Otoño en abril

Carolina África continua en su indagación costumbrista de nuestro presente para trazar una obra cargada de melancolía

Como si fuera la segunda etapa de un ciclo estacional, llega esta obra solapada a su Verano en diciembre. Vuelve el costumbrismo de nuestros días, vuelven las mujeres alejadas de los hombres, vuelve el impás y, esta vez, con una melancolía y un desasosiego que se amasa imparable. La vida discurre en una familia compuesta por una viuda y sus cuatro hijas. Una de ellas trabaja en África y, apenas, intervendrá en la obra; mientras que los otras tres aún necesitan vincularse al hogar materno. Tiene mucho el texto de impotencia, de incapacidad para volar solas en la etapa adulta con cierta holgura. En todo lo que se elide, que es mucho y quizás demasiado, no existe un retrato sociológico de nuestra época; pero cualquier espectador entiende que la precariedad laboral o las dificultades que existen para tener un hijo señalan el devenir de estas chicas. La experiencia con la maternidad mientras escribía este trabajo sirvió a la dramaturga para focalizar, en gran medida, las cuitas de Alicia, que interpreta Beatriz Grimaldos (papel que también ha interpretado la autora). Una mujer que decide tener un hijo «sola», después de quedarse embarazada de un amante (casado). Una hippie, sin muchos posibles, que vive alejada de la ciudad y que espera su independencia definitiva. Lanzada a la aventura; aunque con un colchón temporal en el piso de su madre. La actriz refleja el sufrimiento de un parto sobrevenido antes de tiempo, peligroso y que ha dejado a su hija, Abril, en una incubadora. Los cambios son tremebundos tanto en lo sicológico, como en lo físico, sin desdeñar esa parte existencial que reorienta radicalmente sus objetivos primordiales. Dormir poco, pechos sin leche suficiente y, algo que se detecta en cada uno de los personajes: una felicidad que está por definir. Porque Paola Ceballos, quien hace de Carmen, parece que tiene cierta iniciativa, que anhela demostrar su valía, que se quiere hacer influencer y que busca aires nuevos con su marido en Londres (una huida hacia adelante). No tarda en aceptar que su matrimonio hace aguas y que no tiene ni estilo ni edad como para influir a nadie. Y, luego, Paloma (Palo) es la más joven y se ha quedado «atascada» con su mami, hundiéndose en la depresión y sobreviviendo con el ansiolítico, con esa pizca de ilusión que le ha brotado ya que adora a su sobrinita. Majo Moreno adopta estupendamente ese temple de indolencia; pero, a la vez, de normalidad interminable en alguien de quien deducimos una vida anodina. Este es el panorama. Y siento decir que no hay mucho más. Y sí, podemos imaginar y completar el contexto, y podemos empatizar con ellas y situarlas en el antes y en el después de este momento; aunque tanta omisión anula el conflicto y quizás al público le sepa a poco. Porque, además, la madre se constriñe a ese estereotipo de la cuidadora que simplifica los problemas con soluciones a corto plazo y sin enjundia. En esa actitud, Pilar Manso está insuperable; puesto que conjuga la comicidad y el toque espontáneo en su manera de hablar, que consigue disolver la bruma oscura que a veces se cierne sobre ellas. Y ese ambiente se esparce por la escenografía higiénica de Monica Boromello. Salón, cocina y habitación de hospital vigilados por una pantalla octogonal como el nuevo orden de videollamadas y otras distancias que marcan nuestro mundo presente. Carolina África ha dibujado una atmósfera lluviosa y triste, más que construir una trama. Su fuerte siempre han sido los diálogos. Escritos con pericia y trufados de detalles que provocan la fluidez de las sentencias y de los intercambios de posturas. Tan creíbles y sencillos, como humorísticos; cuando tienen la oportunidad de plasmar esa impronta irónica. Para abundar en ese clima de nerviosismo, recurre a la escenificación de las pesadillas de Alicia. Se crea una de las mejores escenas, con Laura Cortón, quien hace, entre otros personajes, de médica, y que es capaz alcanzar el absurdo. No parece, desde luego, muy adecuado volver a recurrir a esta estética onírica en una segunda vez. Más bien parece que sí, que falta un argumento que alimente las biografías de aquellas mujeres, que nos motiven a saber de ellas. Uno piensa que en el mejor montaje de la dramaturga, Vientos de Levante, se arañaba más la realidad y nos trasladaba a conflictos superiores. Esto se echa de menos aquí. Debemos reconocer, eso sí, que Otoño en abril resulta entrañable y que logra que las vivencias íntimas y soterradas germinen para expresar la agonía, el miedo o la estupefacción de una existencia bastante insatisfecha. Nosotros, como espectadores, tenemos la tarea de encontrar un relato que está anquilosado en muchas familias de nuestro alrededor.

Otoño en abril

Texto y dirección: Carolina África

Reparto: Beatriz Grimaldos, Paola Ceballos, Laura Cortón, Pilar Manso y Majo Moreno

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Sergio Torres

Vestuario: Guadalupe Valero

Espacio sonoro: Nacho Bilbao

Visuales: Majo Moreno, David Martínez y Néstor L. Arauzo

Ayudante de dirección: Beatriz Grimaldos

Ayudante de escenografía: Lorena Rubiano

Fotos: Pilar Martín Bravo y Gonzalo Moles

Diseño cartel: Javier Jaén

Producción: La Belloch Teatro

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 4 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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