La tumba de María Zambrano

Una colección de impresiones oníricas en este cuadro viviente sobre los recuerdos de la célebre filósofa

Foto de marcosGpunto

Parece que la dramaturgia con la que Nieves Rodríguez quiere insistir se funda más en la creación de imágenes y en un excesivo trabajo de la elipsis. Ya lo observamos con su anterior obra: Por toda la hermosura. En esta ocasión es María Zambrano el motivo para desarrollar una función en la que, ante todo, se echa en falta mayor contenido, una sustancia que verdaderamente nos permita adentrarnos en aspectos más profundos e interesantes de la filósofa. Pero lo que nos encontramos es con un cuadro viviente —y no demasiado— de seres insertos en una dimensión onírica —la obra se subtitula «Pieza poética en un sueño». No podemos parar de preguntarnos dónde está aquella librepensadora, porque lo que contemplamos son unas pinceladas tan nimias, tan redundantes en sus movimientos y tan próximas al mundo infantil que por momentos podría tratarse de una mujer desconocida. No es tanto que seamos incapaces de reconocer los permanentes símbolos, como de la disposición de los elementos —demasiado volcada hacia lo performativo y lo coreográfico— se constriñe a chispazos que no logran trascender. Eso sí, Jana Pachecho nos ofrece un montaje bien ensamblado y con un acertado aprovechamiento de la escenografía. Esta ha sido diseñada por Alessio Meloni, quien vuelve a cargar de detalles magníficos el espacio. Se nos remite al cementerio de Vélez-Málaga donde está enterrada María Zambrano, bajo una lápida con un epitafio que reza: «Surge amica mea et veni», extraído del Cantar de los cantares. Las tumbas se reconvierten con versatilidad para servir de mesa, de baúl o de cama. Por allí pululan los personajes, algunos como ánimas al encuentro de esta llamada. Además, aparecen los gatos, animal que siempre acompañó a las hermanas, y que aparecen de improviso proyectados mágicamente, bajo una colección de limones que perfuman la sala. Aurora Herrero se encarna en la protagonista, como salida de ultratumba, paciente y sensata busca con denuedo la «paz», en su sentido más excelso. Es Irene Serrano, quien interpreta a María niña, quien da mayor vuelo al espectáculo, la que expele más vivacidad; mientras su padre, el maestro de escuela Blas Zambrano (la madre también fue maestra), es tomado por Daniel Méndez con la suave firmeza de quien quiere instruir deleitando a una hija que desea ampliar su imaginación sin parar. Resulta inquietante el papel de Araceli, la hermana, que Isabel Dimas elabora con precisión, adoptando diversas posturas, principalmente, la de una muñeca, algo macabra, surgida de una caja de música, que danza mecánicamente al ritmo de un vals. Se percibe muy claramente la labor de Xus de la Cruz en las coreografías, pues son reconocibles muchos pasos empleados en Ejecución, la obra que dirigió hace unos meses. En algunos instantes, todos los actores parecen atrapados por un mecanismo, alimentado por el hambre, con esa cuchara vacía que no sacia. Como le ocurre a Óscar Allo, el niño hambriento, que corretea entre los mármoles pidiendo algo de comer. Símbolo manifiesto de todos esos estómagos vacíos que acudían a los colegios para poder llevarse algo a la boca. Imagen de la posguerra; pero también de esta crisis nuestra de ahora que ha dejado a tantas criaturas desnutridas. Es cierto que abre una insinuada trama con ese hombre de la Gestapo de rostro cubierto en negro que acosa a la hermana, y que le entrega una corbata roja, que hace referencia a su marido, un militar republicano que fue fusilado en Madrid en 1942. Esa complejidad formal es de lo más positivo, tanto del texto como del espectáculo, donde podemos percibir el profundo dolor de aquella mujer durante una época tan dura. Es, además, en Araceli, con quien el vestuario diseñado por Eleni Chaidemenaki cobra más sentidos: el negro riguroso y los harapos que se desgajan. En definitiva, La tumba de María Zambrano alarga en exceso esbozos poéticos y ensoñaciones durante una hora y pico; para no trabar algo más sólido que nos permita comprender mejor algún recoveco de la filósofa y su percepción de la vida. Podemos relacionar las impresiones que nos genera con la última propuesta de Eusebio Calonge, El corazón entre ortigas, o las piezas que han ido configurando los de Tribueñe con el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (véase, por ejemplo, La rosa de papel). Nos podemos quedar con lo sensitivo, con el choque surreal que producen aquellos vaivenes entre el pasado y la infancia, y el futuro encuentro en el más allá entre las hermanas, atravesando una historia repleta de altibajos.

La tumba de María Zambrano

Texto: Nieves Rodríguez Rodríguez

Dirección: Jana Pacheco

Reparto: Óscar Allo, Isabel Dimas, Aurora Herrero, Daniel Méndez e Irene Serrano

Escenografía: Alessio Meloni

Iluminación: Rubén Camacho

Vestuario: Eleni Chaidemenaki (Eleninja)

Espacio sonoro y música: Gastón Horischnik

Movimiento y coreografía: Xus de la Cruz

Vídeo: Clara Thomson

Audiovisuales: Volver Producciones

Instalación e ilustraciones: Elisa Cano Rodríguez

Asesoría artística: Arturo Bernal, Sol Garre y Guillermo Heras

Ayudante de escenografía: Elisa Cano Rodríguez

Ayudante de dirección: Gabriel Fuentes

Fotos: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Volver Producciones e Ibercover Studio

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 11 de febrero de 2017

Calificación: ♦♦♦

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