Tribus

La sordera y el lenguaje se convierten en protagonistas de esta obra de Nina Raine, dirigida por Julián Fuentes Reta

Tribus - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Creo que es una coincidencia que la obra de Nina Raine, Tribus, estrenada en 2010, lleve el tema de la sordera de una forma tan gustosamente conflictiva; y que una película titulada The Tribe (2014), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, apueste por la radicalidad de plantarnos un film sin subtítulos donde sus protagonistas son sordos y se expresan en lengua de signos. Las tribus ofrecen un falso confort mediante un exigente pago de pleitesía. La libertad queda demediada y los límites aquilatan cada una de las acciones de sus integrantes. Viene esta obra a chocar con un contexto, el de nuestro presente, que ha dejado a todas esas personas con graves dificultades de audición, que aprovechaban la lectura de labios, en una situación penosa. Pienso, por ejemplo, en ese alumno con sordera acuciante que tiene a su profesor enmascarado en un instituto corriente (da la risa, cuando al Ministerio se le llena la boca al defender inclusión). Caso loable, y aparte, es el Ponce de León en Madrid, donde los oyentes y los sordos conviven en la configuración de la normalidad. Por otra parte, en los últimos tiempos no han faltado nuevos enfrentamientos teóricos desde la concepción del capacitismo o casos peculiares como el de aquellas lesbianas sordas que con premeditación buscaron descendencia también sorda. Por otro lado, en la disputa constante de las lenguas en España, parece que la de signos (con sus distintas variedades regionales) no cuenta; si bien, es cierto, que es empleada por esta comunidad en un porcentaje bajo. La mayoría usa la lengua oral. En nuestro país hay más de un millón de ciudadanos sordos (el setenta por ciento, mayores de 65 años). Sigue leyendo →

La máquina de Turing

Claudio Tolcachir dirige con exceso de emotivismo esta obra sobre la vida del matemático Alan Turing

Para el gran público, la figura de Alan Turing ha sido descubierta en los últimos tiempos como un personaje cinematográfico que responde perfectamente a ese esquema de científico malhadado y maltratado por la política o por la religión o por la propia sociedad científica. Pero, más allá del esencial factor humano de este matemático, ahora nos topamos con su nombre ―y lo seguiremos haciendo en las próximas décadas― constantemente; porque no paramos de enfrentarnos al test que lleva su nombre, cuando nos estampamos con esos chatbots que pueblan algunas páginas web y que poco a poco ir ganando pericia intelectual. Ese test consiste en un juego de imitación por el cual un grupo de humanos ha de descubrir mediante preguntas si quien contesta es un individuo o una máquina. Por el momento, todavía, no se ha logrado superar esa prueba, es decir, la inteligencia artificial no ha engañado totalmente a los interrogadores humanos. La máquina de Turing es una obra de Benoit Solès, inspirada en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, y esta, a su vez, se basa en el texto de Andrew Hodges Alan Turing: The Enigma; por lo tanto, más allá de los artificios de la ficción, se pretende un apoyo sustancial para ofrecer un resultado verosímil. Pero a esta propuesta de Claudio Tolcachir se la puede acusar de algunos aspectos que ya fueron motivo de crítica cuando se versionó para el cine, con aquella exitosa cinta, The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch. Sigue leyendo →

Los mojigatos

Magüi Mira dirige esta irónica comedia de Anthony Neilson sobre las nuevas visiones del sexo

