La valentía

La nueva obra de Alfredo Sanzol es una intrascendente comedia de enredos con fantasmas por el medio

Foto de Javier Naval

Se presenta la nueva creación de Alfredo Sanzol bajo el aura salvífica del reciente Premio Valle-Inclán (por La ternura), en el teatro donde ahora se gana uno el caché para los que quieren estar en esa pequeña pomada farandulera que aún resiste. Aunque La valentía, más allá de los parabienes que propician y van a propiciar todos aquellos que se niegan a aceptar la verdad y que observan a este dramaturgo tan consagrado con pleitesía snob, es una comedia burguesa anticuada sin la más mínima trascendencia. Es la comedia burguesa que tanto se ha denostado y que se denuesta, y que se sigue exhibiendo en otros teatros privados en muchas ocasiones con éxitos abrumadores e incontestables; pero envuelto en la bandera del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2017 por La respiración y con el aplauso enfervorecido de muchos de esos que no pisan aquellos teatros de autores que buscan el puro y llano entretenimiento, y de productores que piensan, lógicamente, en el rendimiento económico por encima de todo. El texto, desde luego, contiene todos los tópicos, los guiños y las «sorpresas» que se han ido anquilosando desde hace cien años, y que resultan manidos y hasta ingenuos. Sigue leyendo

La familia No

Gon Ramos realiza un ejercicio imposible de realidad-ficción sobre la infancia de cuatro hermanos

Creo sinceramente que uno de los dramaturgos a los que se debe seguir indefectiblemente en el panorama dramático español es Gon Ramos. A pesar de que en esta ocasión haya ofrecido un texto al que, desde mi punto de vista, le falta aún un repaso, le queda pulir el desborde verborreico, ya de por sí habitual del autor. Pero, como vamos a ver, siempre depara una visión radical de la realidad y un subjetivismo que parte filosóficamente de la tradición francesa de pensadores posmodernos como Derrida o Baudrillard, entre otros. El interés por los márgenes, con lo inasible, con la especulación y con el territorio ignoto de la memoria que se desea reconstruir. Estos aspectos fueron conjugados a la perfección en su obra más ideal: Un cuerpo en algún lugar. En la nueva obra que se presenta en la Sala Cuarta Pared, lo que se puede valorar como más interesante es el concepto que plantea la deconstrucción de una familia a través de una perspectiva inédita que sería la remembranza quebrada de la infancia de cuatro hermanos. Sigue leyendo

Tiempo de silencio

El Teatro de La Abadía acoge una adaptación minimalista y lírica sobre la más célebre novela de los años 60

Foto de Sergio Parra

Si algún aspecto ha determinado la presencia en el canon de una de las obras más importantes de la segunda mitad del siglo XX en la literatura española, han sido, sin duda, las virtudes técnicas de la novela que Luis Martín-Santos publicó en 1962. Y esa es la primera cuestión que se debe dirimir a la hora de acercarnos a esta versión teatral (por lo visto, Jesús Fernández-García escribió también una en 1976). ¿Qué justicia literaria se le puede hacer a Tiempo de silencio si no se osa trasladar con procedimientos dramatúrgicos ad hoc las peripecias retóricas del novelista? Quedarnos con el argumento es básicamente lo que hizo Vicente Aranda cuando la llevó al cine en 1986. El escritor se atreve a profundizar en un estilo que se lleva fraguando desde la novelística modernista anglosajona con Joyce (nuestro Ulises no es Tiempo de silencio; en todo caso es Larva, de Julián Ríos) como máximo adalid; pero, además, con Virginia Woolf y, después, con autores americanos como Faulkner, para desembocar en el «Boom» latinoamericano. Hablamos de flujo de conciencia, del empleo casi azaroso de los diferentes narradores, de los saltos en el tiempo adelante y atrás, de la percusión del estilo indirecto libre, del retorcimiento lingüístico extremo con juegos de palabras sumamente crípticos, etc. Sigue leyendo

