Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción
Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Sigue leyendo






Una de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias. 