Tres sombreros de copa

Natalia Menéndez dirige la famosa obra de Miguel Mihura con un montaje con una factura magnífica

Foto de marcosGpunto

Seguramente el mayor problema que tiene esta obra de Miguel Mihura sea la pérdida del contexto para exprimir con mayor tino su crítica y su sátira sutil a una época. Ya, claro, no nos puede decir tanto como antaño, porque, por un lado, el matrimonio ya no es lo que era y; por otra, los personajes carpetovetónicos ahora son más pop y hedonistas de lo que ellos quisieran. Lo que realmente mantiene vigencia es el humor, tan genuino y chocante que hoy tiene una reverberación sin igual en la figura del humorista Joaquín Reyes (y su troupe). Es un humor basado en el ingenio, en buscar el recoveco de la palabra para lograr el chiste inverosímil, que se apoya en lo absurdo tanto como en la sagacidad, en la búsqueda de discursos alternativos, a veces, más sensatos que los reales. Es un humor, además, que requiere un oído atento para desentrañar el hallazgo extraño que llega de improviso y sin que se nos deje recuperar el aliento. Escuchamos a Groucho Marx, a Jardiel Poncela, a Tip y Coll, a los Monty Python y a esa lista de mentes privilegiadas capaces de establecer una nueva lógica a nuestra manera de pensar. Con Tres sombreros de copa ―a diferencia de otras comedias suyas (véase Maribel y la extraña familia)―, el ritmo no decae y el arco dramático que se establece en el inicio culmina muy proporcionalmente al final. Así el argumento ―por todos conocido― es como si un funcionario provinciano con una vida insulsa, ilusionado, eso sí, con una boda que lo pueda trasladar a una etapa diferente o «superior»; hubiera realizado un viaje supersónico a Nueva York, y todas las cupletistas de Broadway y el swing de Harlem con sus negros de ritmos eléctricos le revelaran un mundo fascinante de juerga y de placeres sensoriales nunca antes sentidos. Ya sea un sueño o una hipérbole ejercida a partir de unas visitas sorpresivas, el caso es que Dionisio se disfraza de prestidigitador, de seductor bisoño y de bohemio en ciernes. Pero no nos engañemos, su pacatismo y su panfilismo son un lastre propio de su carácter y el contrapeso no va a ser suficiente. Lo bueno de la obra es que está trufada de personajes secundarios que apuntalan un ambiente destinado a zarandear las perspectivas de nuestro antihéroe, ya sea poniéndole la miel en los labios o recordándole cuáles son las normas sociales de obligado cumplimiento. El preámbulo está comandado por don Rosario, un Roger Álvarez atinadísimo, puntilloso y servicial en demasía («Todo me parece poco para mis huéspedes de mi alma») que abre con donosura la concatenación de apreciaciones insensatas. Quizás encontremos un tono algo infantil, pomposo, en esta mirada de Natalia Menéndez ―lógicamente le dedica el montaje al gran Juanjo Menéndez, quien ya participó en el estreno de 1952 a cargo de Gustavo Pérez Puig―. Esto no es necesariamente malo; aunque le quita consistencia a la denuncia soterrada. Y es que la elección de la pareja protagonista es idónea para otorgarle ese susodicho tono. Pablo Gómez-Pando, un joven actor que va cosechando grandes interpretaciones (véase, por ejemplo, Animales nocturnos), realiza aquí un trabajo, a mi parecer, extraordinario. Combina la ingenuidad maquillada con la serenidad y la incapacidad para atajar los diferentes entuertos con una timidez cargada de melancolía esperanzadora. Y sí, cursi. Cursi como su compañera, quien posee una entrañable bonhomía deliciosa. La Paula de Laila Manzanares tiene algo de Mia Farrow entusiasta. Ambos, con ese aire juvenil, nos adentran en una ensoñación y, entonces, la producción del espectáculo sobresale. Primero porque cuenta con actores de mucha altura para interpretar papeles modestos, en ese pasacalles de personajes-símbolo para encuadrar las costuras del Régimen. Sin ir más lejos, en el segundo acto, César Camino (no puede explotar su gran vis cómica) como El Cazador Astuto, tan propio de la sociedad provinciana. Como también lo es El Odioso Señor que Mariano Llorente representa con esa apostura y esa altivez que sabe imprimir tan bien. O El Anciano Militar de Chema Pizarro, para agrupar a las fuerzas vivas. Luego está Buby (Malcolm T. Sitté), que se lleva todos esos chistes que hoy en día resuenan tan graciosos e inocentes como racistas en los oídos de los biempensantes. Y sus chicas, con Rocío Marín cargando con orgullo la barba de Madame Olga. Arturo Querejeta, con ese inevitable deje suyo tan irónico y tan serio, mete el dedo en la llaga hasta el fondo con su encarnación de Don Sacramento, el padre de la novia, para puntualizar las reglas de su tutelaje. Pura angustia. «¡Usted vivirá en mi casa, y mi casa es una casa honrada! ¡Usted no podrá salir por las noches a pasear bajo la lluvia!». El movimiento, en la parte central del espectáculo, es como un carrusel tan alocado como visualmente atractivo; igual te inspira diversión y ganas de bailar, como la tranquilidad de un paseo por Coney Island junto a la playa. La escenografía de Alfonso Barajas posee una magnitud y una profundidad propicias para dar cabida a tantos actores. Destacan los gigantescos portalones de los laterales (que ocultan un armario y un cuarto de baño). Además de la iluminación de Juan Gómez-Cornejo entre colorista y macilenta, para recrear ambos mundos. Por su parte, el vestuario de Mireia Llatge está cuidado al mínimo detalle, para que las bailarinas se luzcan, los jóvenes se muestren como unos marineros tras la faena, los señores parezcan verdaderamente elegantes con esos trajes crema y para que Dionisio vaya a rebufo con unos sombreros imposibles. Y la música de Mariano Marín nos retrotrae a esa música de los años treinta (y anterior) tan esplendorosa. Auténticamente, es un montaje de gran factura para un texto que se va perdiendo en el tiempo. Los tres sombreros de copa son la expresión metafórica de las veredas que se te ofrecen como posibles en la vida. Uno piensa que depende de la voluntad el elegir una u otras, y luego se da cuenta de que la angostura de algunas opciones las hace inviables; aunque siempre el humor podrá encontrar pasadizos secretos destinados a la esperanza.

Tres sombreros de copa

Autor: Miguel Mihura

Directora: Natalia Menéndez

Reparto: Óscar Alló, Roger Álvarez, María Besant, César Camino, Lucía Estévez, Cayetano Fernández, Pablo Gómez-Pando, Alba Gutiérrez, Tusti de las Heras, Mariano Llorente, Laia Manzanares, Rocío Marín Álvarez, Manuel Moya, Carmen Peña, Chema Pizarro, Arturo Querejeta, Fernando Sainz de la Maza y Malcolm T. Sitté

Escenografía: Alfonso Barajas

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Mireia Llatge

Música y espacio sonoro: Mariano Marín

Coreografía: Mónica Runde

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Fotos: marcosGpunto

Diseño cartel: Javier Jaén

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 7 de julio de 2019

Calificación: ♦♦♦

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