Levante

Carmen Losa presenta una obra sobre el amor de dos muchachas en los años treinta en un pueblo de Extremadura

Levante - Foto de Eduardo Diéguez
Foto de Eduardo Diéguez

En los últimos tiempos el cine español ha presentado una gavilla de películas ambientadas en la guerra civil que, al menos, en cuanto a la susodicha ambientación —y concretando en el entorno rural—, realmente han ofrecido una factura más que notable. Me refiero, claro, a Incierta gloria o La trinchera infinita, entre otras. Y es que uno espera que el Teatro Español se acoja al modelo del crudo realismo, y no a la luminosidad o embellecimiento propios de las teleseries que transcurren en los años treinta. En cuanto a la referencia temática aquí resulta ineludible el film de Coixet, Elisa y Marcela; pues de amores lésbicos tratamos. Aunque, como veremos, aquellas disfrutaron más de su opción sexual que las que contemplamos aquí sobre las tablas; porque la obra de Carmen Losa es, entre otros aspectos, pacata hasta decir basta. Digamos, tajantemente, antes de continuar, que Levante es un montaje frío y anticuado, y que solo se puede disfrutar superficialmente por un público acostumbrado a que delante de sus ojos se sorteen torticeramente conflictos de enjundia, ya sean políticos, sociales, religiosos o morales. Sabemos que todo transcurre en el pueblo pacense de Salvatierra de los Barros, célebre, como anuncia su nombre, por su alfarería (ausente esta, en esta propuesta). Deberíamos imaginar una zona con altas tasas de analfabetismo, con una población ínfima, con un campo destinado a la supervivencia y con un habla extremeña particular. Ni uno solo de los nueve personajes (ni tampoco de las voces que se llegan a escuchar de algunos hombres) muestra rasgos lingüísticos propios de esta zona; es más, hablan un español estándar claro y diáfano (como el que encontramos en la televisión, para deleite del telespectador sestero). Y eso que hablamos de personajes con muy poca instrucción escolar, como se llega a señalar. Es cierto, que en algunos momentos el texto se quiere poner lirizante, como un remedo de Lorca; pero el costumbrismo y el realismo priman. Estamos inicialmente en 1931. Es un pueblo; no obstante, parece un lugar no lo suficientemente verosímil. La escenografía de Juan Sanz está compuesta de una serie de paneles (sostenidos con unas escuadras con ruedas muy poco vistosas) que van creando distintos espacios y que sirven con sencillez para marcar los límites de las estancias. Desde luego, la iluminación de José Manuel Guerra es excesiva y no llega a incidir en la lógica oscuridad de aquellas viviendas tan humildes. En cualquier caso, se nos traslada esencialmente la historia de dos muchachas que se gustan. No diremos que se enamoran; puesto que la falta de pasión que traslucen, únicamente se puede tomar como cariño de amigas. Ni que tampoco sufren tanto acoso para lo que uno podría imaginarse, como se escenifica en una obra de características similares como es Juguetes rotos, de Carolina Román. Y es que uno de los mayores problemas que encuentro en esta función es que las protagonistas no evolucionan. Parece que en ellas no pasa el tiempo, que no terminan de madurar como era de esperar, y más para mujeres de aquella época y que se han quedado no solo huérfanas (qué poco sienten las muertes de sus madres), si no bastante solas. Hablamos de un tiempo en la obra de casi diez años y siguen como si nada; incluido su impertérrito peinado. Ahí está Candela Arestegui haciendo de Susana, a quien descubrí en #LaIRA (como otras actrices de este elenco) que se expresa con espontaneidad juvenil; pero que se queda anclada en ese tono ingenuo; aunque se case y se ocupe de un hogar ruinoso y desabastecido por la pobreza. Por su parte, Ana Lucas, que hace de Inés, ofrece una gama de matices mucho más consistente, y creo que es ella quien saca adelante la función con su talante taciturno y esa capacidad para contener las emociones. Desde luego, realiza un gran trabajo. El primer acto resulta, como afirmaba, demasiado ingenuo y bastante esquemático en cuanto que se nos quieren trasladar enseguida las directrices propias de la época, a saber: contraer matrimonio casi con el primero que lo pretendiera, tener hijos, ser hacendosa, ignorar la escuela y ocuparse de la fe. No obstante, en Levante, la religión está casi ausente y no parece razonable; por mucho que haya llegado la República. La posición de las mujeres era esta y los atisbos de rebeldía apenas tienen continuidad hasta que no queda más remedio. En el primer acto, nos enteramos de oídas de algunos detalles que no permean lo suficiente. Que hay un cacique, Esteban. Que hay dificultades económicas; aunque no tantas como habrá después. En definitiva, no se prepara el terreno con la profundidad necesaria para introducirnos en el segundo y en el tercer acto, cuando la obra va mejorando. Principalmente, porque llega la guerra y los aprietos parecen concretar las posibilidades existenciales. De todas formas, si el amor lésbico de las jóvenes debe ser el meollo del asunto, nos vamos a quedar con las ganas de un desarrollo romántico verdaderamente sugerente. Con un par de besos en los labios y otro par de abrazos se solventa la cosa. Sosería importante. Fulgor gélido. También gana en interés el papel que interpreta Teresa Hurtado de Ory. Típica maestra republicada de izquierdas, que viste pantalones, confiada en su labor imprescindible y, además, colaboradora con el bando popular en funciones de logística. Es un personaje que la actriz lanza con ese encanto de mujer segura, que no está para ofenderse por niñerías, y que expele confianza y pragmatismo. Es una pena que tenga pocas líneas; no obstante, también es cierto que un poco más y les come el terreno a las dos protagonistas. Me ha llamado la atención que escuchemos la frase (tiro de memoria) «los fascistas también quieren la libertad; pero solo para ellos»; aunque que no forma parte del texto original. Así que hemos de pensar que es un guiño de Carmen Losa a los acontecimientos ocurridos en Madrid durante las últimas elecciones (y algo más). Puesto que este es un texto trufada de gestos hacia la visión feminista de la autora, pues recrea las diferencias entre hombres y mujeres, para que queden claras. De la misma forma, que se nos ofrece una visión desde el bando izquierdista, desde la pedagogía o la moral (el propio amor de las chicas tomado con bastante naturalidad, sin que suponga un conflicto agónico e insuperable). Prácticamente el resto del elenco tiene una función accesoria; quizás podemos encontrar en Lola Casamayor, un ejemplo de experiencia similar a lo que están viviendo estas muchachas. La actriz dispone su generosidad y da consejos entreverados de misterio. Sin embargo, Yolanda Arestegui, la madre, cumple con el sencillo estereotipo de transmisora patriarcal. Por su parte, Jose Lamuño, que se queda con el pretendiente, y luego marido, Jeromo, procede con templanza. Es un noblote agricultor, determinado por ideas muy básicas. Ni siquiera toma las riendas con fortaleza para acabar con los entresijos deshonrosos de su mujer. Se agita lo justo, le falta personalidad, a pesar de su adhesión a la contienda para defender a los de su clase. El resto de intervinientes, como las amigas, Leyre Abadía que hace de Isabel o Lucía Aristegui que se encarna en María; o Iñaki Salcedo, que interpreta a Paquito, un buen joven, puntualizan con sus frases las distintas escenas con buen hacer. Viene esta obra acompañada por una música compuesta por la propia Carmen Losa y Mariano Marín que, excepto cuando remarca cinematográficamente ciertos momentos de tensión, logra colorear el espectáculo con tonos melancólicos. Levante se convierte en metáfora de esperanza, la zona por donde encontrarán el camino de huida para llegar a Francia por mar. Pero uno tiene la sensación general de que la propuesta no se mete a fondo con todas sus capas, y al final queda como un relato costumbrista muy suavizado.

