Edipo

Los portugueses Companhia do Chapitô parodian esta tragedia clásica en un espectáculo que nos lleva a la carcajada

La presencia del mito que nos trasladó Sófocles con el ciclo sobre Edipo no ha dejado de estar presente en nuestra cultura, ya sea a través del arte o de los complejos freudianos varios. En los últimos tiempos hemos observado en escena diversos acercamientos, desde la austera versión de Alfredo Sanzol o a la metateatral aproximación sobre el tema del parricidio que Sergio Blanco abordó en Tebas Land. Ahora recibimos en Madrid, por fin, dentro del Festival de Otoño a Primavera, esta exitosa mirada que presentan los portugueses de la Companhia do Chapitô. Un giro radical que se despoja de todos los purismos y los prejuicios, y que deconstruye la tragedia con el estilete de la parodia. Para ello, tres únicos actores a la intemperie, con el único instrumento escenográfico de su cuerpo. Jorge Cruz, Nádia Santos y Tiago Viegas, tan engrasados en este mecanismo coqueto de sesenta minutos, que sus metamorfosis en cada uno de los personajes, animales e, incluso, objetos fluye maravillosamente. Sigue leyendo

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El público

El japonés Kei Jinguji presenta su versión sobre esta obra surrealista de Lorca con un acentuado trabajo grupal

Será inevitable para los espectadores españoles que tengan presente la dramaturgia que Rigola desplegó de El público, no hacer comparaciones con esta versión de los japoneses de Ksec Act, dirigidos por Kei Jinguji. Son miradas tan distintas, fundamentalmente en el planteamiento escenográfico, pero también en la cadencia y en la interpretación; que pareciera que estamos ante dos obras que no tienen nada que ver. Mira que en aquella el grito a veces era excesivo; pero en esta los nipones ejercen una dicción honda, fuerte, como si estuvieran en plena lucha, tanto con sus interlocutores como con ellos mismos. Esta manera engarzada en la tradición japonesa de expresarse choca con las formas, digamos que estandarizadas y hasta corrientes, que se usan en el teatro contemporáneo europeo. En ese aspecto, resulta exagerado cómo se ataca cada frase agónicamente. Por otra parte, si el texto de Lorca ya es complejo, recordemos que está inacabada y que se sustenta en un andamiaje de capas superpuestas, de teatro dentro del teatro, de intimismo y de recuerdo adolescente, de crítica social y de ese embate del dramaturgo contra las convenciones morales que no le dejan vivir libremente su homosexualidad y contra las convenciones teatrales que han reducido este arte a puro entretenimiento burgués. Sigue leyendo

En un tiempo oscuro

Daniel Teba desembarca en las Naves del Matadero para situar a unos superhéroes en la duda existencial

Foto de Alfonso Bernabéu

Hay que celebrar que los dramaturgos busquen y rebusquen nuevas maneras de atacar el hecho teatral; pero da la impresión de que algunos creadores, en los últimos tiempos, se han olvidado de los hechos sustanciales para ofrecernos obras deshilachadas, vacuas y cargadas de gestos que únicamente favorecen la sorpresa espasmódica. Cuesta pensar adónde quiere dirigirnos Daniel Teba con este espectáculo, que se alarga irremediablemente hasta las casi dos horas y del que él es el máximo responsable. Digamos claro que es una obra desnortada, a la que le faltan ideas, que rellena huecos y espacios —que se pretenden amplios y abarcadores— con diálogos insulsos que repiten las mismas consignas. ¿Qué cuenta, qué plantea? Si se toma en serio, nos encontramos con cinco superhéroes en un spa, dispuestos a relajarse; pero también a mantenerse en forma. Así se lanzan a las tablas, con una esforzada coreografía de Juanjo Torres a medio camino entre cualquier método de aeróbic y los pasos de baile de alguna estrella del pop. Ese ritmo reiterativo que se despliega con los movimientos de sus cuerpos es el que se extiende por toda la función; además, el tono jocoso que de vez en cuando aparece y que logra, por momentos, las risas del respetable; aunque no se redondea en comedia. Sigue leyendo

Emilia

El Teatro del Barrio acoge una aproximación sagaz y pertinente sobre la escritora gallega Emilia Pardo Bazán

Acercarse a la figura de Emilia Pardo Bazán parece más que interesante hoy en día, cuando en la actualidad se estila un feminismo conservador ejecutado por aparentes progresistas; mientras que en aquella era todo lo contrario y, por lo tanto, mucho más revolucionario. No hace mucho se adaptaba a las tablas su novela Insolación, donde se daba cuenta de los «sofocos» de una joven viuda al establecer relación con un muchacho andaluz que se le cruzaba de improviso. Así que resulta chocante imaginarse a una mujer de este porte, con su origen, en ese ambiente tradicional durante el siglo XIX, máxime cuando su propio aspecto físico tampoco nos induce a pensar, por ejemplo, que fuera coqueta y que se gustara, como bien se deja claro en esta obra. Noelia Adánez y Anna R. Costa han sabido seleccionar diversos momentos de la escritora para que nos hiciéramos una idea de su personalidad; aunque quizás el espectáculo se queda un poco escaso, principalmente porque se demora en la ficticia disputa contra los académicos, y apenas se dan unas pinceladas sobre otros aspectos. Sigue leyendo

Escenas de caza

Una fallida propuesta que busca denunciar la persecución a la que se ven sometidos los diferentes

