Las bodas de fígaro

Lluís Homar dirige esta reposición manteniendo la intensidad y la frescura de sus enredos

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

La dramaturgia del siglo XVIII ha de tomarse hoy en día con dosis muy leves. No podemos negar que el Neoclasicismo se empeñó en la didáctica y en la ejemplaridad para depurar costumbres que debían quedar constreñidas y olvidadas en el Antiguo Régimen. Pero de aquel lema horaciano —docere et delectare—, ya solo nos podemos quedar con el divertimento, con la experiencia de entretenernos; pues lo que conlleva de crítica —demasiado leve a nuestros ojos—, se diluye en situaciones muy alejadas de nuestras maneras contemporáneas. Todo ello, claro, si no pretendemos hacer sociología, que no es mi caso. Verdaderos problemas tuvo Pierre Caron de Beaumarchais para poner en pie La loca jornada o Las bodas de Fígaro, continuación de El barbero de Sevilla; puesto que a Luis XVI parece que le irritó que se cuestionaran los privilegios del sistema monárquico. En el Teatro de la Comedia de Madrid nos encontramos con la reposición del montaje que se estrenó en 1989 en el Lliure a cargo de Fabià Puigserver y que ahora dirige Lluís Homar —metido a la sazón en Las brujas de Salem en el barrio de al lado—, y adelantemos que el público disfruta y sale a la calle del Príncipe más que satisfecho. Porque, como ya se ha comentado, el entretenimiento posee un despliegue actoral y escenográfico de primer orden. Son casi tres horas de enredos felizmente resueltos, de los celos primero asfixiantes y luego evaporados, de amores imposibles y escarceos refulgentes. Catorce personajes que rompen las distancias clasistas y hasta el decoro. Se mezclan en lucha continua los sirvientes y los condes, como una especie de ten con ten igualatorio. Fígaro, el antiguo barbero ha pasado a ser intendente de palacio. Nos encontramos en el castillo de Aguas Frescas, a tres leguas de Sevilla, donde se va a celebrar la boda de este con Susana, la primera camarista de la condesa y que es pretendida por el propio conde. Enseguida sale a relucir, aunque envuelto en un lenguaje de fingimiento, la cuestión de la ius primae noctis, del derecho de pernada, privilegio que el conde quiere recuperar para aquella ocasión. Pero esto no es una tragedia y los enterados de la trama prefieren darle la vuelta e imponer su merecido al señor mediante un engaño. Entremedias, el propio Fígaro deberá resolver su entuerto con Marcelina, el ama de llaves, a quien tendrá que devolver diez mil francos que le ha prestado, con el «castigo» de casarse con ella si no lo hace. En esta fase de la obra, asistiremos a un juicio, donde sutilmente se critica el propio procedimiento y al cuerpo judicial, mientras Fígaro, nuestro héroe, demuestra sus dotes oratorias y argumentativas —refrendadas en su famoso monólogo. El desenlace del caso es una anagnórisis que servirá para rizar el rizo y poner sobre la mesa la cuestión de los «niños de inclusa». Todo el lío, afortunadamente, se nos muestra con el ritmo justo de escenas resueltas prontamente con otras que se demoran, ya sea por intelectualizar el mensaje mismo como por desarrollar un «vodevil» avanzado a su época. Digamos que la primera parte comienza de forma inmejorable con esa bufonada de amantes y pretendientes escondiéndose en la cama; pero que luego se adensa un poco por esas ansias de retorcer el argumento hasta que llega el descanso. Marcel Borràs le imprime una gracia y un desparpajo sin igual a su Fígaro, un personaje excepcional, pícaro para los señores, todo un caballero para su dama, que interpreta Aina Sánchez, avispada y seductora. Entre los señores tenemos a un inconmensurable Conde Almaviva encarnado por Joan Carreras, con su capacidad para la solemnidad, la pose irónica y la hondura humorística que le otorga en cada aparición; realmente es quien dirige los diversos ritmos de la función. A su lado, Mónica López, en el papel de condesa, encuentra un tono equidistante entre la angustia de la mujer repudiada por su marido y la astucia para continuar en el juego. Sin duda, uno de los personajes que más dinamizan la obra y que la llevan hacia los divertimentos cortesanos de flirteos sin fin, es Querubín, que Pau Vinyals redondea con toda clase de muecas, aposturas guiñolescas en su afán por lograr el imposible hat trick, para, finalmente, quedarse con Frasquita (o Francina), una de las criadas, interpretada con sabor sevillano por Diana Torné. Del resto del reparto, muy bien conjuntado y brioso, podemos destacar también, por su soltura y tino, a Victòria Pagès, como Marcelina —y algo más. Eduard Muntada, haciendo de jardinero, se ajusta con comicidad a su condición y aporta unos guiños humorísticos magníficos. Aunque este grupo de actores brilla más todavía gracias a la escenografía que Puigserver ideó en su montaje y de la que ahora se responsabiliza Rafael Lladó. Uno se mantiene a la espera de qué puerta se abrirá o por cuál escaparán los amantes furtivos; todo ello en el espacio diáfano de un gran dormitorio que conecta con los demás. Funciona maravillosamente y le concede elegancia. Es el vestuario que ha diseñado César Olivar, el que verdaderamente nos indica a qué clase pertenece cada uno de los personajes. Trajes de influencia francesa, como correspondía a la época, con casaca blanca para el conde y la camisa de lino para Fígaro, quien lleva una característica cofia roja con la que se recoge el cabello a lo majo. No podemos olvidar la iluminación de Xavier Clot, principalmente al principio, cuando la luz se cuela por las rendijas de las puertas y por los vanos de arriba. Tampoco podemos dejar pasar la música de Josep M. Arrizabalaga con la que alcanzamos el final, con ese baile gozoso de todos los intérpretes anticipándose a unos aplausos entusiastas del respetable.

Si decía al principio que, en general, las obras teatrales del XVIII con Beaumarchais y Marivaux a la cabeza han perdido la provocación con la que criticaban las costumbres de su época; no podemos negar que sobre sus textos se pueden poner en pie grandes espectáculos.

Las bodas de Fígaro

Autor: Pierre Caron de Beaumarchais

Dirección: Fabià Puigserver

Dirección de la reposición: Lluís Homar

Traducción al castellano y colaboración en dramaturgia: Pau Miró

Reparto: Manel Barceló, Marcel Borràs, Oreig Canela, Joan Carreras, Oriol Genís, Mónica López, Eduard Muntada, Victòria Pagès, Albert Pérez, Diana Torné, Aina Sánchez, Òscar Valsecchi y Pau Vinyals

Adjunto de dirección y movimiento: Òscar Valsecchi

Escenografía: Rafael Lladó (Fabià Puigserver)

Vestuario: César Olivar

Caracterización: Eva Fernández

Iluminación: Xavier Clot

Sonido: Jordi Bonet

Música: Josep M. Arrizabalaga

Grabación: Orquesta de Cambra Teatre Lliure

Ayudante de dirección: Lola Davó

Ayudante de escenografía: Carlota Ricart

Ayudante de vestuario: Ezequiel Carril

Ensayos y arreglos vocales: Xavier Mestres

Profesor de castañuelas: Mercè Rius

Producción: Teatre Lliure y La Compañía Nacional de Teatro Clásico

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 26 de febrero de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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