 

Levante

Texto y dirección: Carmen Losa

Reparto: Yolanda Arestegui, Lola Casamayor, Candela Arestegui, Jose Lamuño, Ana Lucas, Iñaki Salcedo, Lucía Arestegui, Teresa Hurtado de Ory y Leyre Abadía

Escenografía: Juan Sanz

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Maite Álvarez

Música original: Mariano Marín y Carmen Losa

Ayudante de dirección: Irene Gómez

Una producción de Descalzos Producciones y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Torquemada

Pedro Casablanc se transforma en múltiples personajes para retratar al célebre usurero galdosiano en un montaje esperpéntico

Por fin un espectáculo digno de la categoría de don Benito Pérez Galdós en este año de conmemoraciones y otros asuntos deletéreos. ¡Cómo no atisbar un esperpento avant la lettre en este Torquemada! La caricatura, la muñequización, la animalización y ese expresionismo que hiperboliza la podredumbre, lo chabacano y el tufo a ranciedad. Nos situamos en la época de mayor esplendor de nuestro novelista. En 1887 ha publicado Fortunata y Jacinta, y casi de seguido, con una actividad verdaderamente febril, después de otras cuantas obras como Miau (1888), se dispone a emprender su ciclo sobre este peculiar usurero. Sigue leyendo