A primera vista, se detecta, nada más empezar, que vamos a asistir a una de esas comedias amables, donde la típica lucha de sexos va a reactualizarse. Pero, poco a poco, de ahí la inteligencia del texto, iremos descubriendo que los sexos y el sexo se han desmontado. Anthony Neilson ha escrito una obra engañosa, recubierta por el halo de las comedias burguesas al uso, con una compenetración abundante con un público que permanentemente es interpelado. Es una obra muy generacional, muy concreta, porque es la que se ha visto cuestionada hasta el punto de verse inmersa en la duda. Hablamos de cincuentañeros, de parejas estables, de matrimonios en fase de enfriamiento pasional o, de lo que es peor, de compañeros que se han ajustado a los parámetros emasculantes de aquellos que nuestra directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, instó a «follar con empatía» (fuera de ahí, todo es violación o casi). Por lo tanto, unos espectadores se sentirán más interpelados que otros e, incluso, algunos se sonrojarán si discurren por las directrices conservadoras de toda la vida de Dios. Y es que entre que sí y que no, entre la broma y la preterición, nuestros protagonistas, antes de ser mojigatos, practicaban el sexo, habían tenidos otras experiencias sexuales y estaban al tanto de ciertas parafilias, que nos nombran sin pudor (el dogging, por ejemplo). El lenguaje, efectivamente, viene con la envoltura del pacatismo; aunque no dudan en señalar, sin grosería, lo que consideran necesario de las artes salaces. Sigue leyendo →

La habitación de María

Una dramedia sin fuste, escrita por Manuel M. Velasco, para una propuesta endeble protagonizada por Concha Velasco

La habitación de María - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

En 2016, la Reina Juana que firmó Ernesto Caballero y que dirigió el recién fallecido Gerardo Vera en el Teatro de La Abadía pudo haber sido un magnífico colofón para una actriz de tan larga y exitosa carrera. Pero no ha sido así, y Concha Velasco se ha embarcado en proyectos que ya en su planteamiento hacían aguas. La habitación de María es un desastre, se tome por donde se tome. Comenzando por un texto de su hijo, Manuel Martínez Velasco, que es propio de un amateur, y que carece del más mínimo ensamblaje. Un argumento que no despega en lo cómico y que se agarra a lo dramático en el tramo final para zarandear emocionalmente a un público cautivo y embebido por la estrella. Los rasgos chocantes de inverosimilitud que recorren la función no tienen justificación ni como astracanada. Primeramente, porque a estas alturas de la película nadie se cree que una señora que justo cumple ochenta años pueda ganar el Premio Planeta (con lo fácil que era darle otro institucional). Cualquier ciudadano mínimamente enterado sabe que ese galardón se encarga (a ser posible a alguien popular, de la tele) para luego montar la ceremonia entre el fingimiento de la prensa. Precisamente, alguien que padece agorafobia no solo rehuirá salir de casa para recoger el trofeo; sino que se negará a viajar por media España para promocionar el bestseller. Se nos quiere dar la sensación de que es una escritora de cierto prestigio, solitaria, encerrada en casa, que está a punto de terminar su última novela y que tiene que decidir en ese momento cuál será el final. Y lo hace como si fuera una de esas historietas adolescentes de «elige tu aventura». Sigue leyendo →

Los que hablan

Pablo Rosal sienta a Luis Bermejo y a Malena Alterio a descubrir la estupefacción del lenguaje oral

Unos introvertidos recalcitrantes que han quedado por Tinder, dos extraterrestres recién llegados a nuestro planeta, dos androides en un laboratorio dedicado a la inteligencia artificial, dos «jarrones vacíos» ―en palabras del dramaturgo― para insuflarles el hálito vital, Adán y Eva reconociéndose en el Paraíso (en el principio era el verbo), dos gólems amasando su lengua. Cada uno se podrá imaginar lo que quiera. Aunque también, dada la imperiosa presencia del metateatro en nuestra dramaturgia contemporánea, Los que hablan puede pasar por un mero ejercicio interpretativo que nosotros debemos resignificar en el espacio teatral para otorgarle una validez. En este último sentido, me recordó a Premios y castigos, de Ciro Zorzoli, donde los actores realizan ejercicios de interpretación como si fueran marionetas huecas. Y aunque parece que es el absurdo el que impera en las reacciones y en los cambios de tema, y que nos pueden aproximar a Ionesco, lo cierto es que funciona más en la dirección de Jacques Tati; porque encontramos más estupefacción infantil, más incapacidad en la propensión de las palabras y un trabajo con el silencio muy limitante. Si hace gracia en el inicio, no es tanto, creo, por una pretensión cómica que nos hiciera situarnos en una obra a la manera de Mihura o Jardiel Poncela. Sigue leyendo →

