Un cine arde y diez personas arden

La compañía Grumelot, con el lenguaje del teatro contemporáneo, traza un montaje sobre el sentido de la vida

Foto de Álvaro López

Cachivache postdramático de Pablo Gisbert. Panoplia de elementos en juego y la concreción de un concepto de importancia para su desarrollo. El carpe diem. Recurrir al memento mori (recuerda que vas a morir o recuerda morir) para cuestionar el atiborre de las cosas vanas que sustentan nuestra existencia endeble. Vanidad en el consumismo, y en ahogarse en un vaso de agua, y en la finura de esas epidermis de los niños hiperprotegidos. El espectáculo pandea entre las atribuciones complejas que remiten a la filosofía y a la religión, y las chorradas posmodernas que suelen llenar estos montajes para laminar la trascendencia, el posible aburrimiento y para epatar como creador de vanguardia. Los muchachos se quieren divertir y uno aguanta mientras el discurso no redunde en la banalidad. Lo cierto es que se pueden sacar conclusiones importantes y útiles para nuestro actual y absurdo modo de vida. Los espectadores nos colocamos en el escenario mirando a la grada, donde aguardan, sentados en sus butacas, los nueve intervinientes, quienes, a su vez, están viendo una película (nosotros también vemos una pantalla donde se nos lanzarán mensajes y en la que veremos imágenes de algunos exitosos films como Parque Jurásico). Sigue leyendo

El desguace de las musas

El último espectáculo de La Zaranda apunta hacia los cabarés en decadencia como una metáfora de los cambios sociales

Nadar eternamente en la moribundez, en el último hálito alargado hasta la extenuación, el reconcome de la decrepitud y la momificación. En la línea ya trabajada que podemos reconocer en algunos de sus últimos trabajos, sean El grito en el cielo o Ahora todo es noche, El desguace de las musas simbólicamente no resulta tan persuasivo, tan universal, tan denunciador de la cochambre generalizada en ciertos sectores. Y todo ello, porque el asunto es más constreñido, con menor despliegue en el argumento y en el argumentario. Es la enésima vuelta de tuerca sobre todo lo anunciado al principio; y esta vez sobre un ambiente que ya sobrevive en el inframundo. El año pasado el peculiar film de Andrea Jaurrieta, Ana de día (2018), se adentraba en uno de esos cabarets prostibularios madrileños que aún se ocultan en locales semiclandestinos a los que acuden especímenes tan marginales como los propios artistas del tablao que vemos. Cualquier gorgorito, cualquier coreografía, cualquier vestuario queda tamizado por una insolencia macilenta que atufa a maquillaje rancio, a rímel reseco y a ese polvo suspendido que los cuatro focos desvelan. Las calles de aquel Barrio Chino barcelonés entre bohemio y luminoso. Sigue leyendo

Sopro

Tiago Rodrigues rinde homenaje a la apuntadora Cristina Vidal en un espectáculo de corte metateatral y autoficcional

Foto de Filipe Ferreira

Hasta el apuntador. Así que hemos de suponer que el metateatro, género otrora de vanguardia, explotado hasta la saciedad ―en los últimos tiempos entreverado con la autoficción― cierra ciclo. Sobre el teatro en sí, sobre sus aledaños, sobre su ontología y su metafísica, sobre el desguace del intérprete, sobre la ruptura de la cuarta pared, sobre la reconfiguración del espectador, ya estamos saturados. ¿Tiene algo que decirnos, más allá de las anécdotas más o menos curiosas, una apuntadora? ¿Se puede hacer una obra de teatro sobre una mujer vestida de negro para confundirse con las sombras escondida en una concha para soplarle el texto a esos actores que se quedan en blanco en un momento determinado? La respuesta debería ser no. Pero existe un estilo teatral que consiste en exponer, explicar y narrar la idea sobre una obra de teatro que, en verdad, se está haciendo en ese preciso instante al escenificarlo (la idea se difumina y queda el esbozo del proyecto). Únicamente tomando referencias de esta temporada se pueden poner algunos ejemplos: Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, Los otros Gondra e, incluso, El sueño de la vida. La cuestión es que la perspectiva conceptual pretende que todo el material, en apariencia, se plasme ya en las tablas. Desde el día del chispazo creativo hasta el punto en el que termina la propuesta. Sigue leyendo

El viaje

El segundo volumen de Las crónicas de Peter Sanchidrián no consigue sobredimensionarse y deambula sin suficiente gracia

