Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Más metateatro para criticar el metateatro contemporáneo en la propuesta de estos chilenos con ganas de satirizar su propia existencia

En el manifiesto que viene impreso en el programa de mano (cada vez más básico), y que firma Teatro La Re-sentida, están todas las preguntas, todos los cuestionamientos que esta compañía se plantea y, también, algunas de las respuestas. Digamos que su propuesta, Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, debería ser su posicionamiento estético y ético; pero la paradoja (o no) es que termina adoptando la voz más empleada en esa posmodernidad, que es el metateatro ―en este caso, el metadiscurso, también― y, por lo tanto, ese regodeo distanciador sobre la incapacidad para crear algo nuevo y para expresar ideas revolucionarias (la izquierda les podría ayudar; pero están solucionando su quiero y no puedo). «Vive en nosotros el anhelo de modificar la sociedad a través de nuestro arte». Y para ello recurren a la sátira de la propia funcionalidad del teatro, del teatro posmoderno en contraposición al teatro político anterior. Al epatante y lleno de guiños conceptuales soliviantados por los fuegos artificiales e infectado de un marxismo que huele añejo y que no conecta con el público actual (ahora hay que venderlo con las proclamas de los marginados sociales). En realidad, su desbarre humorístico no llega a tener la gracia suficiente por el apelotonamiento con el que proceden con la tormenta de ideas enloquecida que ocupa el primer acto. Las ocurrencias se suceden, los proyectos se lanzan sin el menor tino, cualquier cosa que valga para sorprender, para ser inédito, para loar a la sacrosanta novedad, es válido: sacar en escena a cuatro negros, a la personificación del SIDA, a Nadia Comaneci de fustigadora apareciendo de verdad ―tema este esencial de nuestro presente, la verdad revestida de ficción, el sí, pero no―. Sacrificarse ritualmente en las tablas. Sirve este procedimiento para lanzar un ritmo y para dar cuenta de las capacidades interpretativas del elenco, todo entrega y una espontaneidad que produce un mecanismo ágil. El contrapunto a esto llega en el segundo acto, cuando irrumpe Pedro Muñoz y estampa el váter contra la mesa para hacer un alegato contra Duchamp ―máximo responsable, según él, de los desatinos del arte moderno―. Desde el punto de vista de lo cómico, ahí sí que se gana efectividad. Lo demás es una pelea constante, un griterío excesivo, una perfomance con incursión entre los asistentes algo populista ―Neruda mediante―. Retazos de obras pasadas como el Marat/Sade, para seguir con ese teatro dentro del teatro, alejándose de las premisas fundacionales del montaje. Y, sobre todo, que la utopía en el exterior se puede lograr sin que el teatro tenga el más mínimo peso. Esta función es más teoría sobre la teoría, es más crítica manida sobre si el arte es esto o lo otro o si debería ser de otra manera; pero no hay discurso positivo, no transcurre en escena su visión de la vida, si es que lo tienen. Ni por un instante nos llegan a inquietar y ni siquiera se atisba de qué serían capaces si de verdad pudieran materializar sus locas invenciones. Sinceramente, no sé de qué van. Mal favor le han hecho lo periodistas presentándolos como los «punks chilenos». Porque lo que observamos en la hora y media de espectáculo es a un grupo configurado por «niños» que juegan a ser otros, recluidos del mundanal ruido, elucubrando y soñando con los aportes trascendentales que deberían ofrecer al público. Unos jóvenes idealistas que parecen confinados en la caverna de Platón, admirando las sombras del pasado como si fueran tótems inspiradores que les ayuden a superar esta época ¿oscura? La escenografía muestra un gran tapiz compuesto por miles de notas, de apuntes y por los rostros de algunos santos custodios, véase, cómo no, Bertold Brecht (todos los actores llevan gafas, en su honor, como un fetiche, o directamente es que se han convertido en topos). Una obra que anhele cambiar el mundo nunca participaría en un Festival producido por las instituciones públicas (ellos mismos lo expresan: «la dictadura de lo cool». Que enciendan las luces y contemplen a su respetable y a la lista de invitados), en un espacio tan modelno como la Sala Verde de los Teatros del Canal. Ellos se preguntan: «¿teatro? ¿Una herramienta de cambio social? ¿Teatro político? ¿Hoy? ¿Es efectivo? ¿Útil? ¿Somos útiles?». La respuesta es inequívoca: NO. Concedamos méritos a sus intérpretes y a su director, Marco Layera porque nos proporcionan un entretenimiento con algunas risas. Poco más. Esta obra solo tiene sentido si se la considera un fracaso en sí misma, si lo que vemos es la constatación de un idealismo vacuo, de un engreimiento imbécil de gente que se piensa que, en el planeta de los influencers, de los youtubers, de los populistas, de las fake news, del trending topic, de los seriófilos y otras aficiones culturales, el teatro pinta algo. En fin, quizás los personajes deban romper la cuarta pared, destruir el edificio, el templo, y salir a la calle y agarrar por la pechera a los que deben ser agitados, ya sean de un lado o de otro, e intentar provocar reacciones inequívocas. Eso sí, retransmitido en directo a través de internet.

Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Dirección: Marco Layera

Dramaturgia: La Re-sentida

Intérpretes: Carolina Palacios, Pedro Muñoz, Benjamín Westfall, Nicolás Herrera y Eduardo Herrera

Diseño integral: Pablo de la Fuente

Diseño de vestuario: Carolina Sandoval

Jefe técnico: Karl Heinz

Técnico de sonido: Alonso Orrego

Asistente de escena: Carolina de la Maza

Distribución y producción delegada: Carlota Guivernau

36º Festival de Otoño

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 17 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦

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