Bien está que fuera tu tierra, Galdós

La compañía Venezia Teatro recurre a la autoficción para indagar en la figura del gran novelista a través de una colección anécdotas vitales

Empecemos por el final y sí, destripemos el final; porque realmente tampoco desvelo nada trascendental. No hay misterio que valga. Pero resulta enormemente paradigmático que, para hacer el juego con el título de la autobiografía de Galdós, es decir, Memorias de un desmemoriado (1915); todo el elenco recite cada una de las novelas, cada uno de los Episodios Nacionales, etc. Básicamente representan la sempiterna acusación que se ha realizado sobre los estudios de literatura en los institutos, o sea, soltar la ristra de fechas y de nombres. La reducción al absurdo, a la inutilidad. Puesto que en los noventa minutos de función no se habla del contenido de ni una sola obra. Apenas se recurre a Electra; pero por las cuestiones derivadas de aquel tremendo éxito. Si hemos de aceptar que este montaje va dedicado a todos los públicos, y que eso incluye a los bachilleres y a los escolares (de ahí las campañas que se han organizado); ¿qué podemos sacar en claro?, ¿cuál es el objetivo que se ha marcado Alma García como dramaturga? Bien está que fuera tu tierra, Galdós es un compendio caótico de anécdotas, de subterfugios y de aledaños que en muy poco sirven para que los neófitos, o sea, casi todos los espectadores, se aclaren con la figura del escritor. Y no por que haya que exigir una biografía dramatizada al uso, por supuesto, sino por la falta de profundidad a la hora de plasmar la dimensión literaria, política y sicológica del novelista. ¿De qué sirve un centenario si no se consigue que los lectores acudan a sus textos? Galdós, vale, ante todo y por encima de todo, por sus novelas y por algunas obras de teatro. Sigue leyendo →

Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Una obra fallida que se sitúa en los años sesenta para exponer cómo el adulterio y la homosexualidad estaban considerados delito

