Los mojigatos

Magüi Mira dirige esta irónica comedia de Anthony Neilson sobre las nuevas visiones del sexo

A primera vista, se detecta, nada más empezar, que vamos a asistir a una de esas comedias amables, donde la típica lucha de sexos va a reactualizarse. Pero, poco a poco, de ahí la inteligencia del texto, iremos descubriendo que los sexos y el sexo se han desmontado. Anthony Neilson ha escrito una obra engañosa, recubierta por el halo de las comedias burguesas al uso, con una compenetración abundante con un público que permanentemente es interpelado. Es una obra muy generacional, muy concreta, porque es la que se ha visto cuestionada hasta el punto de verse inmersa en la duda. Hablamos de cincuentañeros, de parejas estables, de matrimonios en fase de enfriamiento pasional o, de lo que es peor, de compañeros que se han ajustado a los parámetros emasculantes de aquellos que nuestra directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, instó a «follar con empatía» (fuera de ahí, todo es violación o casi). Por lo tanto, unos espectadores se sentirán más interpelados que otros e, incluso, algunos se sonrojarán si discurren por las directrices conservadoras de toda la vida de Dios. Y es que entre que sí y que no, entre la broma y la preterición, nuestros protagonistas, antes de ser mojigatos, practicaban el sexo, habían tenidos otras experiencias sexuales y estaban al tanto de ciertas parafilias, que nos nombran sin pudor (el dogging, por ejemplo). El lenguaje, efectivamente, viene con la envoltura del pacatismo; aunque no dudan en señalar, sin grosería, lo que consideran necesario de las artes salaces. En esa mezcla de discursos entre impostados, enmascarados y cómicos se alcanza un humor, a veces, sofisticado; otras, ridiculizante por la propia situación que describen. Tengamos en cuenta que el objetivo de estos dos individuos es pegarse el polvo delante de nosotros para no separarse definitivamente. Y es que la sequía dura ya catorce meses. Se presentan con enorme cercanía en un escenario vacío que se empieza a llenar de muebles para delimitar los espacios de cada uno; mientras se anuncian como si fuera un show televisivo y lo suyo fuera más una actuación performativa, una demostración, una charla, que una representación teatral. Ya digo que no nos debemos engañar, la obra tiene donde rascar. Eso sí, los límites son muy marcados. Si, por una parte, debemos alabar que no nos machaquen con las ironías panfletarias sobre este feminismo estridente e infantil que padecemos y su derrota del patriarcado indeleble. Por otra parte, hay que reconocer una gran prudencia a la hora de proponer positivamente una resistencia, unas alternativas y una contextualización mayor de unos personajes trazados en pocas líneas. Sabemos aspectos de ellos fundamentales; pero nos falta un relato que pudiera llevarnos más allá. Digamos que se mueve tímidamente en lo fabulístico, en el cuento moral satírico. Una de las grandes apuestas de este montaje es el reparto. Magüi Mira ha estado muy acertada en su elección; puesto que ambos actores se compenetran muy bien y se compensan en sus aptitudes. A Gabino Diego, ya lo tenemos como el pánfilo oficial de nuestra cinematografía, y aquí vuelve por esos derroteros de pagafantas, de blandito que ha integrado en sí la culpa (muy distinto al papel que nos regaló en El desguace de las musas). En el texto de Nielsen, la religión no es mentada; sin embargo, las nuevas culpas se han insertado en nuestro ser social y moral con fuerza inequívoca. Es gracioso que se ponga, con su habitual gestualidad, tan característica y tan adecuada para este personaje, a psicoanalizarse (que alguien le diga que se dice ‘libido’, no ‘lívido’. Lo repite tres veces. Responsabilidad de la versionadora). Hechos pasados se convierten en traumas que ni su inconsciente tenía por tales. Así, una experiencia traumática de su compañera, lo deja impotente para el lecho conyugal; pero no para darse al onanismo. Es lo que tiene la nueva masculinidad, que uno va por ahí sin saber que es un cafre y que no cuida el caudal simbólico de las relaciones. Yo creo que el aporte de Cecilia Solaguren es fundamental, porque es ella principalmente quien lleva las riendas del asunto, la que desea salvar la pareja y, a la postre, la que está cachonda y no aguanta más tanta mojigatería impuesta. Es ella la que tiene un par de historias en su infancia y en su adolescencia que han determinado más a su partenaire que a ella. De ahí la paradoja y el exceso de empatía. La actriz ha dado buenas muestras de su profesionalidad en propuestas como Aquiles y Pentesilea o en Los Gondra, y aquí da una lección de frescura en las tablas, de su vis cómica y de sus capacidades dancísticas, muy superiores a las de Gabino. Ambos intercambian ataques y reencuentros, rencores y retrancas, poderes y contrapoderes para las nuevas reglas del juego; ahora que llega la etapa del «sí» patente y manifiesto. ¿Qué será de nosotros en los próximos años? Quizás el placer solitario termine por ser el más seguro para todos en un mundo de pecadores renacidos.

Los mojigatos

Autor: Anthony Neilson

Versión y dirección: Magüi Mira

Reparto: Gabino Diego y Cecilia Solaguren

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Productor: Jesús Cimarro

Producción: Pentación Espectáculos

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 10 de enero de 2021

Calificación: ♦♦♦

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .