El dramaturgo Wajdi Mouawad presenta en los Teatros del Canal otra pieza más de la trilogía que inició con Seuls

A Wajdi Mouawad se le admira con fervor en España por su Incendios; pero a mí el espectáculo suyo que más me ha fascinado es Seuls, aquella pieza que presentó en Madrid en el 2015 y que combinaba fastuosamente la autoficción con los trucajes del vídeo-mapping por influencia del maestro Robert Lepage, quien también viene a España en esta edición del Festival de Otoño. Pensé que con esta segunda parte de la trilogía emprendida con aquel monólogo —después del fiasco que me supusieron Les larmes d’Oedipe y Inflammation du verbe vivre—. Tampoco debo olvidar su estupenda Notre innocence o Un obús en el corazón. Aunque este Soeurs, montaje que tiene ya siete años, me parece que nos deja con la miel en los labios, con la sensación de que en el fondo hay unas historias interesantes, fértiles, que se quedan sin desarrollar; y que nos podrían confirmar que son más que retazos o estereotipos de relatos ya consabidos, explorados y explotados. Es decir, si, por un lado, Mouawad vuelve sobre la cuestión de la guerra en el Líbano, el dolor del exiliado, como él mismo lo ha sido, y no desarrolla una nueva biografía para un nuevo personaje, poco tenemos entonces en escena. En esta función, no nos queda más remedio que rascar sobre algunas metáforas y sobre algunas de las paradojas que se plasman humorísticamente. Sigue leyendo
Últimamente, en la extensión del puritanismo, y de todos esos pruritos morales que pican como sarpullidos insolentes, cada ciudadano, afincado en esas cuitas, ha ido manifestando vox populi cuáles son sus líneas rojas con una furia extraordinaria. Gentes que niegan el pecado original y su vinculación al catolicismo parecen buscar una purificación de su alma y un perdón de sus pecados que los tiene viviendo en la angustia permanente. ¿He dicho ya que se reúnen en una supuesta izquierda?
Si el dramaturgo argentino versionó con mucho sentido hace unos años El rey Lear con 
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. 

Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema.
Viene comandada por Carlos Sobera esta versión del clásico plautino tantas veces representado, y que tanto ha influido en las comedias de enredo. Ciertamente, se representa con esa pátina comercial —como si la propia obra no lo fuera ya suficiente—, que consiste en reducir un tanto el argumento y el número de personajes, y en dejar que la estrella televisiva se gane al público desde el primer instante con sus modos de sugestión. Tal es así, que su entrada es triunfal, cantando para autodescribirse. No solo atraviesa el pasillo principal de la platea con su gran penacho, sino que es capaz de hacer carantoñas y caricias a más de un espectador, con esa sonrisa franca que tiene aquí el destello de la fanfarronería.