Cuidado con el perro

Eva Redondo presenta en la Sala Cuarta Pared su visión personal sobre la brutalidad intrínseca de los hombres

Sinceramente no sé hasta dónde nos van a llevar ciertas visiones de la vida y ciertas aplicaciones dramatúrgicas que, si bien no tienen relevancia social, sí me producen estupor como componente de ese público que espera que lo presupongan inteligente. Por una parte, algunas dramaturgas se han acogido a la tenebrosa concepción de que los varones somos unos violadores en potencia, unas bestias dispuestas al sometimiento constante de la mujer, unos perros con los caninos bien afilados a los que les hierve la sangre salvaje de sus ancestros; las féminas son seres de luz, a las que, como mucho, se les puede achacar el silencio y la complicidad; aunque, en todo caso, será comprensible en una ambiente tan sumamente opresivo como este del heteropatriarcado. Así que nos debemos hacer a la idea de que es posible unir en un mismo montaje de tan solo hora y cuarto, cuatro relatos donde se combinan las brutalidades de la pederastia en Tailandia o la insensatez de los abortos de niñas en la India, con un caso de ciberbullying (hace poco pudimos asistir a Amanda T sobre el mismo tema) o un esbozo de acoso sexual grupal durante una despedida de solteros. El hilo conductor, si es que se puede identificar uno, sería el reseñado en el título Cuidado con el perro (que llevan los hombres dentro). Para comprender mejor hacia dónde se nos quiere llevar podemos atender a las palabras de la propia Eva Redondo: «Es que dices: aquí no abortamos niñas, o aquí el turismo sexual no se ejerce. Bueno, aquí hay otro tipo de violencias, ni más suaves ni menos graves, es una violencia adaptada a las sociedades avanzadas, pero no deja de ser violencia». Y si una dramaturga tiene esta moral, es lógico que el maniqueísmo aparezca en escena. Si un bofetón es lo mismo que, por ejemplo —ya que hablamos de la India—, una viuda arda viva en la pira de su marido fallecido (la sati); pues el debate finaliza en ese instante. Pero los problemas no terminan ahí. Como buena discípula de Sanchis Sinisterra, se ha tomado muy en serio lo de la narraturgia. Ya he afirmado en más de una ocasión que trasladar la narración a escena —tal y como ocurre en la mayoría de los casos, podría salvar a Pablo Remón—, supone un retroceso expresivo. Es volver a la tradición oral del cuenta cuentos, de aquellas épocas en las que el público era analfabeto y se le explicaba todito. También me quejé con la exitosa Nada que perder, obra con la que esta tanto tiene ver en ética y en estética, de los mismos vicios. El teatro es, ante todo, representación y esta implica interpretación por parte del espectador. La narración, que se torna descriptiva y ampliamente explicativa, nos usurpa nuestra libertad para juzgar las acciones que se nos muestran delante. Aquí no se hace, aquí se dice que se hace, que es muy distintivo. Aquí nos encontramos valoraciones y se nos dice lo que debemos pensar. Es una función con dotes evangelizadoras, enormemente reduccionista: cada fragmento carece apenas de argumento, parecen noticias extraídas de los periódicos. La falta de desarrollo argumental impide encontrarse con sus propias contradicciones, con el cinismo inherente a no tener en cuenta las múltiples variables de ciertas respuestas antropológicas o socioculturales. De las cuatro, sin duda la más burda es la despedida de soltero; puesto que todos los juicios de valor posibles  —tan superficiales— se nos presentan para lanzar una acción repentina e inverosímil de abuso. Por otro lado, poco se puede afirmar de la labor del elenco, puesto que el maldito micrófono en mano y los distintos narradores chafan la mayoría de las elaboraciones dramáticas. Desde luego los temas son interesantes, eso es evidente; pero no pueden quedarse en lo anecdótico. No se puede esperar a que el espectador aporte todo el esfuerzo de su imaginación para completar las situaciones; mucho menos en una escenografía compuesta únicamente de unas telas y unos cubos repartidos por el espacio. Mal servicio se le propina al teatro si se simplifica tanto la realidad.

Cuidado con el perro

Texto: Eva Redondo
Dirección: 
Eva Redondo y Dani Ramírez

Reparto: Nacho Marraco, Clara Pampyn, Eva Redondo, Antonio Sansano y Jorge Fuentes
Espacio sonoro y visual: 
Dani Ramírez
Colaboradores del espacio escénico: 
Juan Sanz y Angela Lo Palco
Fotografía de cartel: 
Matteo Vistocco
Una producción de:
Nuevenovenos

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 28 de abril de 2018

Calificación: *

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