La historia y la verdad se plantan cara en este drama repleto de simbolismo escrito y dirigido por Juan Mayorga

Observar ahora un montaje como El jardín quemado, publicada en 1998, es una experiencia de intromisión retroactiva del mundo ficticio de Juan Mayorga. Ahora podemos ver algunas figuras que resuenan en textos posteriores y conceptos que el autor ha desarrollado en proyectos que hemos contemplado en los últimos años. La historia, la memoria y la verdad se aúnan conflictivamente en Himmelweg, El cartógrafo o, por supuesto, en 1936, donde el dramaturgo también aportaba su firma.
Un jardín quemado puede funcionar como paradoja o como oxímoron, pues si está inerte ya no es en sentido estricto un vergel; aunque, si nos fijamos en el karesansui, podríamos descubrir remisiones auténticamente reveladoras sobre lo planteado en esta obra. Sigue leyendo






Posee este espectáculo una contradictoria amalgama de sustancias dramáticas. Si me quedo con la experiencia directa, circunstancial, algo de tedio y de pretensiones consabidas surgen; porque el andamiaje discurre sobre el costumbrismo de nuestros días y las cuitas tan explotadas por la comedia (pequeño)burguesa que abarrota las salas comerciales. Si a eso le añadimos un discurrir moroso y, por momentos, insufrible; entonces, concluyo que es una obra más. Pero hete aquí que, una vez nos detenemos a recapacitar sobre lo acontecido, y apartamos todos esos aderezos humorísticos que, desde luego, divierten, podemos hallar rasgos de una pieza ingeniosa.
Aunque Lautaro Perotti es uno de los firmantes en la adaptación de la novela