlos Plaza; es decir, si de verdad creen que han pergeñado una estructura dramática propicia para encajar como actividad lúdica en un campo de refugiados ¿en España? diversos textos barrocos y el anunciado Auto de los Reyes Magos que, recordemos contiene 147 versos nada más, y que se introduce de cualquier manera al final del montaje. ¿Es posible que alguien se haya enterado de qué cuenta este auto o los otros: fragmento del Auto de La vida es sueño, de Calderón y el Auto del Hospital de los locos, de Valdivieso? Quiero decir, evidentemente, en su dimensión sociocultural y literaria, pues son alegorías que necesitan un desarrollo y unos marcos referenciales que aquí no están. Primeramente, es necesario resaltar que el espectáculo es innecesariamente largo (dos horas) y que el tono es naíf, idealizante y poco creíble en la pesadumbre, el cansancio y la desesperación que se presume en un lugar así. Sigue leyendo

Tierra baja

Lluís Homar nos brinda una actuación portentosa encarnándose en los cuatro personajes principales de esta tragedia

¿Cómo una tragedia rural, tan oscura y macilenta, tan llena de odios y posesiones abyectos puede tornarse sutil y embellecida en su brutalidad? Para ello es conveniente aproximarse con mucho cuidado, acariciando las palabras mansamente, paladeando cada oración para que el acontecimiento se vaya macerando como si nos adentráramos en un confuso hecho común. Y todo para ir al grano, para arrancarnos de la vista a los secundarios, para iniciarnos con una niña ―la Nuri― que de su pura inocencia no entiende nada; pero mira, observa, escucha y pide cariño a raudales. Lluís Homar, en solitario, despliega un inmenso arco interpretativo remarcado por la precisión en cada frase que entona con el fin de que el puro contexto interno sitúe al personaje y no sea necesario ataviarlo, ni describirlo con torpeza. Aquí todo es de una cadencia medida que se debe escuchar. El amo Sebastià, el cacique, con esa brusquedad insolente de quien se solivianta por sus cabos sueltos. Se emplea con nerviosismo, con gritos secos y órdenes tajantes, con expresiones de amor agónicas. Su amante, Marta, la hija de un molinero que ha fallecido hace tiempo, no puede ser su esposa. No es posible que alguien de su importancia contraiga matrimonio con una sierva. Sigue leyendo

Monta al toro blanco

Cuatro relatos que satirizan políticamente sobre una Europa en permanente tensión ante un futuro aciago

Foto de Carmen Prieto

La incuestionable mirada satírica de Íñigo Guardamino se inmiscuye en nuestra Europa y su devenir. Tema verdaderamente necesario y, en absoluto, manoseado. Digamos rápidamente que las cuestiones que aborda resultan verosímiles, inteligentes y, además, pavorosas. También reconozcamos que, a pesar del tono humorístico, se ha puesto algo más serio en el lenguaje; no parece aspirar el autor a remarcar con chistes sorpresivos cada frase de cada diálogo ―como suele ser habitual en él. Y si ha rebajado la comicidad, ha aumentado el análisis y, por lo tanto, la profundidad de casi todas las piezas que componen este fresco tremebundo de un futuro que podría llegar ipso facto. Asistimos a cuatro piezas que se nos ofrecen entremezcladas. Todas ellas podrían interpretarse como las pesadillas de una Alta Representante de la Unión Europea, quien ha decidido echarse la «siesta de la cuchara» antes de reunirse con los Ministros de Exteriores. No faltan los aderezos mitológicos sobre el Rapto de Europa, varias interpolaciones, como esa interesante declaración engreída de un chino, un estadounidense, un árabe y un ruso portando la balsa hinchable donde terminarán los europeos; o el tema musical tan hortera y pegadizo que los espectadores deberán tener verdadero cuidado si no quieren que el estribillo les retumbe durante una semana. Sigue leyendo

Fedra

El Teatro de La Latina acoge la propuesta Paco Bezerra, quien revisita el clásico para dotarlo de mayor humanidad

Foto de Jero Morales

Resulta satisfactoria, en términos generales, esta aproximación al mito de esa mujer enamorada hasta las entrañas. La nieta del Sol fulge en su angustia hasta llegar a la enfermedad y Lolita Flores no puede ni sujetarse la melena en los padecimientos de su enfermedad. Su expresión con las manos, la hondura que manifiesta en las frases más sinceras, el amor que expele junto al cuerpo de su amado hijastro, Hipólito. El hijo de Teseo y de la amazona Antíope (también llamada, en ocasiones, Hipólita) es un Críspulo Cabezas que parece más interesado en la sensualidad bucólica que le ofrece la naturaleza que en aceptar las insinuaciones de su madrastra. Paco Bezerra, inspirado por Eurípides y por Séneca, reinventa esta conocida historia para convertirla en un relato más cercano a la novela de aventuras, despojado de los dioses clásicos que infunden su poder; está como extraída de Las mil y una noches o, si queremos, aproximarnos más a nuestro presente, podemos imaginarnos una película de piratas o de buscadores de tesoros donde encontramos reinos casi idílicos que se deben arrasar. Sigue leyendo