La zanja

Diego Lorca y Pako Merino recrean el desastre de 2000 en la mina de Choropampa (Perú) como una simbólica repetición del pasado

Los de Titzina ya demostraron un modo de hacer particular en aquel Distancia siete minutos que presentaron en 2014 en el Teatro de La Abadía. El desarrollo de historias complejas, abordando cada escena en la reconversión de varios personajes, con unas transiciones muy fluidas, con desplazamientos sugerentes entre las sombras que va habilitando una iluminación muy focalizada en los diferentes espacios. Establecer un vaso comunicante entre Pizarro y Atahualpa, y la tragedia de Choropamapa (Perú) en el año 2000, cuando un derrame de mercurio ―utilizado para extraer el oro― contaminó altamente la zona. Era otra vez la búsqueda del preciado metal, la imposición del poder y los augurios de progreso y bonanza. «¿Qué tendrá este metal, para ser más querido que los hombres?», afirma en su primera alocución Diego Lorca para introducirnos en un relato de vaivén constante donde la Verdadera relación de la conquista de Perú, de Francisco de Xerez (secretario y escribano oficial de Pizarro), trae ecos permanentes. La zanja es un entramado de personajes que deambulan entre el ambiente macilento en un espacio de realismo mágico, como si se nos remitiera al Pedro Páramo de Rulfo, entre las arideces de la desolación y de la sequía pertinaz, y las voces de aquellos espíritus de antaño que pululan. El diálogo que, en diferentes momentos, mantienen el alcalde de la localidad y el técnico de la empresa minera ―responsable de convencer a los lugareños de la viabilidad ecológica del proyecto―, resulta ser el más fértil filosóficamente. Dos visiones antagónicas de la vida y de las ambiciones de unos individuos con objetivos que chocan irremediablemente. El pragmatismo algo ramplón del técnico, nos deja a un tipo forzado por sus jefes a llevar a cabo una misión de la que no parece ser todo lo consciente que debiera. Un hombre (encarnado por Pako Merino, con mezcla de prudencia y de resignación), también atrapado por el engranaje del capitalismo más aniquilador y utilitarista, que termina por ser una marioneta. En cierta manera, en el texto, existe inicialmente un desequilibro intelectual algo maniqueo entre los dos personajes. «Producimos de forma segura, éticamente correcta, y respetamos a todas las partes interesadas». Alfredo, el alcalde, es el papel esencial, una especie de conciencia del pueblo, alguien que atesora la sabiduría de los tiempos. En él está la necesidad de reconocer un legado, una tradición, una historia que se repite como un eterno retorno. «El individuo es cada vez más el centro de todo y olvida que este mundo es compartido». Entendemos qué dialéctica se propone; aunque, insisto, no se establece un intercambio equilibrado. El técnico no está a la altura; porque carece de buenos argumentos; solo posee la retórica seductora del que es dirigido. Extraños y grotescos son los paisanos, unos seres del campo, que esperan ansiosos la lluvia, medio analfabetos y pendientes del horóscopo como si solo los dioses pudieran ayudarlos (ejemplos, además, de la masa que es arrastrada por las necesidades). Cierta estructura alegórica, de símbolos que intentan ensamblarse en una cosmovisión sostiene todo el montaje. Pues no asistimos a una obra naturalista. Allí no está el pueblo discutiendo qué hacer. No están sus costumbres representando la cotidianidad; sino la emanación de un conflicto que se dirime en las ideas. Lo común frente a lo individual. Los saltos entre cuadros provocan elipsis que requieren nuestra atención y el reconocimiento claro de la lucha. El mercurio se ha convertido en vapor y ha contaminado la zona. La catástrofe ha ocurrido, tal y como se sospechaba en un primer instante. El espíritu de Pizarro regresa, también la algarabía, el tumulto del pueblo. Resulta interesante, y eso demuestra cómo los dramaturgos han guardado sus cartas, el hecho de que el técnico, por fin, demuestre que no teme el poder de este líder cuasirrevolucionario, que sabe que el hambre arrambla con todo y no distingue dignidades: «Ellos acabarán lanzando piedras a todo». La dureza de la situación nos lleva a un final de espectáculo vertiginoso en la sucesión de escenas. Algo de confusión de apodera de nosotros para llegar a un desenlace coherente con lo expresado anteriormente. Bajo las moquetas que se dispersan por el escenario se esconden las oscuras intenciones. La sequedad del terreno sobresale desde ese sencillo recurso para lograr una ambientación muy acertada. Desde luego, Merino y Lorca nos han lanzado a través del contrapunto con su transformación permanente en los distintos personajes, en los diferentes espacios y tiempos para configurar una historia agónica.

La zanja

Texto y dirección: Diego Lorca y Pako Merino

Reparto: Diego Lorca y Pako Merino

Diseño de sonido: Jonatan Bernabeu

Composición musical: Jonatan Bernabeu

Diseño iluminación: Albert Anglada y Diego Lorca

Diseño escenografía: Titzina

Construcción escenografía: Núria Espinach y Escenografíes Castells

Vestuario: Núria Espinach

Producción: Titzina

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 4 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦♦

2 comentarios en “La zanja

  1. Muy buena crítica pero, si me permiten una observación, deberían separarla en párrafos más cortos para facilitar la lectura, ya que me costó un poco leerla de principio a fin. Aún así ha despertado mi interés por la obra en cuestión. Tal vez este fin de semana me anime a mirarla, visto que se acerca la fecha límite de su representación.

    Ahora que viene Halloween, quisiera saber si conocen algunas obras de teatro de terror que nos puedan recomendar, si se dan por streaming mejor, sería padrísimo poder verlas desde casa.

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