Mi película italiana

La dramaturga Rocío Bello firma esta historia familiar que deambula entre el sarcasmo y el tenebrismo

Foto de Sergio Parra

De por qué se llama Mi película italiana nos enteramos bien pronto; a través de ese preludio tan prometedor con Camila Viyuela, que hace de nieta, en la dulce expresión de su relato descriptivo (que después se abandone este procedimiento es de agradecer), primeramente, idealizado; luego veraz. Rocío Bello, la dramaturga gallega, se ha montado en su cabeza una de Visconti o de Rossellini o de De Sica o de Pasolini (aunque también hubiera podido ser Berlanga o de Ferreri con Azcona mediante). Crear una atmósfera macilenta y satírica, lucense y onírica, costumbrista y esperpéntica era un reto que se logra a medias. Porque en la disposición de la trama en los primeros compases, uno atisba un tono y un ritmo; a continuación, este se diluye por vericuetos más prosaicos. El centro de atención sobre el que gira el montaje es Anna (por la Magnani), una Teresa Lozano tan aviesa como repelente; tan puntillosa en el control de sus hijas que resulta mutiladora de cualquier emancipación madura. Ni por asomo me la figuré como una mamma italiana; sino como a una señora gallega (aquí no hay acentos porque estamos en clave fabulística) que más me la creo como una Carmen Sotillo algo harta de cuidar a su marido y con ganas de tener libertad ―si es que esta no es un abismo una vez llegue el momento―. La soledad que atraganta a nuestra protagonista, cuando su esposo fallece, es quizás, una sensación profunda y pegajosa con la que no contaba. El caso es que nos situamos en pleno velatorio ―el muerto en vertical con el ataúd emparedado en el armario. Fiambre iluminado―, y ya la composición pictórica se impone estrambótica. El tema de conversación ―cómo deshuesar un pollo― pura farsa. Una charla-tapadera que zanje el silencio. Un constructo metafórico, donde los caracteres se evidencian en sus fortalezas y en sus debilidades. El humor negro se ejecuta de la misma forma que esas vestimentas arrastran algo más que melancolía, luto y dolor. En esa escena se concentra lo más valioso de la obra, con el estrambote de Rulo Pardo haciendo de pollo criticón (en vídeo). La presentación de los personajes sitúa el conflicto en ciernes que, inicialmente, se presume más gravoso; cuando, en realidad, deambula por las consabidas cuitas familiares que cada uno atesora con la suya. De esta manera, allí sentadas, conocemos a Sofía (por la Loren), una Elena González que se echa a las espaldas los desafueros de su madre y los problemas del resto. Con un carácter radicalmente distinto nos topamos con la timorata Inma Nieto, Claudia (por la Cardinale), quien posee un papel con un recorrido bastante limitado. A su lado, Nerea Moreno, Gina (por la Lollobrigida), se manifiesta algo bronca y ambiciosa. La cuarta es Mona Martínez, Lucía (por la Bosé), una actriz todoterreno que cuenta con su expresión corporal al servicio de una pobre heroinómana. La hija de esta, la joven y siempre dispuesta con seguridad, Vicky Luengo, que hace de María, una chica que debe encontrar los apoyos necesarios para no caer en la senda de su madre. El elenco funciona y, el director, Salva Bolta, las ha dirigido con buen tino; aunque sea en la penumbra excesiva que ha marcado Luis Perdiguero y en la reducción de espacio de una escenografía firmada por Paco Azorín, que deja a las intérpretes empujadas por un murete que atraviesa por el medio. Por insistir en esa escena inicial, llena de frases absurdas y sentidas, hay que reconocer que Teresa Lozano parece más persuasiva y punzante cuando ataca a sus hijas u opina de cualquier cosa. Después, con los saltos temporales que estructuran la propuesta, la contemplamos en su devenir, pensando en la residencia de ancianos, en la cena de Navidad, en su sueño incumplido de ser cantante (su fascinación por aquel tema de Jimmy Fontana, «Il Mondo», que solicita en uno de esos programas radiofónicos para insomnes solitarios), todo se transforma en algo más corriente y poco original. Desde luego, su discurso no me convence para un punto final ―no lo desvelaré― tan abrupto. La pelea por la herencia descubre rencillas tan habituales como anodinas y, aunque se quiere envolver bajo la misma estética tenebrista, no deja de ser un aspecto más que raya en un costumbrismo que tampoco nos dice mucho ya e, incluso, por las maneras con las que se procede resulta antiguo. Por supuesto, Mi película italiana posee virtudes, como ya se ha afirmado más arriba; y el espectador habitual a la Sala Margarita Xirgu del Español encontrará regocijo y reconocimiento en muchas de las situaciones que se plasman. Es cierto, que se intuía más; pero posee puntos admirables.

Mi película italiana

Autoría: Rocío Bello

Dirección: Salva Bolta

Reparto: Elena González, Teresa Lozano, Vicky Luengo, Mona Martínez, Nerea Moreno, Rulo Pardo, Inma Nieto y Camila Viyuela

Música: Luis Miguel Cobo

Escenografía: Paco Azorín

Vestuario: Guadalupe Valero

Iluminación: Luis Perdiguero

Ayudante de dirección: Juanma Romero Gárriz

Ayudante de escenografía: Fer Muratori

Intervención en vídeo: Rulo Pardo

Una producción de Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 26 de mayo de 2019

Calificación: ♦♦♦

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