Un enemigo del pueblo (ágora)

Rigola reduce la obra de Ibsen a su mínima expresión para debatir con el público sobre la democracia y el sufragio universal

Foto de Vanessa Rábade

Resulta muy difícil trasladar el planteamiento de Ibsen a este presente tan complejo en el que nos ha tocado vivir y, además, pretender que un caso local, con implicaciones muy personales que sitúan entre la espada y la pared a los afectados, pueda servir de ejemplo para evaluar a las democracias liberales de nuestra contemporaneidad. Caer en el reduccionismo y, por lo tanto, en el populismo y la demagogia es muy sencillo; y así ocurre. Esto ya lo comenté con otra versión que se presentó hace tres años titulada Stockmann (donde curiosamente también empleaban una pizarra como en esta ocasión utiliza Max Glaenzel en la rácana escenografía que presenta. La cuestión es que nos tienen que dar la lección en el aula). Al entrar en la sala nos encontramos con la palabra ethiké repartida en unos enormes globos. La remisión en griego a la ética, nos tiene que hacer pensar obligatoriamente en Aristóteles. Fundamentalmente por famosa Ética nicomaquea (donde se desgrana el valor de las virtudes y sus posturas teleológicas) y, también, por ser un filósofo que caracterizó la democracia a través de los conceptos de isegoría (igualdad a la hora de emitir una opinión) y de isonomía (igualdad ante la ley). Bien, pueste este montaje no empieza con la emisión de los pareceres, con el enfrentamiento de las ideas, con la concreción sobre los conceptos sobre los que se quiere dirimir. No. Aquí los sofistas, entre la algarabía, entre el chichisbeo del estreno, nos impelen a votar a través de las cartulinas que nos han repartido. «¿Creéis en la democracia?». Y la gente vota. Y nadie cuestiona nada. La sacrosanta democracia, un término tan omniabarcador y tan connotado positivamente que quién va a osar no creer (¿creer?). Abrumador sí, frente al ínfimo no. Los que nos abstenemos no contamos (¿por qué?). Animo desde aquí a Rigola a que esto último lo tenga en cuenta. Es hacer una resta. La segunda pregunta es un desnorte acerca de que los responsables del Teatro Kamikaze no tienen la libertad de expresión absoluta, ya que reciben pequeñas subvenciones de las administraciones y deben llevarse bien con ellas y no levantar demasiado jaleo. Muy rebuscado, muy plañidero. Nos preguntan si creemos que deben tener total libertad de expresión. Pero tampoco hay discusión sobre qué queremos afirmar cuando hablamos de libertad de expresión. El remate falaz es la tercera y última pregunta. Algo así como… ¿deberíamos cancelar la función como acto reivindicativo y simbólico en apoyo a la libertad de expresión del Teatro Kamikaze? Sinceramente, no lo entiendo. ¿Es que se ha conculcado su derecho a la libertad de expresión? Cuando así ocurra, entonces nos uniremos para defenderlos. Mientras tanto no tiene mucho sentido (recordemos que en el ensayo general salió sí y todo terminó. ¡Qué chupi! ¡Qué gamberretes! Hemos luchado por la libertad de expresión. Ha sido supersubversivo. Ahora somos ciudadanos más concienciados. Cómo se nota que no se jugaban nada, ni siquiera la pasta). Sale no. Comienza el espectáculo. La idea es clavada a esas funciones escolares que tienen por objetivo instruir a los chavales y darles una enseñanza fértil a través de alguna obra; y para ello reducen la representación al mínimo y narran mucho, y explican otro tanto, y cuando te quieres enterar ya se ha terminado (para que no se cansen con tortuosas peripecias y matices insolentes), ya te la han colado, y se inicia el debate. Esto básicamente es Un enemigo del pueblo (ágora) versionado por Àlex Rigola. Un teatro pobre, escueto, poco elaborado, descontextualizado, pasivo, directo y espontáneo de más. Te explican, como ya sabemos, que en una pequeña localidad existe un balneario que, gracias a su buena acogida, está dando beneficios y todo el mundo está muy contento. Hasta que el doctor, inspirado por su moral kantiana (pietista, diría Ibsen), descubre que las aguas están infectadas. Su intención de publicar tal información provoca el rechazo general del pueblo, desde su hermana, la alcaldesa, hasta la prensa y el presidente de la asociación de autónomos. En definitiva, el pueblo al completo. Los utilitaristas poniendo por encima las ganancias generales a las posibles diarreas de unos pocos turistas. Rigola hizo funcionar su método en el Vania que nos presentó la temporada anterior. La cercanía que propiciaba la caja en la que sesenta espectadores se enfrentaban a esos actores que se hibridaban con el personaje en una especie de indistinción metateatral que pretendía superar el acto ficticio, nos concitaban a un ejercicio de intimismo agónico. En esta ocasión, la cercanía con el público, rayana en el compadreo, rompe cualquier atmósfera de credibilidad. El discurso político es torticero, simplón, naíf, porque ha destrozado el contexto y los personajes no van mostrando