Los mariachis

Pablo Remón continúa su andadura dramatúrgica con esta representación sobre la decadencia política en plena meseta castellana

El buen sabor de boca que me había dejado El tratamiento, la obra que hace tan solo unas semanas estrenó Pablo Remón, tenía necesariamente que marcar un fuerte prejuicio a la hora de asimilar su nuevo trabajo. Y hay que reconocer, ya de primeras, que el tono humorístico baja y que la estructura dramática se desvanece en una de las subtramas. Todo ello apreciado dentro de un mundo, un estilo peculiar que convence a un público que va reconociendo las virtudes de este «nuevo» dramaturgo. Los mariachis contiene una virtud extraordinaria plasmada con verdadera sutileza artística, y es haber creado una especie de paralelismo rancio y rural de la supuesta elegancia de los advenedizos urbanos enfangados en las veleidades políticas. Una réplica deshidratada y polvorienta de eso que Sergio del Molino ha bautizado tan exitosamente como «La España vacía». Y el fondo, por lo tanto, va como sigue. Por una parte, conocemos a tres hermanos envueltos en su idiolecto y en la concentración absurda de su microcosmos abultado por ciertas incapacidades para el raciocinio que comparten genéticamente. Sigue leyendo

El corazón de las tinieblas

Darío Facal ejecuta certeramente una deconstrucción antropológica sobre la célebre novela de Joseph Conrad

Las interpretaciones psicologistas sobre la novela de Conrad han sido habituales en ciertos ámbitos de la crítica literaria, en una búsqueda denodada de los arquetipos jungianos, por ejemplo. Sin ser desdeñable el aspecto alegórico, Darío Facal ha querido cargar las tintas en el aspecto político para mostrarnos la obra como un espejo en que se reflejen nuestras contradicciones actuales. Para ello enmarca la función con un prólogo, demasiado espontáneo en su proceder, ejecutado por Ernesto Arias; en el que se nos comunican esas cuitas eternas sobre la antropología, sobre si nosotros, que somos el mundo civilizado, el que ostenta las virtudes y los derechos humanos, debe intervenir en aquellos lugares donde se cometen atrocidades, cuando paradójicamente también nos aprovechamos comercialmente de esos mismos destrozos. Moralizar y ganar, el culmen de la hipocresía. ¿Qué hacer? El epílogo es una colección de nuestras más célebres paradojas o de la imposibilidad de ser moralmente impoluto bajo la doctrina kantiana imperante. En una mano sostienes un donativo para una ONG que ayuda al desarrollo de los países más pobres de África porque eres una persona educada y solidaria; y con la otra sostienes un teléfono móvil que lleva dentro coltán, un mineral que se extrae en las minas de esos mismos países africanos donde fuerzan a niños en jornadas laborales infames. Sigue leyendo

A secreto agravio, secreta venganza

Una adaptación sobre este drama de honor en el que se pretende enmendar la plana a Calderón de la Barca

Foto de J. Alberto Puertas

Ya nadie puede negar que vivimos una época en la que una corriente de moralismo pretende arreglar mágicamente los desafueros del pasado; aunque estos pertenezcan al mundo ficticio del arte y estén, desde nuestra perspectiva, más que juzgados. De esta forma, Pablo Bujalance y Pedro de Hofhuis han querido jugar al Ministerio de tiempo para enmendarle la plana no sé si a la historia o al propio Calderón. He de suponer que con la intención de que ningún espectador fuese a pensar que ellos apoyan, de alguna manera, la trama que se nos presenta. Lo que el dramaturgo del Siglo de Oro nos viene a contar no reviste una complejidad extraordinaria y esta adaptación aún se ha simplificado más. Nos situamos en Lisboa, don Lope de Almeida es un caballero que ha dedicado gran parte de su vida a guerrear y ha decidido casarse por poderes con una dama castellana. Ella es doña Leonor, una mujer que acepta el matrimonio; pero que mantiene todavía a un pretendiente llamado don Luis de Benavides, que cuenta con bastantes posibilidades de éxito dados los sentimientos despertados en su pretendida. Ante tal triángulo nos encontraremos con un ataque de celos del portugués y el consiguiente resarcimiento de su supuesta pérdida de honor a través de brutales asesinatos. Sigue leyendo

