Queen Lear

Juan Carlos Rubio enmienda a William Shakespeare con otro de esos cambios de sexo de nuestra modernidad para no alcanzar una cumbre más sugerente

Queen Lear - Foto de Virginia RotaCuando Lluís Pasqual ciñó la corona a la Espert y Ricardo Iniesta hizo lo propio con Carmen Gallardo, en la versión de Atalaya, los espectadores se confiaban a un personaje, no se cuestionaban si era hombre o mujer, sino que evidenciaba una serie de fulgores como la ambición de poder, la exigencia de lealtad hasta el final y, si se quiere, amor. Sin embargo, esto de Juan Carlos Rubio me huele a impostura modernilla, a estar con lo que pita, a arrimarse al feminismo quejoso que nunca tiene suficiente en ningún ámbito. Es decir, si quieres jugar a la perspectiva femenina, danos algo que no esté en Shakespeare y que justifique el trastoque. Poco encontramos que mejore o enmiende el original, o que nos haga reflexionar en otras posibilidades de ahondar en los vicios más nefastos y autodestructivos. O acaso con reducir los muertos de la tragedia deducimos algún tipo de sensibilidad superior. Pero el tema, desgraciadamente, no es tanto este como la elección de un elenco al que le falta sintonía en un espacio inmenso que deviene en un proyecto algo más vistoso que catártico y textual. Porque es cierto que Alfonso Barajas —salvo en el feo detalle inicial de introducir esas grandes cajas con focos cuadrados de colores encima que no terminan de tener mucho sentido escénico— ha dispuesto unas grandes paredes que esconden la gran tormenta que trastorne los ánimos y que amplia nuestro campo de visión enormemente. Además, las videoescenas de Pedro Chamizo vuelve a incidir en lo magno para apabullarnos, como ya ha ocurrido en ocasiones recientes; pensemos en el Macbeth póstumo de Gerardo Vera. Y todavía más, la música de Luis Miguel Cobo profundiza en esa sensorialidad que termina por incidirnos desde lugares no propiamente actorales. Y es que, como decía, no me parece que Natalia Menéndez haya llevado a las tres hermanas por los derroteros necesarios para que nos conmuevan. Ya que al menos Goneril y Regan se acogen a una suerte de pubescencia alocada desde el principio, cuando nos someten al karaoke de su fiesta del pijama —o algo así—, con los anillos de luz, tan de moda, para que queden fetén las fotos del Insta. La primera, Sara Rivero, no logra apoderarse de su papel, le falta empaque y le sobra niñería; la segunda, Marta Guerras, ya tiene bastante más experiencia, y deja crecer su rol con más enjundia. La Cordelia de Amaia Sagasti parece surgida de las Mujercitas aquellas que se representaron en ese mismo escenario. En definitiva, el preámbulo con las canciones de Adele y Lykke Li marcan un ritmo engañosamente modernizador que después, incoherentemente, se olvida. O sea, que el espectáculo da la impresión de que va a ir por un lado más donnelliano (perdón por la comparativa); no obstante, luego se queda para que Mona Martínez arrastre con poderío la propuesta sacando de sí esa vesania que tan bien sabe desarrollar la actriz. También, ya avanzada la función, Beatriz Argüello, quien hace inicialmente una duquesa de Kent bastante anticuada en las maneras —pomposa y solemne—, se imbuye luego en el bufón y está estupenda. Su caracterización payasesca empasta de forma grácil con la deriva de nuestra gran protagonista, una vez comprueba que es imposible dividir su reino de forma pacífica y que sus descendientes dejan mucho que desear. Por otra parte, Lander Otaola, se queda con Edmon (la trama con el desaparecido Gloucester resulta algo difusa) y se nos viene con la agresividad y su gran efusión del montaje de la temporada pasada con Calixto Bieito, donde se hartó de reyes sangrientos. Aquí trabaja igualmente con mucha entrega. No puedo afirmar lo mismo de Alberto Jo Lee, quien parece estar recitando al modo más pueril los versos de su rey de Francia. Otra vez (Man Up) lo ponen a ejecutar un kata de taekwondo, del que es especialista —no viene mucho a cuento, aunque es atractivo—. Su personaje, encima, es de una inverosimilitud pasmosa, dándole una dimensión sapiencial, propia de un budista insertado en la obra como un anacronismo que favorezca un final inventado y edulcorado o peor, ejemplificar al hombre bueno, como una compensación de esos maridos desastrosos que se critican en otras escenas.

¿Adónde nos ha querido llevar Juan Carlos Rubio? No más allá, desde luego. Sí, más acá; pero simplificando el asunto. Esta Queen Lear se queda a la intemperie con su locura o con el descubrimiento de cómo el ansia de poder envilece. Si ha de ser redimida por su hija Cordelia, como una futura Mesías del amor, que así sea, y quizás nosotros, como espectadores, dejemos de pensar en el salvaje Shakespeare para creer que el mundo es mejor.

Queen Lear

Texto: Juan Carlos Rubio con la colaboración de Natalia Menéndez, a partir de la obra de William Shakespeare

Dirección: Natalia Menéndez

Con: Mona Martínez, Beatriz Argüello, Sara Rivero, Amaia Sagasti, Marta Guerras, Lander Otaola y Alberto Jo Lee

Diseño de espacio escénico: Alfonso Barajas

Diseño de vestuario: Alberto Valcárcel

Diseño de videoescena: Pedro Chamizo

Diseño de iluminación: Luis Perdiguero

Diseño de espacio sonoro y composición música original: Luis Miguel Cobo

Movimiento escénico: Mey Ling Bisogno

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Ayudante de escenografía: Laura Ferrón

Una producción del Teatro Español en coproducción con Entrecajas Producciones Teatrales SL

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 6 de noviembre de 2022

Calificación: ♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.