paulatinamente sus verdaderas intenciones (muchas de ellas a tener en consideración). Hablamos de individuos que se juegan la vida y no todo el mundo está dispuesto a la ruina con tal de obtener el premio de la verdad. Tener la conciencia tranquila no aplaca el hambre o tu proyecto vital. Además, las interpretaciones de estos cinco magníficos actores se ven constreñidas por la elipsis excesiva y por un tono que no genera unas actuaciones esforzadas. Los fanes de este elenco debemos reconocer que si hubieran sido otros no hubiéramos sido tan condescendientes. Francisco Reyes, Nao Albet y Óscar de la Fuente parecen unos secundarios endebles más interesados en ser animadores del tinglado con puntualizaciones, a veces, cómicas. Mientras que Irene Escolar saca algo de garra cuando se enfrenta al enemigo. Este es Israel Elejalde, y es el que toma voz auténticamente con su discurso incendiario acerca del sufragio universal. Soliviantado porque sus conciudadanos son unos ignorantes, porque les falta educación, porque no se han molestado en informarse y, quizás, no deberían tener derecho al voto. No soporta la oclocracia. Y, para ello, propone, como Platón, una aristocracia como gobierno. Se abre el debate con el público sobre el sufragio universal. Elejalde se aleja más de Stockmann y se acerca más al estudiante de Ciencias Políticas que fue; para disputar con el que sea. Interviene el crítico Juan Ignacio Garzón con la acertadísima pregunta sobre quiénes deben ser los que decidan quién puede votar y quién no. Aunque, enseguida sale el consabido tópico erróneo sobre la llegada de los nazis al poder. Así que… sorpresa, surge entre el respetable el ínclito Juan Carlos Monedero, que está sentado junto a Pablo Iglesias e Irene Montero. El profesor no puede resistirse a darnos una lección de historia (rapapolvo para Isra) y luego soltar alguna de sus gráciles sentencias sobre la respetabilidad del ciudadano, la deliberación y el sufragio (palabras bonitas de un político de guardia veinticuatro horas). Intervención del director Santiago Zannou sobre si los negros y los gitanos podrán entrar en el balneario o si son culpables de algo (el signo de los tiempos). No pudiéndose aguantar a ser escuchado por los diputados de este país. Este que firma sale al ruedo para esputar que España, desde el punto de vista formal, no es una democracia, que no hay separación de poderes, que los ciudadanos no tenemos un representante al que pedirle cuentas, ya que el mandato imperativo está prohibido y, además, el diputado está secuestrado por su partido (Antonio García-Trevijano lo repitió hasta la saciedad). Venía a decir que puede haber sufragio universal (que lo hay), pero no es más que una treta para que el pueblo participe en la «fiesta de la democracia» y crea que elige algo. El sufragio universal no es lo más importante; sino las estructuras, los contrapoderes, la educación, el sustento material, etcétera. Escuché algún leve: «¿Pero, qué estás diciendo?», que me llenó de satisfacción (al menos provocar alguna reacción). Mera ilusión. Los aludidos no se dieron por enterados. Se impuso el silencio. Epílogo de Elejalde. Cancioncilla de Radiohead («Creep») entonada por Albet. Si el teatro quiere prender el debate, transgredir las formas para lograr una dimensión política que afecte a la sociedad; hoy, no queda más remedio que abrir las puertas, salir a la calle, emitir la función en directo por streaming, luchar por la viralidad. Porque es evidente que es necesario pararse a pensar qué es la democracia, qué es la libertad de expresión, qué es el sufragio universal. Es necesario frenar el ruido y escuchar. Esta obra no fluye, no pincha bastante, es demasiado agradable para el público, no azuza lo que debiera. Al menos es valiosa porque el enemigo del pueblo, en su salida de tono, en su cuestionamiento, obliga al resto a reaccionar o a ignorarlo. Si se opta por la primera, es cuando se evidencian las carencias de la mayoría; porque en nuestra cotidianidad vivimos atrapados por los tópicos, por los sesgos, por los esquemas mentales monolíticos, por nuestro seguidismo a los «nuestros». Es decir, no nos paramos a reflexionar sobre lo que verdaderamente nos compete. No ejercemos nuestra libertad de pensamiento.

Un enemigo del pueblo (ágora)

De Henrik Ibsen

Versión libre y dirección: Àlex Rigola

Dramaturgista: Ferran Dordal

Intérpretes: Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes

Dirección de producción: Jordi Buxó y Aitor Tejada

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola

Escenografía: Max Glaenzel

Iluminación: Carlos Marquerie

Diseño gráfico: Patricia Portela

Comunicación: Pablo Giraldo

Ayudante de dirección: Alba Pujol

Asistente a la dirección y a la producción: Lucía Díaz-Tejeiro

Una producción de El Pavón Teatro Kamikaze

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 7 de octubre de 2018

Calificación: ♦♦

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