Elisabeth Larena ha escrito y dirigido una primera obra teatral repleta de inconsistencias estructurales para retratar todo tipo de herencias familiares
El tiempo pasa, ya estamos en 2026, pero resulta que la guerra civil fue ayer, aunque en breve estaremos con los fastos del centenario. María Galiana, la veterana de la interpretación, cumplirá 91 años dentro de poco. Todavía parece que la primeriza Elisabeth Larena encuentra la posibilidad de hallar un personaje que haya sido el paradigma de una mujer de la Sección Femenina. De hecho, así se presenta delante de nosotros, en un prólogo que nos pone sobre aviso, es decir, tal y como no debe hacerse. Y es que esta obra incumple una de las máximas fundamentales de todo arte visual, como el cine o el teatro: la explicación. Explicar lo que debe representarse o vivificar es un desprecio para el público mínimamente cultivado. Aquí ocurre constantemente, hasta el punto de crear un aparte para ilustrarnos sobre qué es la susodicha Sección, creada por Pilar Primo de Rivera en 1934. Nuestra protagonista también se llama Pilar y está muerta.
En este proyecto se intentan conjugar tantos elementos que da hasta para que veamos espíritus. Una dramedia con tintes de Jardiel Poncela, con sus toques livianos de humor negro y esas tragedias familiares donde las anagnórisis se suceden sin remisión como en Agosto. El problema es que la dramaturga carece de sutileza en su escritura y no ha sabido bosquejar ni a los caracteres ni a la trama. Principalmente, porque el papel de Galiana, por ejemplo, apodada en el pueblo la «vinagreta», es un burdo estereotipo de franquista adusta y trasnochada, aunque haya criado a una nieta ella sola, y haya tenido que inventarse una vida sin marido. O sea, ni siquiera se le concede un margen de bondad y por eso sus vecinos hacen fiesta por su fallecimiento. Como suele suceder, las circunstancias se difuminan, y no se pretenden mostrar, pese a que estemos hablando de una abuela con una existencia tan dilatada. La actriz le pone su encanto y participa levemente dando apostillas durante los ochenta minutos de función. Puesto que la voz cantante la llevan sus nietas.
En la casa, en plena reforma que ha diseñado Fernando Bernués ─lo más creíble de la representación─, se sitúa el féretro delante de un pequeño andamio y un gran ventanal. Allí ha vivido hasta su emancipación Leo. Una joven un tanto seca, muy independiente, soltera y piloto de avión. Una mujer que ha logrado hacerse a sí misma a pesar de haber sido educada por una señora poco cariñosa y exigente. No le ha ido mal. Curiosamente Anna Mayo ideó su propia incursión abuelística para pensar en Francia como salida agónica a nuestra catástrofe. La abuela Carmen, como tantos otros, acabó en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. La intérprete da firmeza a su papel, sabe estar en el escenario y ofrece capacidad para desenvolverse en el caos. Se queda estupefacta cuando irrumpe en aquel hogar Inés, una chica con aires de ingenuidad, que trae unos documentos que revelan que esa casa es mitad suya. María Roja carga con un rol bastante simplón, debido a que procura aportar algo de comicidad en el lío que deben resolver. A partir de ese instante nos adentramos en un desbarajuste. Descubrir qué ocurrió verdaderamente con su abuela y saber, en definitiva, qué pasó con su madre. Esta también surge por ahí, pues se murió cuatro meses antes. Nieve de Medina hace de Nieves y de Marisol, pero lo mismo da, ya que no tiene desarrollo y me parece que entorpece el devenir del espectáculo. Porque, ya puestos, para qué contar tanto, entre recortes del ABC, esquelas, uniformes azules con el yugo y las flechas, si precisamente, ya que emplea un flashback anecdótico, podría haberlo hecho para ofrecernos un relato verosímil de la tragedia que anida en esta propuesta. Esa otra mujer, Consuelo, con la que Pilar tuvo una relación de tanta cercanía. No diré más. Falta claramente desentrañar teatralmente ese largo final para dar consistencia y que no se termine por reducir en un epílogo de comedieta. En cualquier caso, el humor con el que se desea ahormar el montaje y el insensato uso de los improperios y de las palabrotas por aquí y por allá diluyen un contexto histórico y toda una biografía, pues ese «irse a Francia» realmente suena a los años 60. Desde luego, la obra requeriría toda una recomposición.
Texto y dirección: Elisabeth Larena
Reparto: María Galiana, Nieve de Medina, Anna Mayo y María Roja
Escenografía: Fernando Bernués
Iluminación: Nacho Martín
Vestuario: Ana Turrillas
Espacio sonoro: Alfonso Antolín
Ayudante de dirección: Javier L. Patiño
Producción ejecutiva: Belén Pichel
Distribución: Sergi Calleja
Gran Teatro Pavón (Madrid)
Hasta el 24 de mayo de 2026
Calificación: ⭐
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Deja un comentario