Ilusiones

La ineficacia de la narraturgia se despliega en una decepcionante propuesta de Miguel del Arco sobre el texto del ruso Ivan Viripaev

Foto de Vanessa Rabade

De un tiempo a esta parte las narraciones han invadido la escena. Principalmente nos hemos topado con ellas en el circuito off. Los apóstoles de Sanchis Sinisterra (no hay más que revisar su última obra, El lugar donde rezan las putas, para comprobar la ineficacia de algunos procedimientos) se han lanzado al ruedo a evangelizarnos con la buena nueva: la narraturgia (revisen lo último de Eva Redondo). No pararé de quejarme sobre este retroceso teatral. Ahora uno acude a una sala a que le cuenten una historia, como a la antigua usanza. Narraciones, por lo común, explicativas en exceso, descriptivas sin parangón. Un teatro que anula los roles y la representación. También la pasión de ver a un actor sentir aquello que nos desea transmitir. Bien, pues, parece que desde Rusia llegan los mismos ecos con Ivan Viripaev. Y a Miguel del Arco le ha convencido —digámoslo ya directamente— un texto insulso e insustancial. Sigue leyendo

Los días de la nieve

Semblanza sobre Miguel Hernández a través del sentido relato de su viuda, Josefina Manresa

Los días de la nieve - FotoVuelve Alberto Conejero a inmiscuirse en uno de esos poetas mitificados en nuestra historia, verdaderos fetiches, como el Lorca que evocó en La piedra oscura. Ahora es Miguel Hernández —olvidemos esa etiqueta inadecuada del «poeta pastor»— a quien se aproxima de la mano de su mujer, Josefina Manresa (Quesada, Jaén, 1916-Elche, 1987), la responsable de recopilar todo el legado de uno de nuestros mejores escritores. También regresa el estilo lírico del dramaturgo, esas pinceladas que van creando un ambiente que alegoriza una vida, una época. Porque el discurso de la viuda está tonificado por una pátina grácil, bonachona y sonora. Las palabras se insertan en versos, escuchamos estrofas; la rima se suspende en el aire y eso, una de dos, o nos saca de la situación por inverosímil o nos fuerza a que aceptemos imaginariamente una construcción literaria que se apoya en el recuerdo firme; pero, además, quebrado por los años para reconstruirlo mucho después. Sigue leyendo

Ahora todo es noche

La Zaranda cumple cuarenta años con un melancólico epílogo con tres mendigos actores como protagonistas

Cuando presentaron su anterior obra, El grito en el cielo, ya se aproximaron al fin, a la vejez, a la última etapa. Y si la tomamos como referencia, esta función que podemos ver en el Teatro Español, rezuma penumbra epilogal. Sin ser tan compleja como aquella otra, esta, en su brevedad, va ahondando en una alegoría que conjuga la mendicidad, en un plano real, y la propia profesión actoral, en el plano ficticio. Por lo tanto, avanzamos de una manera algo lenta hacia una especie de guiño metateatral, de queja y de hastío —porque después de cuarenta años dando el callo, también la crisis les golpeó fuerte, tanto como para abandonar su Andalucía. Pero es que, además, se agarran a tres personajes esenciales del teatro como una forma de lucha agónica. Segismundo, Prometeo y el rey Lear son espíritus en el tiempo que se deben encarnar hasta el último aliento, hasta en el máximo desahucio. Aunque antes de llegar a ese acto fundamental nos han llevado con su habitual ironía para presentar a tres mendigos en un aeropuerto. Sigue leyendo