Tiempo de silencio

El Teatro de La Abadía acoge una adaptación minimalista y lírica sobre la más célebre novela de los años 60

Foto de Sergio Parra

Si algún aspecto ha determinado la presencia en el canon de una de las obras más importantes de la segunda mitad del siglo XX en la literatura española, han sido, sin duda, las virtudes técnicas de la novela que Luis Martín-Santos publicó en 1962. Y esa es la primera cuestión que se debe dirimir a la hora de acercarnos a esta versión teatral (por lo visto, Jesús Fernández-García escribió también una en 1976). ¿Qué justicia literaria se le puede hacer a Tiempo de silencio si no se osa trasladar con procedimientos dramatúrgicos ad hoc las peripecias retóricas del novelista? Quedarnos con el argumento es básicamente lo que hizo Vicente Aranda cuando la llevó al cine en 1986. El escritor se atreve a profundizar en un estilo que se lleva fraguando desde la novelística modernista anglosajona con Joyce (nuestro Ulises no es Tiempo de silencio; en todo caso es Larva, de Julián Ríos) como máximo adalid; pero, además, con Virginia Woolf y, después, con autores americanos como Faulkner, para desembocar en el «Boom» latinoamericano. Hablamos de flujo de conciencia, del empleo casi azaroso de los diferentes narradores, de los saltos en el tiempo adelante y atrás, de la percusión del estilo indirecto libre, del el retorcimiento lingüístico extremo con juegos de palabras sumamente crípticos, etc. De todo ello aprende Martín-Santos y le añade el existencialismo sartreano y el pensamiento de alguien próximo al PSOE de los años 50 (pasó por la cárcel en cuatro ocasiones). Por lo tanto, si asumimos artísticamente este conjunto de características, uno puede esperar técnicas dramatúrgicas que le hagan justicia. Pero en la puesta en escena de Rafael Sánchez, con la versión de Eberhard Petschinka, lo único que se recoge desde el punto de vista formal de la obra adaptada es el lirismo que sí que encontramos en el prólogo, en el epílogo y en ciertas divagaciones taciturnas de su protagonista. El resto parece ajustarse más a la película, que al libro. Ahora bien, el espectador —muchos de ellos no conocerán la novela—, puede obviar todo lo que acabo de relatar y centrarse en el hecho en sí de lo que ve. Y la función es interesante y posee una factura primorosa. Recordemos que la trama no conlleva gran dificultad. Es la historia de Pedro, un investigador enfrascado en la evolución de los tumores en unos ratones, al que Sergio Adillo le da vida o, debiéramos afirmar, decadencia; porque lo suyo no es precisamente vitalismo. Convence ese rictus entre pánfilo y complaciente que arrastra durante toda la representación, como impotente por una voluntad constreñida. A su lado convive un mozo, un lazarillo, Amador, que Roberto Mori encarna con agilidad; aunque quizás le faltaría un deje más castizo. Ambos acuden a un poblado chabolista donde vive el Muecas, a quien interpreta Fernando Soto, que está estupendo y en su voz resuena Paco Rabal, aunque el primero le da más viveza. Este les surte de roedores, los cuales cría con su mujer (Lidia Otón) y su hija, Florita (Carmen Valverde). El montaje exige un esfuerzo imaginativo por nuestra parte, pues con los diálogos y las breves narraciones que hilan las escenas debemos ir construyendo los diversos ambientes. En este sentido el trabajo actoral, la manera que tienen de moverse por el escenario, con esa fluidez fantástica; y la escenografía minimalista, en cuanto al reducido número de elementos que se emplean (apenas una radio), o, si se quiere, maximalista de Ikerne Giménez con ese gigantesco cortinón como un muro macilento; con la iluminación tan atinada —lúgubre e ictérica— de Carlos Marquerie, consiguen perfectamente que nos traslademos a ese Madrid callejero y repleto de contrastes sociales. Además, del ambiente sonoro diseñado por Nilo Gallego y que es necesario para el acompañamiento mental. Otros dos serán los lugares adonde acudiremos fundamentalmente: la pensión y el burdel. La primera, regentada por la viuda de un militar que interpreta con gran astucia Lola Casamayor (magnífica también como madame), y que se dedica a celestinear para que su nieta Dorita (Carmen Valverde descuella por su sencillez y, después, por su sensualidad como puta en el lupanar). Entre medias, Dora, la hija de esta matriarca se acomoda a la situación. Lidia Otón es una actriz poderosa que le imprime entereza a cada gesto. Cierra el elenco, Julio Cortázar, quien cuenta con dos personajes radicalmente distintos, y en los dos sale muy airoso. Inicialmente como Matías, un amigo algo pedante de Pedro y, luego, como Cartucho, un tipo del hampa, que necesitará resarcir la impotencia que le causa la muerte de Florita. Muchos espectadores quedarán subyugados por la atmósfera taciturna y marginal, además de por esa cadencia que promueve un balanceo que impone unos límites asfixiantes al protagonista, gracias a la acertada dirección de Rafael Sánchez. Pero, asimismo, creo que es razonable plantearse cómo se deberían adaptar ciertos lenguajes no convencionales entre las diferentes disciplinas artísticas.

 

Tiempo de silencio

A partir de la novela de Luis Martín-Santos

Versión: Eberhard Petschinka

Dirección: Rafael Sánchez

 

Reparto: Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón, Fernando Soto y Carmen Valverde

Escenografía y vestuario: Ikerne Giménez

Iluminación: Carlos Marquerie

Espacio sonoro: Nilo Gallego

Con la colaboración de los músicos: Pelayo Arrizabalaga, Julián Mayorga y Luz Prado

Ayudante de dirección: Andrea Delicado

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 3 de junio de 2018

Calificación:  ♦♦♦

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