La intención de Irma Correa parecía clara y se suponía honorable sobre el papel. En teoría, parece, anhelaba adaptar la Tristana de Galdós a los años sesenta de nuestro pasado siglo, añadiéndole las ansias y el portazo célebre de la Casa de muñecas (merece recordar aquí aquella La vuelta de Nora, para señalar las derivas dramatúrgicas que ofrecen algunos personajes). La lástima ha sido que su texto hace aguas por todos los lados y que resulta tan maniqueo, estereotipado e inconsistente que decididamente uno se siente algo estúpido frente a frases tan sentenciosas y explicativas como las que tenemos que escuchar. Ahora, empecemos por valorar lo único que verdaderamente parece sugerente: la escenografía. Mario Vega, con clara inspiración en las estructuras de Robert Lepage (véase Needles and opium, espectáculo que pudimos disfrutar hace cinco años en los Teatros del Canal) que, salvando todas las distancias técnicas y presupuestarias, logra una satisfactoria impresión. Hablamos de un gran muro que asciende y baja desvelando huecos, peldaños o estancias; que surgen entre animaciones (un buen trabajo de Juan Carlos Cruz) que se proyectan y que nos dejan ver a otros personajes provocando coordinaciones bien interesantes. El mundo de variables que todo este aparataje habilita no se termina de potenciar debido al texto que nos toca soportar. Viene la historia encuadrada por una innecesaria y cursi descripción declamada por Ruth Sánchez (enseguida intuimos que es la hija de la protagonista) que irá apareciendo entre algunas escenas. La historia nos remite a Ana (de Tristana, pero sin la tristeza, ya sabemos de las intenciones simbólicas de Galdós a la hora poner nombres), una mujer de la escueta clase media o, al menos, aspirante a ella, de aquellos años de cierto «aperturismo» del régimen franquista. Marta Viera realiza una interpretación correcta; aunque frenada por una trama que se abalanza de tal manera que su personaje queda desfigurado. Ella debe cumplir con ese papel tan clasista y machista de «señora de». El tedium vitae que tantas heroínas de la literatura decimonónica nos trasladaron (Ana Ozores o Emma Bovary), esa abulia, ese desasosiego existencial difuso que busca imperiosamente oxígeno, aparece aquí. No obstante, sin las circunstancias burguesas que todavía nos permitirían especular sobre una mujer más consciente de sus posibilidades socioeconómicas fuera del hogar. Aquí Ana, en un pis pas, pasa de hacer «sus» labores hogareñas de buena esposa a angustiarse, conocer a una amante (¿descubriendo? su homosexualidad) y a soltar que quiere leer no sé cuántos libros, ver exposiciones, viajar, etcétera; como si cultivarse fuera algo así como una ósmosis. Uno piensa, ¿por qué no se pone a leer?, ¿por qué no acude a ninguna exposición? Hemos de aceptar que en algún ínterin que no apreciamos, su cicerone, su mentora, su Pigmalión, la ha influido o instruido como ocurre en la obra galdosiana con el pintor Horacio. Nos falta mucho contexto, conocimiento de Ana; porque la situación que se vive es enormemente abrupta y tendenciosa (todo ello desde la visión dramatúrgica, evidentemente). No hay más que observar a Lope, el marido, quien, a diferencia del Lope galdosiano, no es un señor mayor. Rubén Darío alcanza la caricatura en su proceso de descomposición sicológica. Pasa de ser un gentil abogado que acaba de entrar en el Ministerio y que desea cumplir con los mandamientos y las exigencias sociales, a convertirse en un violador, un hombre cruel y abusador, y, lo que es peor, en alguien que amenaza con asesinar a su cónyuge porque la ley (se insiste mucho en la existencia de la ley) se lo permite. Es difícil no pensar en una telenovela venezolana. Se percibe demasiado que se anhela dirigir un mensaje rotundo al público. Todo ello provoca que el argumento no respire, que los intérpretes, además de verse algo atrapados por el espacio escénico (actuar sobre una rampa no es sencillo), carezcan de líneas compongan algo más sutil en esos setenta minutos de montaje. Por otra parte, nos encontramos con los dos papeles que interpreta María de Vigo. Ciertamente, la actriz se ve suelta y con gran disposición. El personaje de Vivian, una joven francesa, dedicada a cuidar a unos niños, sueña con viajar a América ―la tierra de las oportunidades― para desarrollar su faceta como fotógrafa ―sus fotos recuerdan a las de Vivian Maier―; resulta el más interesante, el más pausado y dialogador. Es el ejemplo de lo que no ocurre con el resto de personajes. También encarna a Satur, una peluquera gallega muy echada para adelante, que intenta animar a su amiga en su pesadumbre. El respetable juzgará el final del espectáculo y valorará si es o no verosímil para aquella década. No lo desvelemos aquí; pero, al menos, digamos que la cuestión económica, el tema de la clase social, no se dirimen como se debieran. Suena chanson francesa, Brel, Aznavour. También «La vida sigue igual» de Julio Iglesias, una gran canción que nos destina a la esperanza. Irma Correa ha querido rizar el rizo para criticar Ley de Vagos y Maleantes de 1954, en la cual se consideraba la homosexualidad como delito. En la propia función se señala que en Tefía (Fuerteventura), en la Colonia Agrícola Penitenciaria se les encerraba. Y que el adulterio también estaba tipificado como delito (las condenas eran superiores para la mujer; eso conllevaba cárcel). Para combinar estas dos tropelías y crear una obra de teatro más consistente se necesita otro enfoque, otra perspectiva más profunda que someta a cuestión el contexto con todas sus vertientes. Pienso, sinceramente, que en esta obra no se plasma adecuadamente la realidad social de aquella época y, desde luego, el fondo es tan serio, como pertinente.

Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Texto: Irma Correa

Dirección: Mario Vega

Elenco: Marta Viera, María de Vigo, Rubén Darío y Ruth Sánchez

Espacio escénico: Mario Vega

Director de animación: Juan Carlos Cruz

Iluminación: Ibán Negrín

Producción: unahoramenos

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 25 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦

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Pedro Páramo

Pablo Derqui y Vicky Peña se enmascaran virtuosamente en los múltiples personajes de la magna obra de Rulfo bajo una dirección meticulosa de Mario Gas

Pedro Páramo - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Un atrevimiento formal es a priori llevar a escena una de las novelas más importantes del siglo XX. Juan Rulfo sufrió para sacar adelante su perspectiva, su estructura y ese conglomerado tan dificultoso que propiciaba un territorio alegórico-dantesco. También sufrió en su vida desde bien pequeño, ya que su padre fue asesinado cuando tan solo tenía seis años. Lo que ha conseguido Mario Gas con la dramaturgia de Pau Miró es, sencillamente, excepcional. El resultado consigue sumergirnos en ese realismo mágico que el escritor mejicano puso en marcha de manera genial. Ni es fácil una primera lectura, ni es factible recoger todos los cabos que se intercalan en escena. No llegan a plasmarse los sesenta y nueve fragmentos; pero se recorre gran parte de la obra y aparecen muchos de sus personajes. Es necesario hacerse cargo de que tan solo dos intérpretes adoptan los más variados papeles y que, además, logran trasladar los puntos de vista, los narradores, las voces, los monólogos y otras técnicas que el novelista ideó (muy influido ciertamente por William Faulkner). «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Con esa frase inicial e iniciática comienza un camino, una búsqueda del origen, una respuesta a múltiples interrogantes que ignoramos. Como Telémaco a la busca de Ulises o Edipo en el desvelamiento de su auténtico ser. Nos adentramos en una demarcación tan hostil que simplemente pensamos en un infierno cargado de violencia y de rencor. Sigue leyendo →

El chico de la última fila

Andrés Lima coge las riendas del conocido texto de Juan Mayorga para llevarnos a un fantástico juego literario de metaficción

Foto de Luz Soria

Se puede afirmar que esta es la obra de Juan Mayorga que mejor recorrido ha tenido en el escueto imaginario teatral de España en los últimos años. Desde luego, ha contribuido a ello la exitosa versión que realizó de la misma ―con alguna significativa variación al final― el cineasta francés François Ozon, y por la cual obtuvo multitud de premios. Fue publicada en 2006 y ese mismo año fue estrenada bajo la dirección de Helena Pimenta. Ahora la retoma Andrés Lima, quien va verdaderamente lanzado en las últimas temporadas ―véase su aldabonazo con Shock, montaje que regresará a escena el próximo año, más su continuación―, empleando para el elenco a colegas históricos de Animalario. Carta ganadora; porque hablamos de un texto que ha superado la coyuntura terrible de lo temporal, debido a todas las virtudes dramatúrgicas que encierra el engranaje equivocante de metateatro metaliterario. Es el estilo que, quizás, mejor ha plasmado las facetas del dramaturgo, ya sea escritor, docente, matemático o filósofo. Todo ello, de alguna manera, aunque sea circunstancial, está ahí. La recursividad teatral ya la habíamos encontrado en Himmelweg (2004) y, después, con esa profusión en el work in progress en otras obras como El cartógrafo (2010) o Reikiavik (2013); sin olvidarnos que, en El arte de la entrevista (2014), ya indagó sobre la cuestión del punto de vista y la verdad. Fundamentalmente, tenemos el enfrentamiento, el reto, el agón, entre un profesor de literatura y un alumno suyo. Sigue leyendo →