Foto de Vanessa Rabade

Si uno acude a ver el segundo volumen de Las crónicas de Peter Sanchidrián, lo mínimo que se espera es que el tono, el ritmo y el ambiente sean parecidos; y que la diversión sea similar. Pero lo que nos encontramos en esta ocasión es algo verdaderamente decepcionante y, lo que es peor, aburrido. Y a falta de razones de mayor trascendencia, si no hay risa, tampoco habrá buen sabor de boca. Jose Padilla parece haber perdido fuelle o haberse olvidado de que la primera parte era un chispazo permanente, y de que la sorpresa estaba a la vuelta de la esquina constantemente. Se puede afirmar que a El viaje le sobra media hora o, incluso, más. Para quien no esté al tanto, la estética del cómic, del pastiche, de la historieta irónica de ciencia-ficción están presentes en la cabeza del millonario filántropo Pedro Sanchidrián (a.k.a. Peter Sanchidrián), el cual se ha extraviado en el espacio sideral; aunque su imaginación vuela para que sus compañeros «disfruten» con una serie de peripecias. Todo resulta moroso, desde el prólogo, donde C.R.I.S.T.I.N.A., el ordenador de a bordo, nos da cuenta de la situación en la que se encuentra la nave (y otras); y toda una serie de detalles absolutamente excesivos ― sobre todo, porque no calientan la atmósfera y no provocan un clímax propicio― hasta las diferentes piezas que componen el espectáculo. A todo ello, el marco narrativo, con Cristóbal Suárez haciendo de comandante (sabrá que apenas les quedan dos días de oxígeno), cuando se topa con el vehículo (La Vorga) de Pepe Viyuela, que hace de Oleg, un tipo avieso que quiere aprovechar la oportunidad y que debería ser, hemos de suponer, quien sostuviera humorísticamente la propuesta (al menos para que alguien sustituyera en ese sentido a Juan Vinuesa, que aquí solamente aparece en imágenes). Sigue leyendo

Tres sombreros de copa

Natalia Menéndez dirige la famosa obra de Miguel Mihura con un montaje con una factura magnífica

Foto de marcosGpunto

Seguramente el mayor problema que tiene esta obra de Miguel Mihura sea la pérdida del contexto para exprimir con mayor tino su crítica y su sátira sutil a una época. Ya, claro, no nos puede decir tanto como antaño, porque, por un lado, el matrimonio ya no es lo que era y; por otra, los personajes carpetovetónicos ahora son más pop y hedonistas de lo que ellos quisieran. Lo que realmente mantiene vigencia es el humor, tan genuino y chocante que hoy tiene una reverberación sin igual en la figura del humorista Joaquín Reyes (y su troupe). Es un humor basado en el ingenio, en buscar el recoveco de la palabra para lograr el chiste inverosímil, que se apoya en lo absurdo tanto como en la sagacidad, en la búsqueda de discursos alternativos, a veces, más sensatos que los reales. Es un humor, además, que requiere un oído atento para desentrañar el hallazgo extraño que llega de improviso y sin que se nos deje recuperar el aliento. Escuchamos a Groucho Marx, a Jardiel Poncela, a Tip y Coll, a los Monty Python y a esa lista de mentes privilegiadas capaces de establecer una nueva lógica a nuestra manera de pensar. Con Tres sombreros de copa ―a diferencia de otras comedias suyas (véase Maribel y la extraña familia)―, el ritmo no decae y el arco dramático que se establece en el inicio culmina muy proporcionalmente al final. Sigue leyendo

Metálica

Iñigo Guardamino despliega su habitual estilo con esta sátira sobre nuestra sexualidad en el futuro robótico que nos aguarda

Foto de Mario Zamora

El inconfundible estilo de Íñigo Guardamino se plasma ahora en la llegada de los robots a nuestras vidas (él nos traslada al 2044; pero todo llegará mucho antes) y, sobre todo, se centra en las disquisiciones sexuales. Digamos que Metálica posee elementos de sátira descarnada y negra, de pornografía insaciable y mucha carga de deshumanización. Y todo ello sin que los personajes hayan mutado en transhumanos, que es lo que se espera para entonces. Continuando el mismo esquema que empleó en su anterior propuesta, Monta al toro blanco, es decir, una estructura de sketches entreverados en los que vamos a conocer tres ejemplos de relación con robots acompañantes. En los últimos tiempos varias películas han atinado bastante y de forma seria en la cuestión, reformulando la visión que la ciencia-ficción había ofrecido hasta el momento. Si nos fijamos, por ejemplo, en Ex Machina (2015), de Alex Garland o en Eva (2011), de Kike Maíllo, la convivencia con estos androides va a resultar tan conflictiva o placentera, como inevitable. Antes de evidenciar las virtudes de la propuesta, es necesario señalar algunos deméritos que, a pesar de la ironía, restan valor al conjunto. Me refiero a uno de los habituales fallos en toda obra de arte de carácter futurista, y es remarcar la comparativa entre lo que se hacía antes (o sea, nuestro presente) y lo que se hace ahora (o sea, el futuro y tiempo real en la función). Sigue leyendo

