Vania (escenas de la vida)

Àlex Rigola nos «encierra» con los cuatro personajes principales de la obra de Chéjov, para adentrarnos en la esencia de su angustia

Vania dialoga consigo mismo más allá de sus dramaturgistas. Mientras Daniel Veronese en Espía a una mujer que se mata «encierra» a los personajes del drama en un reducto de apenas unos metros cuadrados; Rigola «encierra» a sesenta espectadores en un gran cajón para toparse con cuatro actores que no renuncian a su nombre y que se aproximan al papel que les toca representar con una engañosa timidez. Lo verdaderamente trascendental de esta adaptación es la búsqueda denodada del poso existencial y, por lo tanto, esa casa de campo rusa, esa dacha luminosa que habitamos, es como un decantador catártico que da cuenta de lo esencial. En aquel 1899 en el que Chéjov publica su Tío Vania, cinco años antes de morir de tuberculosis, se concentran las síntesis del irracionalismo. O acaso no podemos percibir a Kierkegaard, con aquellos dos hombres sumidos en el denominado «estadio estético», buscadores de placer y entregados a la seducción. O el pesimismo schopenhaueriano que evidencia cómo la voluntad nos arrastra. O acaso no brota el ímpetu dionisiaco, según propugnó Nietzsche, en estos espíritus fervorosos como un último aliento. ¿Qué esperanza les queda a estos individuos sometidos por la convención social e incapaces de rebelarse plenamente cuando su deseo sí les lleva a ello? Podrían sucumbir fulminados en cualquier momento con tal de no perpetuar su agonía; sencillamente se regocijan en el tedio y en una ironía destructora que cada uno matiza a su manera. Porque Luis Bermejo, que permanece como Luis, aunque sea Vania, sonríe como un perdedor al que le empieza a hacer efecto el vodka. Logra entretenernos como si una imperioso retraimiento lo fustigara por dentro. Su proceder está lleno de contención y hasta la furia que surge al final, no llega a desbordar. Es el ejemplo supremo de la mediocridad, el derrotado de cualquier duelo y, sin embargo, capaz de conmovernos con su bondad y con esa inevitable ingenuidad del que aún no ha escapado de las faldas de su mamá. Ni tan brillante intelectualmente —ni tan rico— como su hermano, quien además ha logrado casarse con una joven realmente bella. Ni tan cautivador como su amigo Astrov, el médico, quien también desea a la mujer de Serebriakov. Gonzalo Cunill todavía mantiene sus sueños ecológicos; aún quiere proteger al planeta plantando árboles; la melancolía florece a raudales mientras toca la guitarra. Tiene claro que únicamente la belleza lo puede salvar. En el fondo es un esteta y por eso le maravilla Elena; él sabe que posee el atractivo suficiente para conquistarla sin caer en el ridículo como su amigo. Domina el arte de la pausa, de la contemplación, parece que el actor se ha traído al samurái que interpretó en 4, de Rodrigo García. Ariadna Gil deambula, esboza su particular sonrisa displicente. Se deja querer. Intenta encontrar su espacio. Su marido es viejo y está enfermo. Ella querría vivir y vivir con el potencial de su hermosura. La actriz adquiere tonos de femme fatale y se aproxima al abismo del flirteo para hacer equilibrios y retirarse. Finalmente, Irene Escolar, como sobrina de Vania, demuestra más que nunca que gana mucho cuando no busca ansiosamente la intensidad arrebatadora. Aquí adopta una postura entre cándida y desesperada romántica; rota de amor por el médico. Su descomposición y sus lágrimas se suspenden en el tiempo para atraparnos en el silencio; mientras los mayores terminan de desgajarse. Los cuatro intérpretes alcanzan una sutileza expresiva formidable que sostiene la función creando una atmósfera peculiar, un híbrido entre el ensayo, donde la improvisación y la espontaneidad aún tienen sentido, y el apartamiento profundo de unos actores que no se quieren «contagiar» totalmente de la angustia existencial de sus propios personajes. Gran mérito, por tanto, de Àlex Rigola. Otra cuestión, en esto de la atmósfera, es plantearse hasta qué punto en ese espacio escénico diseñado por Max Glaenzel, se pierde parte de su encanto, de su rareza para el espectador acostumbrado a grandes salas o a teatros convencionales (como este mismo de los Teatros del Canal), al emplear una iluminación tan general que niega al público el convencimiento de que está recluido. Entiendo que posee un sentido, precisamente por ese aire artesanal que se le quiere dar; pero ya que nos metemos ahí, no estaría mal sentir la oscuridad real y simbólica propia de esas almas. Muy poca pega para un Vania sobresaliente, que te subyuga en esta sobredimensión cuántica del mundo interior de Chéjov.

Vania (escenas de la vida)

Versión libre de la obra de Chéjov

Dirección y adaptación: Àlex Rigola

Dramaturgista: Lola Blasco

Actores: Ariadna Gil, Irene Escolar, Luis Bermejo y Gonzalo Cunill

Espacio escénico: Max Glaenzel

Ayudante de dirección: Alba Pujol

Asistente de dirección: Lucía Díaz-Tejeiro

Producción: Jordi Puig «Kai»

Construcción escenografía: Xarli y Pascualín Estructuras

Producción: Festival Temporada Alta, Heartbreak Hotel, Titus Andrònic S.L. y Teatros del Canal

Con el apoyo del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya y Madrid Cultura y Turismo S.A.U.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de enero de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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