J’attendrai

El texto de José Ramón Fernández logra compactar la emoción y la memoria en un montaje sobre el largo horror de Mauthausen

Foto de Laura Ortega

En los últimos tiempos, parece que se va recuperando la memoria de aquella terrible experiencia que sufrieron muchos de nuestros compatriotas en el campo de concentración de Mauthausen (murieron allí cinco mil). Así lo estamos comprobando con otras de teatro como El triángulo azul o el proyecto que dirigió Pilar G. Almansa sobre el abuelo de la actriz Inma González; o con películas recientes como El fotógrafo de Mauthausen o documentales como Los últimos españoles de Mauthausen. A todas estas obras se suma el montaje que dirige con tanto tino y dinamismo Emilio del Valle sobre el texto de José Ramón Fernández. Un juego metaliterario y autoficcional repleto de recursividades, al ritmo de la chanson, en un ambiente de ilusión fantasmalmente romántica, y acerbo recuerdo lúgubre y desgarrador. Es un espectáculo que está muy bien llevado de la mano por el personaje que hace de Yo, del autor (tan poco fiable, como sugerente en su disposición literaria); porque nos traslada sus cuitas en el acompasamiento de los recuerdos. Jorge Muñoz, como trasunto del dramaturgo, se expresa con honda emoción, atormentándose por esa impotencia que siente al no ser capaz de trasladar el relato que quiere confesar. Nos arrastra en su work in progress, en su escritorio mental, donde aparecen libros de historia, biografías o cómics como el de Maus, o el disco donde está grabada la canción que da título a la función. Nos revela sus influencias, sus artificios para la ficción: «esta obra no está basada en una historia personal; sino en los libros que he leído desde que, hace veinte años, empecé a tomar apuntes para una historia que no soy capaz de escribir». Sigue leyendo

Naufragios de Álvar Núñez

Magüi Mira adapta y dirige esta obra de Sanchis Sinisterra en la que se especula con la mirada del otro anónimo

Foto de marcosGpunto

En los últimos años estamos asistiendo a toda una batería de enfrentamientos en relación a la leyenda negra y al revisionismo acerca del Descubrimiento-Encuentro-Holocausto-Conquista de América. Diversos libros convertidos de éxito, alguna estatua derribada y las declaraciones de AMLO en Méjico, generan un contexto propicio para que la obra que José Sanchis Sinisterra comenzó a escribir a finales de los setenta, pero que terminaría en 1991, añada más de esa postura revisionista tan encajada en el multidiscurso posmoderno. Recordemos, para empezar, que el texto lleva como subtítulo La herida del otro. La visión del dramaturgo es cuando menos ingenua y redundante de esa consideración tan uniforme del nosotros y del ellos (no está de más recodar las Leyes de Burgos, de 1512, o los matrimonios mixtos). Pero, ¿quiénes somos nosotros? ¿A qué facción histórica de conquistados o conquistadores, de esclavos o amos, nos podemos adscribir según nuestro árbol genealógico o nuestro genoma? Las víctimas y los verdugos aquí se multiplican realizando una incursión política absolutamente inverosímil y buenista que no se sabe por dónde coger, como vamos a ver. Porque Sinisterra desbroza la línea temporal para posicionarnos en nuestro presente, con la fluctuación onírica de un protagonista que no se encuentra en sí mismo. Sigue leyendo

Perfectos desconocidos

Daniel Guzmán dirige con esmero la versión teatral de este éxito cinematográfico en el que los móviles son el artefacto del demonio

Foto de Sergio Parra

Era del todo esperable que llegara la versión teatral de este éxito cinematográfico ―primero en Italia con Perfetti sconosciuti, dirigida por su creador, Paolo Genovese y, en España, con la mirada de Álex de la Iglesia; puesto que, principalmente, el espacio ―casi único― permite concentrar muy bien la acción y, sobre todo, regodearse en la situación: un puro desbaratamiento, una explosión de revelaciones. Este tipo de productos culturales se posicionan claramente del lado del espectador, es decir, se congratulan con él; ya que este siente alguna identificación. Además de que el discurso es sencillo, entretenido y divertido; básicamente los principios del teatro comercial. Ahora, en este caso, dado que se emplea un instrumento ―el teléfono móvil― que casi la totalidad de la población adulta utiliza; realmente podemos sacar una lectura contemporánea más aviesa y pertinente de lo que ocurre en escena. En definitiva, Perfectos desconocidos favorece dos lecturas que pueden convivir esencialmente en la perspectiva de cada persona que asista al Teatro Reina Victoria, si pone un poco de empeño más allá de la risotada. Porque es claro que debemos plantearnos cómo hemos llegado a esta situación, a este narcisismo, a esta búsqueda agónica por la emoción fuerte, por evidenciar nuestro supuesto poderío en las redes sociales, por esconder nuestros secretos en un aparato que nos expone demasiado. Sigue leyendo

Medida por medida

Una propuesta shakesperiana sobre la hipocresía y la lujuria que pretende combinar lo dramático con lo cómico

Foto de Miguel Sarti

Salir bien parado de esta tragicomedia, de este drama azuzado por un soez polvo bufonesco, es imposible; puesto que la ambigüedad en el planteamiento y en el tono nos deja estupefactos. Las cuestiones son tan serias que tomarla por comedia únicamente porque termina con varias bodas; sería demasiado torticero. Además de que se resuelve con una intemperancia que solamente a Shakespeare es a quien habría que pedirle cuentas. Sigue leyendo

Consentimiento

Un drama de parejas donde la validez de la justicia se pone a prueba en una indagación de las insidias humanas

Foto de marcosGpunto

El envoltorio de comedia ajustada a los cánones más que manidos de la lucha entre sexos que Nina Raine ha utilizado para indagar en el alma humana, está cargado de trampas y es conveniente no caer absolutamente en ellas. Señalemos que la estructura fundamental está compuesta por dos matrimonios con hijos y otros dos individuos dispuestos a entenderse amorosamente. El primer truco de la dramaturga es cargar las tintas sobre los varones. Ellos son personajes redondos, complejos en la simpleza de esos machos estereotipados que ya no deberían engañar a ninguna fémina. Tipos con poder, pertenecientes al mundo judicial (abogados, fiscales), encantados con su cómoda vida familiar convencional, adornada por las inexcusables aventuras. Seres que en el fracaso sacan la furia y el lloriqueo de unos púberes malcriados. Ellas, sin embargo, no sobredimensionan su esbozo. Así, María Morales (Raquel) es un «poco» abogada, apenas aporta su visión del asunto cuando tiene oportunidad; pero su papel no tiene demasiado recorrido. Su interpretación mantiene la solidez habitual. Sigue leyendo

César y Cleopatra

Encuentro de los célebres personajes en una propuesta demasiado fría para representar su pasión

César y CleopatraConocemos la trayectoria como directora teatral de Magüi Mira en los últimos años. Sus montajes cumplían, desde luego, con el interés y la profesionalidad que se le exige a una persona experta en estas lides, ya fuera en Kathie y el hipopótamo, En el estanque dorado o El discurso del rey. Más allá de ciertas cuestiones de mayor calado, no se puede afirmar que fueran inadecuadas dentro de la esfera dramática. Pero con lo que nos topamos en César y Cleopatra es un desatino. Sospechamos que la propia Mira es consciente de ello. A priori, el tema parece atractivo. Gracias a la fantasía del autor Emilio Hernández, los espíritus encarnados de Cayo Julio César y la reina de Egipto se encuentran en el presente para recordar su amor apasionado y para clarificar las tropelías que han cometido los historiadores con ellos. Estos espectros que surgen de la bruma son Ángela Molina y Emilio Gutiérrez Caba. Sigue leyendo

Numancia

Pérez de la Fuente amplifica la historia de los numantinos con un espectáculo que mira a nuestro mundo actual

Numancia - FotoEn general, los estudiosos del teatro cervantino «salvan» los Entremeses y esta obra que aquí tenemos, titulada Numancia o Cerco de Numancia o La destrucción de Numancia, que pudo tener en su momento tres actos (algo novedoso para la época), pero que el texto que manejamos lleva cuatro jornadas. El argumento consabido daría como mucho para un episodio; es grandiosa y significativa la anécdota de los numantinos, pero cuesta imaginársela como relato autónomo y consistente. Precisamente por este hecho, la versión que nos presenta Juan Carlos Pérez de la Fuente podría recortarse leventemente con tal de no extender un acontecimiento ejemplar, que por falta de personajes individuales con los que identificarse debe sobredimensionarse estéticamente mediante manifestaciones alegóricas. Sigue leyendo