A secreto agravio, secreta venganza

Una adaptación sobre este drama de honor en el que se pretende enmendar la plana a Calderón de la Barca

Foto de J. Alberto Puertas

Ya nadie puede negar que vivimos una época en la que una corriente de moralismo pretende arreglar mágicamente los desafueros del pasado; aunque estos pertenezcan al mundo ficticio del arte y estén, desde nuestra perspectiva, más que juzgados. De esta forma, Pablo Bujalance y Pedro de Hofhuis han querido jugar al Ministerio de tiempo para enmendarle la plana no sé si a la historia o al propio Calderón. He de suponer que con la intención de que ningún espectador fuese a pensar que ellos apoyan, de alguna manera, la trama que se nos presenta. Lo que el dramaturgo del Siglo de Oro nos viene a contar no reviste una complejidad extraordinaria y esta adaptación aún se ha simplificado más. Nos situamos en Lisboa, don Lope de Almeida es un caballero que ha dedicado gran parte de su vida a guerrear y ha decidido casarse por poderes con una dama castellana. Ella es doña Leonor, una mujer que acepta el matrimonio; pero que mantiene todavía a un pretendiente llamado don Luis de Benavides, que cuenta con bastantes posibilidades de éxito dados los sentimientos despertados en su pretendida. Ante tal triángulo nos encontraremos con un ataque de celos del portugués y el consiguiente resarcimiento de su supuesta pérdida de honor a través de brutales asesinatos. Relacionada por su temática con El médico de su honra y con El pintor de su deshonra, las tres fueron consideradas «radicalmente inmorales» por Menéndez Pelayo. Baste afirmar que cualquier ciudadano rechaza hoy en día el final de la obra y, por lo tanto, aunque cada dramaturgo puede hacer en el terreno artístico lo que desee, no requería apañar el asunto de la manera como se ha hecho. Sabiendo que se dispone de pocos medios económicos y personales y que el objetivo es el circuito alternativo (lograron el premio del off en Almagro en 2017), donde se espera el acercamiento a otro público; se ha optado inteligentemente por idear un marco dramatúrgico que consiste en introducir a dos investigadores para desentrañar los ambos crímenes. Como si fueran una pareja de inspectores de la Guardia Civil van a comenzar sus interrogatorios, mientras se nos arrastra como en una sucesión de flashbacks a la obra de Calderón en sí. Desde el punto de vista estructural, el montaje está acotado con gran dominio del ritmo y en poco más de una hora empaquetan un producto atractivo; no obstante, rebajado en profundidad y dureza. Por otra parte, se empeñan en la tarea un elenco de jóvenes que solventa con más o menos mérito cada una de sus encrucijadas interpretativas; puesto que la mayoría debe tomar varios papeles. Me han satisfecho bastante más las chichas, sobre todo Pilar Aguilarte, tanto como inspectora como  haciendo de doña Leonor de Mendoz;, ya que ha sabido imprimir fuerza y sensibilidad, además de mostrarse muy segura en escena. De forma similar, Mai Martin, quien nos interpreta varios fados con verdadero virtuosismo (detalle fantástico del espectáculo) y pasión; también brilla como Sirena, la criada de la dama, a pesar de que su rol queda muy recortado respecto del texto calderoniano. En cuanto a ellos, la verdad es que les falta mayor hombría en ciertos momentos en los que se debe alcanzar un tono más altivo y hasta bronco; el verso los lastra por las carencias en la fluidez y en la claridad vocal. Es algo que observamos en la tensión de los interrogatorios en Rubén del Castillo, quien luego se muestra más sensible y comedido como Luis de Benavides. También es palpable en José Carlos Cuevas que, encarnando a Lope de Almeida, no logra la entereza suficiente en ese desenlace donde arguye a su favor sobre la importancia del honor (lo más importante que se le puede arrebatar a un hombre); aunque, en términos generales, resuelve sus intervenciones con profesionalidad. Finalmente, David Mena, como Juan de Silva, el amigo y protegido de don Lope, sí que adopta esa tozudez del mercenario que casi no encubre su cinismo. Si nos fijamos en el vestuario, Carmen Baquero se ha molestado en incluir detalles de redes en las diferentes prendas, que encajan con las propias redes que delimitan el mínimo círculo en el que interactúan (espacio que sirve para emular números circenses, con aire irónico para desenmascarar a los culpables); sin embargo, sería de agradecer que no se cayera con tanta facilidad en este tipo de obras de y para jóvenes en el uso de los vaqueros; pues parece ya un tópico para modernizar lo que no es necesario. En definitiva, la función, por su concreción (cargarse el personaje del rey Sebastián es acabar con la figura que debe impartir justicia y, por lo tanto, justificar los agravios y las venganzas) y didactismo, agradará a muchos espectadores (espero que sean conscientes de la historia que relata el original). Pero el valor esencial de A secreto agravio, secreta venganza está en evidenciar las consecuencias que se derivan de un concepto como el honor cuando este se sobrepone a la razón y a la consideración de los demás.

A secreto agravio, secreta venganza

De: Calderón de la Barca

Versión libre y adaptación: Pablo Bujalance y Pedro Hofhuis

Dirección: Pedro Hofhuis

Idea original: José Carlos Cuevas

Intérpretes: José Carlos Cuevas, David Mena, Pilar Aguilarte, Mai Martín y Rubén del Castillo

Espacio escénico: Pedro Hofhuis

Vestuario: Carmen Baquero

Música: José Manuel Padilla

Asesor de verso: José Carlos Cuevas

Ayudante de dirección: Miguel Navarro y Lorena Roncero

Una producción de Jóvenes Clásicos

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 6 de mayo de 2018

Calificación: ♦♦♦

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