La vuelta de Nora

La segunda parte de Casa de muñecas ahonda en los conflictos matrimoniales con guiños hacia el presente

Despejada la duda de si era necesario continuar indagando en lo ocurrido tras el famoso portazo de Nora Helmer en Casa de muñecas (para refrescar nuestra memoria, recordemos la versión de Gómez-Friha de la temporada anterior), es justo reconocer que Lucas Hnath ha escrito un drama con varios puntos interesantes y algunos hilos que no encajan demasiado. Si recurrimos a la visión que tenía del matrimonio el filósofo danés Kierkegaard, podemos entender mucho mejor no solo la obra original del noruego Ibsen, tan influido por el protestantismo de su país, sino esta función que tenemos delante. «El matrimonio es y seguirá siendo el más importante viaje de exploración que pueda emprender el hombre; cualquier otro conocimiento de la existencia, comparado al del hombre casado, es superficial, porque él y solo él ha penetrado realmente en la existencia». Es decir, la etapa ética, la etapa del deber y de la responsabilidad. Sin embargo, la paradoja es que la protagonista, encarnada por una Aitana Sánchez-Gijón que sabe rebajar la tensión para sostener al personaje en el esbozo de la estratega, se ha marchado buscando libertad y, en cuando al amor, se ha encontrado con el vacío o, al menos, con la incógnita. Es decir, la etapa estética. Sigue leyendo

Shock (El Cóndor y el Puma)

Un viaje impresionante por la historia reciente de Chile y de Argentina con los desafueros del imperialismo sobrevolando en la impunidad

Foto de marcosGpunto

He aquí el montaje más proteico de la temporada y el que logra plasmar dramáticamente una serie de hechos que no paran de confirmarse entre la bruma de la credibilidad, las noticias falsas y los nuevos episodios de una doctrina que quizás, tarde o temprano, también nos golpee de lleno a nosotros (si no nos mantenemos fuertemente unidos). Primeramente, es necesario hacer referencia al libro de Naomi Klein (Montreal, 1970), La doctrina del shock (2007). La periodista y ensayista ya se había hecho muy famosa con su ensayo No Logo (2000). Después, con la obra que nos compete ―y de la que también se realizó un documental de fácil acceso en internet―, generó un buen montón de críticas acerca del alcance de su mensaje. Hay que reconocer que la autora pertenece a esa izquierda minoritaria en el espectro de la América del Norte, junto a otros autores como Noam Chomsky, que está teniendo verdaderas dificultades para desarrollar un discurso creíble ahora que sus fórmulas más «radicales» (strictu sensu) o tienen poco apoyo (por idealistas) o han sido absorbidas por corrientes denominadas populistas. En esto, es justo afirmarlo, el poder de una prensa atenazada presupuestariamente es un factor determinante. Ya sabemos que cualquier proclama que huela a socialismo (incluso a socialdemócrata) y que pueda «infectar» a Estados Unidos, debe ser barrida. Sigue leyendo

Mi película italiana

La dramaturga Rocío Bello firma esta historia familiar que deambula entre el sarcasmo y el tenebrismo

Foto de Sergio Parra

De por qué se llama Mi película italiana nos enteramos bien pronto; a través de ese preludio tan prometedor con Camila Viyuela, que hace de nieta, en la dulce expresión de su relato descriptivo (que después se abandone este procedimiento es de agradecer), primeramente, idealizado; luego veraz. Rocío Bello, la dramaturga gallega, se ha montado en su cabeza una de Visconti o de Rossellini o de De Sica o de Pasolini (aunque también hubiera podido ser Berlanga o de Ferreri con Azcona mediante). Crear una atmósfera macilenta y satírica, lucense y onírica, costumbrista y esperpéntica era un reto que se logra a medias. Porque en la disposición de la trama en los primeros compases, uno atisba un tono y un ritmo; a continuación, este se diluye por vericuetos más prosaicos. El centro de atención sobre el que gira el montaje es Anna (por la Magnani), una Teresa Lozano tan aviesa como repelente; tan puntillosa en el control de sus hijas que resulta mutiladora de cualquier emancipación madura. Ni por asomo me la figuré como una mamma italiana; sino como a una señora gallega (aquí no hay acentos porque estamos en clave fabulística) que más me la creo como una Carmen Sotillo algo harta de cuidar a su marido y con ganas de tener libertad ―si es que esta no es un abismo una vez llegue el momento―. Sigue leyendo