Entre copas

La película ganadora del Óscar al mejor guion adaptado en 2004 pasa a las tablas en una versión carente de elegancia

Entre copas - Foto de Sergio Lacedonia
Foto de Sergio Lacedonia

Recuerdo el agrado con el que se tomó la película Entre copas por parte de ese público adulto que se reconforta con esos dramas con hálito profundo; pero que no desembocan, ni mucho menos, en la sentenciosidad. Es decir, una comedia de corte clásico, amable, que, quizás, se sobrevaloró con el Óscar al mejor guion adaptado para Alexander Payne. Ahora, Garbi Losada y José Antonio Vitoria han considerado que esta novela de Rex Pickett merecía versionarse en español al teatro y le han aplicado el zafio filtro de la comedia burguesa comercial, aquella que desarbola a personajes más o menos consistentes y con algo de fondo, para llevarlos a unos extremos risibles. Sí, se busca la risa denodadamente; aunque desgraciadamente no se hace con sagacidad en la mayoría de los chistes; sino a través del humor fálico. Entre grosero y grotesco, se aspira a la gracia recurriendo a la «polla» cada dos por tres. De cómo se puede deambular por algo así o de cómo se puede remontar una relación bastante machirula entre dos tipos que se van de turismo enológico a modo de despedida de soltero es un reto imposible. No voy a negar que este espectáculo sea entretenido y que al final se recomponga con ciertos gestos románticos; no obstante, lo que han hecho los adaptadores, comparado con la película, es tomar a su espectador específico por un garrulo.

Realmente el protagonista que nos debe interesar es Miguel, un escritor que no despunta; pero que parece que por fin va a ver publicada una novela que está negociando su agente literario. Un hombre pesimista, desencantado, a lo mejor demasiado responsable y poco atrevido. Un divorciado. Quizás abandonado por pusilánime. Un tío que necesita encontrar a alguien que lo admire tal y como es, un obsesionado hasta la pedantería, por el vino. Patxi Freytez le da a su personaje suficiente empaque; aunque lo haga descender a tal patetismo, que no terminas de creerte su inteligencia. Demasiado patán; pero, a la postre, con encanto cultural y con una visión de la vida que se sustenta en los placeres exquisitos. Un hedonista que no acaba de desbordar. Muy distinto es Andrés. Lo de este personaje es para largarse del teatro. ¡Qué destrozo! No por Juanjo Artero, quien sostiene toda la función el tono agreste con profesionalidad. Es que resulta agotador cómo se ha exprimido su simpleza y su descaro general. Un hombre infantil, antojadizo, acostumbrado a triunfar con las mujeres, un actor fracasado, pero un productor exitoso —cuesta pensar dónde anida su raciocinio—, que maneja pasta. Entre el esnobismo propio del mundo enológico y la ignorancia del tío este, uno casi encuentra el paralelo con Paco Martínez Soria llegando a la gran ciudad con los topicazos del analfabetismo rural. La falta de sutileza en los diálogos entre estos dos hombretones solamente se suaviza con la llegada de las féminas. Visto así, Entre copas ha envejecido fulgurantemente en barrica de estulticia o, más bien, Losada y Vitoria le han dado un empujón al pasado.

Que ellas introduzcan la temática vinícola en cada escena como si fueran enólogas o unas sumilleres que ansían darle lirismo al asunto y propiciar una atmósfera más elegante e íntima, potencia el maniqueísmo de esta nueva batalla entre mundo femenino y masculino. En plena ruta del vino riojano, llegamos a la bodega donde trabaja Amaia, una encantadora Ana Villa, que le pone algo de sensatez y romanticismo a la rudeza del espectáculo. Se reencuentra con Miguel para dar pie a esa oportunidad tan deseable para unos seres tan afines en sus gustos. Resulta un poco adolescente el ir y venir de desencuentros entre ellos; no obstante, posee algo conmovedor y sencillo que puede emocionarnos. Luego, en la siguiente parada, se afana entre las botellas Terra, que Elvira Cuadrupani vivencia con salero y pujanza. Una chica directa y segura de sí misma; aunque no lo suficientemente avispada como para evitar las garras de ese don Juan que se le ha puesto por delante con todas sus obviedades. En lo que no fallan nuestros adaptadores es en medir los tiempos de manera muy perspicaz. La función posee ritmo y no se demora en asuntos vagos. Sabemos hacia donde nos dirigimos y, al menos, logran captar nuestro interés con una comicidad que va siendo más amable según llegamos al desenlace. Hasta el punto de que nuestro Freytez se pone en plan Job, clamando por su mala suerte.

Luego, la escenografía, con esas compuertas florales como un jardín vertical, habilita el dinamismo al generar distintos espacios para que los intérpretes, a partir de pocos elementos, pueden desempeñar su oficio con comodidad. En definitiva, Entre copas podría haber sido una comedia naíf, pero más adulta, si no se hubieran cargado las tintas para agradar a ese espectador algo burdo. Al final, un entretenimiento.

