El mago

Juan Mayorga firma y dirige esta obra sin fundamento ni enjundia sobre una mujer hipnotizada

Foto de marcosGpunto

Cuesta creer que un autor como Juan Mayorga considere que su nuevo texto está listo para subir a las tablas. Si no fuera porque es un dramaturgo experimentado y exitoso, diríamos que El mago está firmado por un bisoño. ¿Qué se ha pretendido plasmar en esta comedia? En principio, nada trascendente y tampoco nada entretenido. Contamos con Nadia, una mujer que acaba de llegar a casa y, por lo visto, ha sido hipnotizada en un espectáculo de magia. A partir de ahí, al espectador se le envuelve con toda una serie de explicaciones de cada situación que va ocurriendo. Por ejemplo, dar por hecho ―y convertirlo en un hilo narrativo del que tirar―, que ella (una doble, se supone) permanece aún en aquella función, subida a un estrado, junto a otras dos chicas; mientras ejecuta todas las instrucciones del hipnotista y que la susodicha materializa disciplinadamente y por duplicado. La coyuntura se alarga con diversas cuestiones paradójicas y fantasiosas, evidentemente, que se encauzan por los derroteros de un absurdo suave y que debería provocar la carcajada. No es así, puesto que cada paso está flanqueado por diálogos que pretenden justificar lo que vemos ―por increíble que sea―, en lugar de permitir su vuelo y su agilidad. Sigue leyendo

Elogio de la pereza

La dramaturga rumana Gianina Cărbunariu lanza una reflexión sobre los desafueros del mundo laboral de nuestro presente a través de semblanzas ejemplares

Foto de marcosGpunto

Las expectativas con esta nueva obra de Gianina Cărbunariu eran altas, después de que nos deparara un gran aldabonazo con aquella función que presentó hace dos años en este mismo espacio del Teatro Valle-Inclán, titulada De vânzare / For sale. Pero lo cierto es que Elogio de la pereza adopta un tono que rápidamente se nos torna anticuado, guiñolesco y con un discurso poco clarificador en sus objetivos. El planteamiento nos dispone un Museo del trabajo y de la explotación, que se está creando en el futuro; cuando la jornada laboral dure tres horas. La idea de qué hacer con tanto tiempo de ocio ―parecería la Edad Media―, no se desarrolla y, desde luego, nos quedamos con las ganas de comprobar las cuitas existenciales. Lo que sigue es una visita guiada por las salas del susodicho museo. Un recorrido expuesto con ese acento suave de sátira, de incisión estereotípica, de cuentecillo moral carente de la crítica mordaz (además de la autocrítica sobre nuestra responsabilidad política y ética) que uno espera de una obra de teatro inteligente. Los referentes parecen evidentes, el más claro ―como así se nos hace saber en la primera etapa― es Paul Lafargue (el yerno de Karl Marx), que con su libelo El derecho a la pereza, se ha ganado toda nuestra admiración. Sigue leyendo

Obabakoak

Un elenco montado en bicicleta para esta propuesta deslavazada de Calixto Bieito sobre la novela de Bernardo Atxaga

Foto de E. Moreno Esquibel

No es aquí el lugar para discutir acerca de la calidad literaria de la novela de Bernardo Atxaga, ni de si debe considerarse tal o una colección de veintiséis cuentos que intentan meterse dentro de un marco narrativo, de igual manera que ocurre en Las mil y una noches o en esa tradición de la cuentística mundial (Calila e Dimna o Decamerón). El aspecto esencial de la propuesta que enseña Calixto Bieito es si en algún momento ha pretendido trazar un itinerario mínimamente coherente o si se ha planteado dotar de autonomía escenográfica a cada uno de los relatos. Este montaje es terrible para el espectador y las deserciones parecen del todo justificadas. Entre las máximas de esos cuentos clásicos a los que hacía referencia se encuentra la tradición oral (es decir, información consabida en los pueblos que la trasmiten de generación en generación), el estereotipo (los personajes vienen determinados por rasgos muy concretos) y un contexto que permite comprender la moraleja final. Trasladado esto a escena, implicaría una definición de los personajes, a través de la descripción clara, de un vestuario, de unos atributos, de unas señas en las que pudiéramos apoyarnos para que nuestra imaginación se vaya coloreando y pueda salir de la oscuridad. Sigue leyendo