Después de atender a varias de las obras de María Velasco, uno entiende —cuando baja el telón de Escenas de caza— que su estilo parece desistir de manera recalcitrante a la representación, a la dramaturgia (aunque ella misma la firme) y al desarrollo de estructuras que podamos denominar teatrales —comprendo que desea marcharse por la tangente. Su profesión es el discurso verborreico, como una interminable poesía neobarroca, como una nueva adalid de aquellos novísimos que jugaron a lo clásico y a lo contemporáneo (sin renunciar al humor, al pop y a otros devaneos esteticistas). Me reafirmo en lo que escribí sobre Petite mort o La soledad del paseador de perros, las virtudes de las escritura de María Velasco son múltiples, su sarcasmo, su dominio de la metáfora, tanto de la ocurrente, como de la trascendente y crítica, su despliegue de implicaturas sociales y culturales, y una comicidad vitriólica; pero su comunicación teatral con el público es un empeño por alejarse, por hacer inviable su atención. Sigue leyendo

Juguetes rotos

Una obra adecuada para indagar en la dura vida que tuvieron los transexuales durante el franquismo

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

A Carolina Román le gusta contar historias y, sobre todo, inmiscuirse en ese caladero de sufrimiento donde los humanos revelan su esencia. Así lo demostró en Adentro, y así lo vuelve a pretender, con más enjundia si cabe, ahora con esta nueva propuesta. Hablamos de realismo social y de una mirada a las vidas de aquellos transexuales que tanto padecieron durante el franquismo; ya fuera por el repudio general o por una legislación que los tenía por auténticos perturbados y enfermos. En este sentido, los personajes de esta obra encarnan la consabida ruta del pueblo a la gran ciudad, del ostracismo a la inevitable aceptación de un mundo laboral que se reducía a los espectáculos de varietés o a la prostitución (en su mayoría, si se querían mostrar tal como eran). Aunque suene algo tópico, no deja de ser interesante reseñar teatralmente estas circunstancias. Nacho Guerreros se mete en la piel de Mario, un funcionario de unos 45 años que, ante la noticia sobre el fallecimiento de su padre, rememora su infancia y cómo ha llegado a su situación actual. Enseguida nos posicionamos en un espacio rural de la posguerra española, donde un chaval amanerado y tímido intenta pasar desapercibido entre tanto macho asilvestrado, sin conseguirlo. Sigue leyendo

Una vida americana

El viaje de una familia a Estados Unidos en busca de un padre ausente durante muchos años

Lucía Carballal es, por méritos propios, una dramaturga muy a tener en cuenta en el género de la dramedia. Precisamente, equilibrar con inteligencia las cuestiones existenciales que pueden derivar en angustia y en conflictos emocionales paralizantes, con unas dosis de humor sarcástico, es el gran dominio de la dramaturga. Pero añadiría una característica que me parece más señera y que ya señalé tras asistir a la función de Los temporales: la escritura de estos diálogos es propia de los mejores guionistas televisivos de los últimos años en España; son punzantes, originales, de gran amplitud irónica; a veces, brutales, entrometidos. El lenguaje lo podemos identificar con el empleado en una serie como Aída. Creo que es un referente ineludible en cuanto que abordaba temas duros como la droga, el presidio, la prostitución, la inmigración en los barrios de clase obrera o la homosexualidad, todo ello manifestado con cariño y vitriolo en una lucha sin cuartel. Sigue leyendo

La historia del zoo

El Teatro Lara acoge la recuperación de esta obra de Edward Albee sobre el encuentro de dos hombres aparentemente antagónicos

Regresa José Carlos Plaza a esta obra (llegó a protagonizarla bajo la dirección de William Layton) tan señera del teatro de Edward Albee, y lo hace con los mismos actores con los que trabajó hace ya bastantes años. Es un texto que tiene exprimido y apuntalado para que aún se mantenga vivo; y, en cierta medida, enigmático. Seguramente la extrema sencillez del montaje y del propio argumento, mitad apegado al absurdo, mitad contemplador existencialista, disuada en el inicio al público, que asiste inquieto ante lo anodino del planteamiento. Estamos en Central Park, en Nueva York, corre el año 1958. Un hombre llamado Peter, de unos cuarenta años, de aspecto moderadamente burgués, de aire intelectual, con pipa, gafas y un voluminoso libro sobre las manos, permanece sentado sobre un banco. Al instante, llega un tipo de apariencia corriente y algo descuidado, un tanto nervioso, que pretende entablar un diálogo con la excusa de contar una anécdota sobre su visita al zoológico. A partir de ahí, asistimos a una conversación, más bien el monólogo entrecortado de este último, Jerry. Sigue leyendo

El ángel exterminador

Blanca Portillo dirige una versión sobre la cinta de Buñuel más festiva y espectacular que surrealista

Foto de Sergio Parra

Hace un par de años asistíamos a una versión de esta misma obra recogiendo el título de aquel cuadro de Gericault, La balsa de Medusa, en el que se inspiró Buñuel; un montaje mucho más coqueto, aunque seguramente más efectivo que este que nos presenta Blanca Portillo. Tanto su perspectiva como la versión de Fernando Sansegundo sobredimensionan el film de 1962 para trasladarlo a la actualidad en un teatro, el Español, en absoluto idóneo para que los espectadores lleguen a adentrarse en la asfixia absurda de sus protagonistas. Para empezar, señalaremos varios hándicaps que entorpecen la función. Primero, los personajes quedan lejos, más de lo debido; puesto que se recluyen tras dos mamparas que el escenógrafo Roger Orra, a quien hay que valorar por el espacio grandioso —todo un salón de diseño contemporáneo, luminoso y amplio—, ha situado en el medio de las tablas y que me parecen un error garrafal por dos razones. Sigue leyendo