Lola Blasco busca en su texto a Louisa May Alcott a través de su célebre novela en un montaje de tintes metaliterarios

Aceptemos que a Mujercitas se le puede dar una vuelta y que se puede apreciar más allá de esa consideración costumbrista, conservadora y tan valorada por los estadounidenses de bien. Que en las entrañas de esa novela se cuela una nueva moral que funciona como un suave feminismo revolucionario que fragua a través de la escritura. Todo ello le ha dado a Lola Blasco para observar desde una perspectiva reflexiva y hasta filosófica a esas mujeres desgajadas de cualquier intromisión masculina directa. En escena no entran los hombres; así tampoco podremos aseverar que algunas de las proclamas que se escuchan durante la función realmente lleguen a ser efectivas frente a la mirada del varón. Pepa Gamboa ha marcado un compás fulgurante desde el principio, el lógico brío juvenil que nos entrega a unas muchachas con un desparpajo increíble. El montaje, salvo el decaimiento final, en el que resulta un tanto reiterativo su epílogo metaliterario; nos empuja por una pendiente en las ganas de atrapar una vida con caminos muy marcados y definidos, que su máxima protagonista anhela torcer. Desde luego, el primer tramo de la obra es un borbotón de energía que nos alegra. En plena Navidad, las March, llenas de entusiasmo, nos hacen creer de verdad que aquella existencia eminentemente hogareña y provinciana es la quintaesencia de la felicidad. Sigue leyendo





Una de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias. 