Notre innocence

Wajdi Mouawad lanza a los millennials gritando a coro su inocencia y reclamando una responsabilidad en la herencia recibida

Signo inequívoco de los dramaturgos imbuidos de postmodernidad, agolpados por el postdrama y todas las fragancias del arte conceptual, es trabajar a partir de una idea (no siempre suficientemente compleja). En la mayoría de los casos se alcanza una extrañeza esteticista generalmente hueca; en unos pocos, la propia idea rompe los límites y ofrece, gracias a la inteligencia de los creadores, efectos, soluciones y hasta metas más que satisfactorias. Wadji Mouawad casi lo consigue; pero le ha faltado abordar la complejidad de los individuos que contradicen al imperioso estereotipo. Desde luego, sigue siendo Incendios la obra que ha logrado una larga lista de seguidores. No negaré que es un buen texto, aunque sus procedimientos sean de corte clásico; pero me parece mucho más interesante, incluso cuando se queda a medias (véase Les larmes d’Oedipe o   Inflammation du verbe vivre), en sus experimentaciones artísticas como en Seuls o en este caso de Notre innocence. El prólogo, una larguísima historia entreverada de metaficción, sitúa a la actriz Hayet Darwich a relatar pormenores que no parecen razonables en su extensión y que más sirven al dramaturgo para conectar con la «realidad» el acontecimiento (como acostumbra a hacer). Curiosamente, por la estructura del montaje, podríamos considerar que del principio se pasa a lo podría haberse establecido como apoteósico final. Sigue leyendo

Bestias de escena

Emma Dante propone una pretenciosa performance con catorce actores desnudos a la intemperie de un escenario vacío

Foto de Masiar Pasquali

La idea es vaga, y después las ocurrencias, lo que salga, lo que llene un tiempo y un espacio (imposible transgredirlos en la coordenada humana-consciente). A posteriori, la reflexión, la explicación; y las tragaderas. El arte conceptual es una estafa inconmensurable. Casi nunca el concepto es tan valioso, ni trascendental. Su ejecución puede ser estéticamente gustosa. Aunque se digiere mejor que La crítica de la razón pura y uno se cree más humano. Bestias de escena viene con prospecto: una entrevista a la creadora que el Centro Dramático Nacional «esconde» en su dosier de prensa. No tiene desperdicio. Antes de desmenuzarla, será bueno que abordemos lo que pasa encima del escenario. Cuando el público entra en la sala principal del Teatro Valle-Inclán, catorce individuos confeccionan en corro diversos pasos que van repitiendo de forma más o menos acompasada al ritmo que marca uno de ellos. Uno aguanta en su butaca como ese espectador que deglute las doce horas de Out 1, noli me tangere («no me retengas»), de Jacques Rivette, donde asistimos impertérritos a decenas y decenas de minutos de prácticas actorales. Sigue leyendo

Consentimiento

Un drama de parejas donde la validez de la justicia se pone a prueba en una indagación de las insidias humanas

