Viejo, solo y puto

Drama agridulce sobre los avatares de dos travestis en una farmacia cochambrosa

Foto de Brenda Bianco
Foto de Brenda Bianco

Última etapa del ciclo «Una mirada al mundo» en el Centro Dramático Nacional; esta vez con una propuesta argentina firmada por Sergio Boris. Acertamos a enmarcar el almacén de una farmacia algo desvalida, con varias estanterías roñosas, ocupadas por cajas de medicamentos poco fiables. La presencia de dos travestis, dos transexuales en proceso de transformación bajo la aquiescencia de su chulo y, a la sazón, hijo del dueño de aquel establecimiento, me recordó instantáneamente, por ese tono hiperbólico y amanerado que llegan a adoptar este tipo de individuos, a los que dada su situación de marginalidad no tienen más remedio que hacer de su cuerpo, strictu sensu, su modo de vida y de su expresión, su eslogan publicitario, a Tangerine (2015), la película de Sean Baker protagonizada por una prostituta transgénero, donde mediante una acibarado relato se muestra la dureza de la calle. Pero no, aquí estos personajes cumplen un papel accesorio, de igual manera que lo acaban teniendo el resto. Directamente, podemos identificar Viejo, solo y puto como un cuadro de costumbres, por qué no. Igual que podemos levantar la mirilla de la puerta y observar a una familia cualquiera en sus tareas domésticas en una época x, podemos aproximarnos a esta botica y contemplar durante poco más de una hora cómo se trapichea, cómo se discute o cómo se monta el quilombo. Cuando aceptamos que allí no va a transcurrir ninguna historia, que la trama es el puro acontecer, solo queda fijarse en el deambular de aquellos hombres arrastrados por una inercia cuasideterminista. El conjunto ocupa la escena con una soltura soberbia y, aunque algunos personajes no están lo suficientemente trazados, el ritmo de altibajos que imprimen nos llama la atención, a pesar de la insustancialidad que se va apoderando del montaje (las cartas se echan sobre la mesa y ahí permanecen). Comanda la situación Federico Liss, fantástico en su huida hacia delante, adaptándose con astucia a cada uno de los pequeños quiebros del texto, tan asqueroso con las chicas como patético en la búsqueda de cariño; tan distinto a su hermano, que David Rubenstein carga con esa desdicha del futuro divorciado, todo un tipo con aire de perdedor, que ha gastado media vida en sacarse la carrera de bioquímica con la seguridad de heredar el negocio familiar. Por allí, Darío Guersenzvaig, un visitador médico, que el actor toma con la sobriedad casi imposible de alguien que pretende no inmiscuirse completamente y, a la vez, sacar rédito. Finalmente, los dos travestis, Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari, buscan redondear y cincelar, dentro de lo posible, el estereotipo; ese vaivén de amargura alegre, de tirar como se pueda, aunque te partan los morros o te soben sin compasión. Creo que no es suficiente con lanzar a estos personajes a experienciar una situación para ellos cotidiana como esta. Vivimos en ciudades y la realidad que se nos plantea no nos resulta ajena; al contrario, cada vez la vislumbramos más en algunas calles, en algunos programas de televisión empeñados en aproximarse a los «apestados»; por eso parece necesario ahondar más en sus peculiaridades, en su biografía, en lo que se esconde debajo de la máscara, porque si no, apenas alcanza a comprometernos. Aquí, Sergio Boris apunta más de lo que expresa, y eso para forjar una atmósfera es una virtud, pero se requiere un desarrollo que nos lleve hacia territorios en los que se pueda cuestionar la problemática. Todo ello no quita para que el dramaturgo haya sabido tejer unos diálogos y, esencialmente, encajar unos posos de silencio, con verdadera maestría, logrando adensar un ambiente, con la escenografía naturalista de Gabriela A. Fernández y la iluminación propicia de Matías Sendón, que se debate entre la ruina y el nihilismo.

Viejo, solo y puto

Dramaturgia y dirección: Sergio Boris

Reparto: Patricio Aramburu, Marcelo Ferrari, Daría Guersenzvaig, Federico Liss y David Rubinstein

Escenografía y vestuario: Gabriela A. Fernández

Iluminación: Matías Sendón

Sonido: Fernando Tur

Asistencia artística y de producción: Adrián Silvert

Fotos: Brenda Bianco

Producción: Maxime Seugé y Jonathan Zak

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 13 de noviembre de 2016

Calificación: ♦♦♦

 

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