Entre copas

Autor: Rex Pickett

Adaptación: Garbi Losada y José Antonio Vitoria

Dirección: Garbi Losada

Reparto: Juanjo Artero, Patxi Freytez, Ana Villa y Elvira Cuadrupani

Una producción de Ados Teatroa y Pentación Espectáculos

Diseño de escenografía: Ados Teatroa

Diseño de iluminación: Xabi Lozano

Espacio sonoro: Javier Asín

Diseño de vestuario: Tytti Thusberg

Productores: José Antonio Vitoria y Jesús Cimarro

Una producción de Ados Teatroa, Bidebitarte y Pentación Espectáculos

Teatro Reina Victoria (Madrid)

Hasta el 5 de junio de 2022

Calificación: ♦♦

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Explore el jardín de los Cárpatos

El tercer espectáculo de José y sus Hermanas explora la historia de nuestro turismo a través de un collage satírico muy elocuente

Explore el Jardín de los Cárpatos - FotoDebía comprobar si a la tercera oportunidad la compañía José y sus Hermanas había alcanzado esa supuesta categoría de enfant terribles, con la que fueron anunciados con su primer proyecto: Los bancos regalan sandwicheras y chorizos. Luego llegaría Arma de construcción masiva y, ahora, diría que se superan con esta nueva pieza y que van puliendo su estilo, tan deudo de gente como Rodrigo García y su verborrea de crítica social ironizante. Pero siguen muy empeñados en derivar de Franco nuestros últimos cuarenta y siete años. Y sí, de aquellos barros algunos de nuestros lodos; aunque me parece un tanto grueso finalizar el espectáculo volviendo a mentar a la bicha. Al menos no han sido tan machacones como en otras ocasiones. Sigue leyendo

Malvivir

Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda dan brío inconmensurable a la picaresca española a partir del texto que firma Álvaro Tato

Malvivir - Foto de David RuizMi desconfianza inicial partía de las fotos. En el mal gusto de presentar así a unas pícaras en un cartel tan anticuado. Y no es que siempre los textos del barroco tengan que ilustrarse desde el realismo más sucio; sino que aquí se nos avanza una mezcla de vestuario que parece una insensatez. Porque da la impresión de que Tatiana de Sarabia ha intentado acercar al público actual a las pícaras de entonces y las ha vestido como si fueran una especie de superheroínas con unos trajes verde esperanza bastante ajustados que las convierten en unas bufonas de alguna baraja de Fournier, y luego como detectives, como si fueran Blacksad o El gato con botas. Sigue leyendo

Hacer noche

Bárbara Bañuelos continúa su andadura por el teatro performativo y autoficcional para descubrirse a través de un paciente con diagnóstico siquiátrico

Hacer noche - FotoBárbara Bañuelos (aka Bárbara Fournier) nos convoca de nuevo para seguir hablando de ella desde el sentido de culpa propio de una pecadora posmoderna. Una continuación de su Mi padre no era un famoso escritor ruso tomando como «chivo expiatorio» a un tipo que podría ser bastante sugerente, como uno de esos individuos tan invisibles y marginales que nos rozan a diario o que hormiguean en la ciudad con nocturnidad, pero sin alevosía. No obstante, insisto en que aquí hemos venido a hablar otra vez de Bárbara Bañuelos. Es lo que ocurre cuando se traslada a la escena esa pantomima televisiva donde las entrevistas, en pos de la amabilidad que tanto requerimos para las estrellas y los famosos, se trasforman en «conversaciones». Por eso, Risto Mejide, Mercedes Milá, Pablo Motos o Sánchez Dragó llevan decenios autoentrevistándose a través de otros. Ya saben, para darle confianza al protagonista, el entrevistador cuenta algo de su vida. En Hacer noche, la artista nos vuelve a dar pinceladas de su vida con ese candor dubitativo repleto de bonhomía que la caracteriza. Sigue leyendo

Ladies Football Club

Sergio Peris-Mencheta insufla ritmo de musical a la historia de las pioneras del fútbol femenino durante la Gran Guerra. Un espectáculo superficial que no aborda temas de gran calado en circunstancias tan complejas

Ladies Football Club - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

¿Se puede contar la historia de unas pioneras del fútbol femenino sin fútbol? ¿Se puede contar el relato de las munionettes en plena Gran Guerra sin muertos? ¿Y sin barro, y sin hierba, y sin toses, y sin lesiones, y sin agotamiento extenuante, y sin pena por las terribles noticias? Sí, se puede. Al fin y al cabo, Sergio Peris-Mencheta ya nos narró la leyenda de los Lehman Brothers sin criticar los desafueros de aquellos iluminados. También al pobre Lope de Vega le desmochó su Castelvines y Monteses, dejando el argumento en nada. La asepsia política de este Ladies Football Club es propia de las funciones infantiles. Sigue leyendo

Canción para volver a casa

T de Teatre se sube a las tablas para interpretar un texto fallido de Denise Despeyroux sobre el reencuentro de unas viejas amigas

Canción para volver a casaDenise Despeyroux lleva muchos años escribiendo obras teatrales caracterizadas en su mayoría por la inclusión de la extrañeza humorística a través de las seudociencias, el esoterismo y el misterio. Siempre ha tomado con distancia estas prácticas, aportando un sentido satírico; aunque uno ya tiende a pensar que alguna confianza debe tener en ellas. Sin ir más lejos, hace pocos meses presentó La omisión del si bemol 3, donde se mofaba del famoso efecto Mozart. Lo que resulta decepcionante en Canción para volver a casa es que estructuralmente el texto sea tan endeble, que lo cómico apenas se fomente o se ambiente con adecuación y que el destino de la propia pieza y de los personajes sea tan increíble como ineficaz. ¿Qué ha pasado? Yo qué sé. Sigue leyendo

Los farsantes

Pablo Remón vuelve a la autoficción para recrear el mundo del cine y del teatro, con sus éxitos y con su precariedad laboral. Un montaje muy largo con un elenco muy resolutivo en las escenas más cómicas

Los farsantes - Luz Soria
Foto de Luz Soria

Después de haber visto todas (creo) la obras que se han representado de Pablo Remón, pienso que Los farsantes resulta anodina, larga y sin fundamento. Después de El tratamiento (2018) que, en esencia, iba de lo mismo; pues uno esperaba que alguien que ha hecho maravillas, como Doña Rosita, anotada, subiera algún escalón más. Pero no, seguimos con la autoficción, el consabido metateatro y las sempiternas quejas del sector artístico. España entera quiere ser actriz. Sigue leyendo

Praga, 1941

La Joven presenta su primer monólogo, una adaptación de los diarios de Petr Ginz, un talentoso muchacho de catorce años que vivió en la Praga ocupada por los nazis

Praga 1941 Escena 1 Raúl Pulido (Foto-Ilde Sandrin)
Foto de Ilde Sandrin

Cuando hablamos de una «masa» ingente de muertos, un amasijo infame, uno se abruma y se siente impotente para discriminar entre cada una de las individualidades. Conocer alguna historia concreta y particular, aunque sea nimia, nos sirve para acentuar mucho más lo terrible de la hecatombe. Y sí, estamos ya bastante acostumbrados a contemplar obras sobre el nazismo; pero también es cierto que no paran de angustiarnos, porque comprendemos que no es imposible que algo así vuelva a ocurrir. Hace unos meses, en las Naves del Matadero, se representó Un hombre de paso, donde se relataba —como ya había desarrollado Juan Mayorga en su obra Himmelweg— aquella farsa de los nazis en el campo de concentración de Terezín (Theresienstadt), cuando embellecieron el lugar y le dieron un aire de normalidad que convenció a la Cruz Roja en una de sus visitas. Ahora nos situamos, para llegar al mismo lugar, al mismo horror, desde la perspectiva de un adolescente llamado Petr Ginz. Sigue leyendo

Ser o no ser

La película de Ernest Lubitsch, estrenada en 1942, salta al Teatro La Latina para lanzarnos una farsa contra la invasión nazi. El actual contexto bélico en Ucrania nos hace observarla desde otra perspectiva

Ser o no ser - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Todo un atrevimiento es llevar a la escena una obra tan célebre como esta de Ernest Lubitsch. Principalmente porque el film logra establecer una fina línea entre la alta comedia, el vodevil, el metateatro, la sátira política (en aquel 1942, a muchos críticos no les pareció oportuna esta comedia) y esa mascarada general que debe propiciar el descubrimiento de verdades tan incómodas como absurdas. Con todo ello, Juan Echanove ha considerado que podría lograr un montaje satisfactorio y, en gran medida, lo ha logrado; a pesar del ritmo. Puesto que la función, tanto en el preámbulo como en el último acto, después de un brevísimo descanso algo molesto debido a cuestiones técnicas, se hace lenta. Esto lo percibimos en las múltiples idas y venidas, entre el cuartel de la Gestapo y el teatro de los Tura. Lo que implica cambios de espacio que se suceden en el desenlace que, si bien resultan graciosos, se resisten a una conclusión menos cargante. Además, se fuerza el colofón de una manera excesivamente puntillista y que viene reforzada por la propia repetición del famoso monólogo shakesperiano. Por lo tanto, se echa en falta en la versión de Bernardo Sánchez una mayor concisión. No puede ser que la obra de teatro dure casi media hora más que la película, por mucho que sean lenguajes distintos. Seguramente, haya sobredimensionado un espectáculo para el que no se cuenta con una producción suficiente. En cualquier caso, continúa siendo atrayente ese paralelo farsesco entre la teatralización del nazismo (con toda esa amalgama de saludos esperpénticos y su simbología totalitaria) y el oficio de unos cómicos polacos llevando esa nueva estética a la ficción. Sigue leyendo