Foto de marcosGpunto

El envoltorio de comedia ajustada a los cánones más que manidos de la lucha entre sexos que Nina Raine ha utilizado para indagar en el alma humana, está cargado de trampas y es conveniente no caer absolutamente en ellas. Señalemos que la estructura fundamental está compuesta por dos matrimonios con hijos y otros dos individuos dispuestos a entenderse amorosamente. El primer truco de la dramaturga es cargar las tintas sobre los varones. Ellos son personajes redondos, complejos en la simpleza de esos machos estereotipados que ya no deberían engañar a ninguna fémina. Tipos con poder, pertenecientes al mundo judicial (abogados, fiscales), encantados con su cómoda vida familiar convencional, adornada por las inexcusables aventuras. Seres que en el fracaso sacan la furia y el lloriqueo de unos púberes malcriados. Ellas, sin embargo, no sobredimensionan su esbozo. Así, María Morales (Raquel) es un «poco» abogada, apenas aporta su visión del asunto cuando tiene oportunidad; pero su papel no tiene demasiado recorrido. Su interpretación mantiene la solidez habitual. Sigue leyendo

El público

El japonés Kei Jinguji presenta su versión sobre esta obra surrealista de Lorca con un acentuado trabajo grupal

Será inevitable para los espectadores españoles que tengan presente la dramaturgia que Rigola desplegó de El público, no hacer comparaciones con esta versión de los japoneses de Ksec Act, dirigidos por Kei Jinguji. Son miradas tan distintas, fundamentalmente en el planteamiento escenográfico, pero también en la cadencia y en la interpretación; que pareciera que estamos ante dos obras que no tienen nada que ver. Mira que en aquella el grito a veces era excesivo; pero en esta los nipones ejercen una dicción honda, fuerte, como si estuvieran en plena lucha, tanto con sus interlocutores como con ellos mismos. Esta manera engarzada en la tradición japonesa de expresarse choca con las formas, digamos que estandarizadas y hasta corrientes, que se usan en el teatro contemporáneo europeo. En ese aspecto, resulta exagerado cómo se ataca cada frase agónicamente. Por otra parte, si el texto de Lorca ya es complejo, recordemos que está inacabada y que se sustenta en un andamiaje de capas superpuestas, de teatro dentro del teatro, de intimismo y de recuerdo adolescente, de crítica social y de ese embate del dramaturgo contra las convenciones morales que no le dejan vivir libremente su homosexualidad y contra las convenciones teatrales que han reducido este arte a puro entretenimiento burgués. Sigue leyendo

La tumba de María Zambrano

Una colección de impresiones oníricas en este cuadro viviente sobre los recuerdos de la célebre filósofa

Foto de marcosGpunto

Parece que la dramaturgia con la que Nieves Rodríguez quiere insistir se funda más en la creación de imágenes y en un excesivo trabajo de la elipsis. Ya lo observamos con su anterior obra: Por toda la hermosura. En esta ocasión es María Zambrano el motivo para desarrollar una función en la que, ante todo, se echa en falta mayor contenido, una sustancia que verdaderamente nos permita adentrarnos en aspectos más profundos e interesantes de la filósofa. Pero lo que nos encontramos es con un cuadro viviente —y no demasiado— de seres insertos en una dimensión onírica —la obra se subtitula «Pieza poética en un sueño». No podemos parar de preguntarnos dónde está aquella librepensadora, porque lo que contemplamos son unas pinceladas tan nimias, tan redundantes en sus movimientos y tan próximas al mundo infantil que por momentos podría tratarse de una mujer desconocida. No es tanto que seamos incapaces de reconocer los permanentes símbolos, como de la disposición de los elementos —demasiado volcada hacia lo performativo y lo coreográfico— se constriñe a chispazos que no logran trascender. Eso sí, Jana Pachecho nos ofrece un montaje bien ensamblado y con un acertado aprovechamiento de la escenografía. Sigue leyendo

La autora de Las meninas

Una suave sátira sobre la política cultural de nuestro país protagonizada por una Carmen Machi formidable

Foto de David Ruano

Las ideas que entran en liza dentro de la fábula distópica que ha planteado Ernesto Caballero me parecen realmente interesantes y sugestivas. Durante la ¿pasada? crisis económica llegamos a enterarnos de que Portugal había vendido 85 Mirós y a los griegos les propusieron —desde la Federación de Industria Alemana— que se deshicieran de parte de su patrimonio nacional. Sigue leyendo