De vânzare / For sale

Una potente muestra en escena sobre la ocupación de tierras en Rumanía por parte de grandes empresas

de-vanzare-for-sale-fotoDe vânzare / For sale forma parte del Programa Teatrul Odeon de Rumanía, incluido dentro del ciclo «Una mirada al mundo» del Centro Dramático Nacional. Una obra que se presentaba a continuación de otra, Contra democraţiei, del autor barcelonés Esteve Soler y, a cargo, también, de los rumanos. Pero como uno, en este mundo que vivimos, no sabe en qué momento comienzan las funciones, quise pensar que todo estaba hilado. Poco antes de empezar, mientras descansábamos nuestras neuronas de tanta proclama política, se nos fue repartiendo en el guardarropa un aparatito para poder seguir la traducción simultánea. Los setenta espectadores nos fuimos situando en una improvisada cola, hasta que descubrí que las cordiales responsables de sonido, nos reclamaban alguna identificación, «algo en prenda», decían, «el carné de identidad, por ejemplo», «yo no tengo el carné de identidad», respondí, «pues déjanos, algo: el abono transporte, una tarjeta de crédito, las llaves de tu casa», «yo no tengo nada, y las llaves no te las pienso dejar». Me aparté a un lado hasta que se resolviera el conflicto mientras los dóciles asistentes iban dejando su DNI, su Visa y, como pude comprobar, hasta las llaves de su propia casa, para que le entregaran el jodido chisme (supongo que de un precio inimaginable). Finalmente, a regañadientes, me prestaron la joya interfónica (he de reconocer que en el bolsillo guardaba mi abono transporte, pero que no me dio la gana entregarlo. Sí, soy un revoltoso). Pensé que saldría el propio Esteve Soler, que por allí andaba, y se pondría a gritarnos ─tras degustar su Contra la democracia: «¡No habéis entendido nada!». Paradojas, pequeñas situaciones cotidianas que tragamos sin rechistar; una nimia anécdota. Hala, vamos para dentro, que nos van a contar una cuento de cómo les han robado sus posesiones a los pobres agricultores rumanos.

La sala principal del Teatro Valle-Inclán se transforma para dejar un espacio diáfano en el que se han situado dos grandes pantallas a los lados y, en el centro, varios asientos alargados que simulan fardos donde debemos sentarnos a nuestro gusto. La obra se divide en cinco escenas, en una especie de deconstrucción del tema de la ocupación de tierras que está teniendo lugar en Rumanía. Con diferentes lenguajes acometen todo un proceso de vislumbre que, salvo ciertos momentos de desconexión entre las partes, consiguen una inmersión del espectador en la dramaturgia. Quizás, el mayor problema radique en la traducción simultánea; pues, ciertamente, pierdes mucho de la expresividad de los intérpretes, ya que lo escuchado es leído y plano; algo que supongo, no es fácil de preparar. La cuestión, digámoslo ya desde aquí, es terrible y uno se acuerda de Kafka constantemente. También nos acordamos de los preferentistas; parece que mutatis mutandis por ahí va la cosa. La primera escena: «Llegan los inversores extranjeros», nos convierte en campesinos. Aparecen una serie de tipos a rodearnos y a sonreírnos y a vendernos la moto, a prepararnos el timo (afortunadamente no nos pidieron identificación). El reparto al completo logra llenar todo el espacio enseguida, provocando un ritmo turbador de voces y expresiones falaces destinadas a colorear nuestro aciago presente, con las bondades utópicas de un futuro que pasa indefectiblemente por la venta de nuestros campos. Aparece en la segunda escena la duda, con siete personajes, siete lugareños subidos en un pedestal, planteando las posibilidades, cuestionándose el trato e, intuyendo, la cara b de los contratos. Ellos todavía no saben que no hay opción (hay que ver cómo se repite la historia), aunque alguno atisba que van hacia un callejón ─muy oscuro─ sin salida. Se plantean, de pasada, asuntos esenciales como la pertenencia de las semillas, de las que funcionan de verdad, de las de Monsanto (qué poco hablamos en nuestra sociedad sobre los «derechos de autor» de las semillas a prueba de plagas), de los mercados que se cierran para los agricultores que no pasan por el aro, y todo un etcétera que es historia viva de las atrocidades no ya del mercado (casi todos quieren jugar en él y la experiencia en Rumanía durante el comunismo ha dejado mella), sino de los elementos distorsionadores de este, como pueden ser los grandes magnates y su corrupción implícita, es decir, los dueños de la ley y, también, de la trampa. Más distendida, la tercera escena, la que viene de Alemania (símbolo del poder político secuestrado, pero efectivo). Un poco de metateatro y de falsa improvisación que oxigena el ambiente. Un sarcástico monólogo sobre las verdaderas pretensiones de la multinacional de la alimentación Cargill y su búsqueda de la amalgama totalitaria de la tierra. Este perspectivismo, esta teatralización lleva la acusación clara y manifiesta de la situación, y, a la hora de valorar la función, si de verdad nos hemos adentrado en el concepto, comprobamos la magnitud del caso. No hay tregua, y eso nos interesa, y nos lleva a la escena más lograda y más subyugante. La representación de una de las ocupaciones, es decir, teatro con personajes, con los actores vestidos de técnicos expertos en prospecciones que ocupan tierras ajenas, o expropiadas a la fuerza con contratos falseados. Observar la desesperación, repito, kafkiana, de una pareja de campesinos que tienen que escuchar «justificaciones» inusitadas sobre el hecho de que el campo esté lleno de dinamita, te hace ver (¡qué pocas noticias nos han llegado de esto a España!) de la profundidad del latrocinio. Aquí el elenco se exprime al máximo, con actuaciones verdaderamente impactantes y muy directas. Debemos felicitarlos por su profesionalidad y entrega, y por la gran dirección de Gianina Cărbonariu, quien también es la autora del texto (se percibe todo el trabajo de investigación sobre el tema y de búsqueda de soluciones artísticas). Finalmente, asistimos a las consecuencias de las protestas de los trabajadores que tuvieron lugar en Pungesti y Rosia Montana (Rumanía). Me alegra que la dramaturga haya tomado como referente un episodio de Las uvas de la ira, pues en esta novela se nos ofrece un magnífico ejemplo del extremo al que se puede llegar con los más humildes.

Las proyecciones en las dos pantallas y la disposición del escenario (diseñado todo por Andu Dumitrescu) consiguen un espectáculo muy persuasivo que toca claves esenciales sobre el devenir del capitalismo. Por eso, creo que es muy recurrente recordar aquí a un autor como David Harvey, quien acuñó el término «spatial fix» que, en resumen, sería algo así como la necesidad que tiene el capital ─para resolver sus crisis─ de ocupar espacios que no estuvieran nada o insuficientemente explotados. El capital se debe colar a través de privatizaciones en los hospitales públicos españoles o en el robo subrepticio de las tierras de los rumanos. Un teatro demasiado potente para que llegue a tan poca gente. Una lástima o, más bien, una catástrofe.

De vânzare / For sale

Texto y dirección: Gianina Cărbonariu

Reparto: Alina Berzunţeanu, Marius Damian, Gabriel Pintilei, Alexandru Potocean, Gabriel Răuţă, Mihai Smarandache y Antoaneta Zaharia

Traducción: Marian Ochoa de Eribe

Escenografía, iluminación y vídeo: Andru Dumitrescu

Movimiento escénico: Florin Fieroiu

Música: Bobo Burlăcianu

Fotos: Octavian Tibar

Producción: Teatrul Odeon (Rumanía)

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 23 de octubre de 2016

Calificación: ♦♦♦♦♦

 

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