La familia No

Gon Ramos realiza un ejercicio imposible de realidad-ficción sobre la infancia de cuatro hermanos

Creo sinceramente que uno de los dramaturgos a los que se debe seguir indefectiblemente en el panorama dramático español es Gon Ramos. A pesar de que en esta ocasión haya ofrecido un texto al que, desde mi punto de vista, le falta aún un repaso, le queda pulir el desborde verborreico, ya de por sí habitual del autor. Pero, como vamos a ver, siempre depara una visión radical de la realidad y un subjetivismo que parte filosóficamente de la tradición francesa de pensadores posmodernos como Derrida o Baudrillard, entre otros. El interés por los márgenes, con lo inasible, con la especulación y con el territorio ignoto de la memoria que se desea reconstruir. Estos aspectos fueron conjugados a la perfección en su obra más ideal: Un cuerpo en algún lugar. En la nueva obra que se presenta en la Sala Cuarta Pared, lo que se puede valorar como más interesante es el concepto que plantea la deconstrucción de una familia a través de una perspectiva inédita que sería la remembranza quebrada de la infancia de cuatro hermanos. Aunque no esperemos un argumento, ni siquiera una trama a la que agarrarnos para salir con la impresión de que hemos comprendido algo que vaya más allá de lo que pudiera ser la recreación de unas viejas cintas donde los niños hacen monerías y se manifiestan espontáneamente con reacciones inesperadas. En este sentido Ramos se ha pasado de la raya; puesto que recurre en exceso a reflexiones intercaladas y porque arrastra lo performativo hasta el extremo de crear una nebulosa que podría durar media hora o, como en este caso, casi dos horas (decir que la función se hace larga es quedarse corto). Y ya digo que la idea es estupenda; pero no se puede esperar que los espectadores asuman la ingente tarea de descodificar tantas capas (adultos que hacen de niños y estos sorteando imágenes que van y vienen en tiempos entrecortados) —algunas directamente invisibles. Seguramente debajo de los juegos haya más de lo que se ve. En escena, al principio —lentamente, demasiados momentos en los que todo va muy lentamente—, descubrimos la mitad de un coche con cuatro ocupantes cuando retiran una enorme tela roja. La segunda parte del preámbulo es absolutamente desconcertante y capta nuestra atención de manera sin igual, y este es un punto a favor del montaje. El elenco al completo en pleno Karate Kid, o algo así, con un «japonés» de chavales enfrascados en la representación. Asistimos, a partir de ahí, a un viaje imposible, a un Buenos Aires reconstruido por la niñez que quizás pudo ser; pero que es inaccesible en su plenitud. Qué sentimientos, qué pálpitos, qué imágenes proceden de aquellos días en los que viajaban con sus padres en aquel automóvil. De todo aquello, ¿qué no es sueño? Acaso tampoco importe demasiado, puesto que lo esencial es dirimir de qué estamos compuestos. Insisto que este proyecto y esta incursión me parecen de extraordinario valor dramatúrgico. No obstante, el espectáculo en sí, una vez que el coche deconstruido gira unas cuantas veces y ellos se expresan y se meten, también, en la piel de sus padres —de hecho, una de las escenas más paradigmáticas es aquella en la que el papá se caga en Dios constantemente. Y sí, el coche que ha desmontado y re-montado Javier Ruiz de Alegría es más que un detalle, es todo un trasunto de un microcosmos fundacional para aquellos chavalines. Por otra parte, el elenco está configurado por cuatro actores que ofrecen lo mejor de sí. Desde luego, Mona Martínez está fantástica y se ve enfrascada en una explosión de emociones que la llevan desde el liderazgo del grupo a la niña que llora desconsoladamente. Por su lado, Jacinto Bobo nos persuade con un par de milongas, mientras que Fabia Castro sostiene un tono generalmente cándido y algo taciturno. Finalmente, Emilio Gómez se confía bondadosamente al barullo o se evade con cierta tranquilidad. Hace bien poco valoraba muy positivamente esa indagación en la memoria adolescente en Future Lovers. Es la ficción que cada uno se cuenta de sí como ya pretendió Proust. Gon Ramos ataca con un concepto magnífico y muy potente para explorarlo dramatúrgicamente; aunque creo que es necesario afinar el texto para que en escena se pueda evidenciar algún hilo conductor, alguna leve estructura en la que pueda apoyarse el espectador y así extraer muchas más conclusiones que superen la simple experiencia directa. Por eso sobra tanto monólogo reflexivo al final. Aun así, el creador de Yogur/Piano sigue mostrando planteamientos muy originales que nos persuaden.

La familia No

Autoría: Gon Ramos

Dirección: Gon Ramos

Intérpretes: Jacinto Bobo, Fabia Castro, Emilio Gómez y Mona Martínez

Asistente a la dirección artística: Inma Cuevas

Diseño de iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Diseño de escenografía: Javier Ruiz de Alegría

Diseño de vestuario: Tatiana de Sarabia

Diseño de atrezzo: Javier Ruiz de Alegría

Dramaturgia: Gon Ramos

Fotografía: Emilio Gómez

Producción ejecutiva: Jesús Sala

Productores: Inma Cuevas y Jesús Sala

Kendosan Producciones

Surge Madrid 2018 – V Muestra de Creación Escénica

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 12 de mayo de 2018

Calificación: ♦♦♦

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