El desguace de las musas

El último espectáculo de La Zaranda apunta hacia los cabarés en decadencia como una metáfora de los cambios sociales

Nadar eternamente en la moribundez, en el último hálito alargado hasta la extenuación, el reconcome de la decrepitud y la momificación. En la línea ya trabajada que podemos reconocer en algunos de sus últimos trabajos, sean El grito en el cielo o Ahora todo es noche, El desguace de las musas simbólicamente no resulta tan persuasivo, tan universal, tan denunciador de la cochambre generalizada en ciertos sectores. Y todo ello, porque el asunto es más constreñido, con menor despliegue en el argumento y en el argumentario. Es la enésima vuelta de tuerca sobre todo lo anunciado al principio; y esta vez sobre un ambiente que ya sobrevive en el inframundo. El año pasado el peculiar film de Andrea Jaurrieta, Ana de día (2018), se adentraba en uno de esos cabarets prostibularios madrileños que aún se ocultan en locales semiclandestinos a los que acuden especímenes tan marginales como los propios artistas del tablao que vemos. Cualquier gorgorito, cualquier coreografía, cualquier vestuario queda tamizado por una insolencia macilenta que atufa a maquillaje rancio, a rímel reseco y a ese polvo suspendido que los cuatro focos desvelan. Las calles de aquel Barrio Chino barcelonés entre bohemio y luminoso. Qué morbo pueden tener hoy estos espectáculos y cómo alguien osa todavía ganarse el pan con el emplumado enclavado en la cintura. La Zaranda acude a auscultar un territorio escénico en pleno desmontaje. Refugio del travestismo y de la impostura, del trampantojo para los nocherniegos y receptáculo de las penas. Como estampa de muertos vivientes es idónea. La compañía andaluza ha fichado como estrella invitada a Gabino Diego para perfilar a Melvin Kentuki, un «hortera de manual», un farsante americanizado, valga la redundancia, que todavía se imagina con brío suficiente para emprenderla con el country. Y es cierto que el actor aporta energía y que sostiene la vitalidad que el resto parece rechazar en ese suicidio a cámara lenta. Tal para cual son Gaspar Campuzano, como Culipicao, un tipo quejoso, un quiero y no puedo; y Francisco Sánchez, La Rajá, que aún se cree en plenas condiciones cantariles. Con un pie en el Hades, don Pepe, director del cotarro, productor en horas ínfimas, paseador del dióxido de carbono y amarguillo de cerúleas miasmas, es un Enrique Bustos que gruñe con su medio pulmón a ese elenco de tres al cuarto. Su estertor es una celebración, un acompañamiento liberador y hasta una nueva oportunidad. Inma Barrionuevo, una furcia valleinclanesca, regurgita furias y desencantos, junto a su compañera Juani la Tosca, que es una Mª Ángeles Pérez-Muñoz aporreando el piano con la intención de resucitar el antro. Primeramente, hasta que se disponen a entrar, y hasta que, de alguna manera, se presentan, y hasta que la cutrez suspende su manto de putrefacción; ya se ha impuesto ese ritmo lentérrimo tan característico. Percibo que se atascan en la identificación de lo que fue; que ya parten del olvido y el desamparo. Que son individuos que han perdido el carácter y ya son únicamente marionetas viejas y apolilladas en un baúl del que son incapaces de salir; porque afuera está un mundo que ya nunca será el suyo, al que podrán divertir con sus varietés. Y en ello se alcanza el callejón sin salida en esa escenografía construida con puntales de obra y unas telas de lentejuelas que son iluminadas por el único cañón de luz que les puede dar brillo. El tema de rebajar la exigencia de las propuestas para atraer al público (a ellos solamente les quedan los turistas) es una lucha a muerte entre los exiguos presupuestos económicos y el impulso del arte. Aunque este montaje de La Zaranda sea menos ambicioso que otros anteriores, no quita para que su estilo, tan genuino, sea como un aldabonazo de pesimismo que nos empotra contra la realidad.

El desguace de las musas

De Eusebio Calonge

Dirección: Paco de La Zaranda

Reparto: Inma Barrionuevo, Enrique Bustos, Gaspar Campuzano, Gabino Diego, Mª Ángeles Pérez-Muñoz y Francisco Sánchez

Iluminación: Peggy Bruzual

Vestuario: Encarnación Sancho

Fotografía: Víctor Iglesias

Producción artística: Eduardo Martínez

Producción ejecutiva: Sergi Calleja

Una producción de LA ZARANDA – Teatro Inestable de Ninguna Parte en coproducción con el Teatro Español y el Teatre Romea.

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 9 de junio de 2019

Calificación: ♦♦

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