La historia y la verdad se plantan cara en este drama repleto de simbolismo escrito y dirigido por Juan Mayorga

Observar ahora un montaje como El jardín quemado, publicada en 1998, es una experiencia de intromisión retroactiva del mundo ficticio de Juan Mayorga. Ahora podemos ver algunas figuras que resuenan en textos posteriores y conceptos que el autor ha desarrollado en proyectos que hemos contemplado en los últimos años. La historia, la memoria y la verdad se aúnan conflictivamente en Himmelweg, El cartógrafo o, por supuesto, en 1936, donde el dramaturgo también aportaba su firma.
Un jardín quemado puede funcionar como paradoja o como oxímoron, pues si está inerte ya no es en sentido estricto un vergel; aunque, si nos fijamos en el karesansui, podríamos descubrir remisiones auténticamente reveladoras sobre lo planteado en esta obra. Sigue leyendo

Creo que este montaje hay que observarlo desde una perspectiva más simbólica que naturalista, que el mérito de Eduardo Galán está en darle más hondura a una novela que puede parecernos demasiado anticuada, algo ingenua y hasta risible, como así ha provocado la gente de campo de antaño por su aparente simpleza al hablar (ese tópico que ha durado tanto en nuestro país y que tiene al garrulo como epítome). Algo de esta comicidad tenía la propuesta que protagonizó Manuel Galiana allá por el 2002, que reponía la que había liderado José Sacristán con anterioridad.
El thriller sicológico posee una serie de reglas tan estrictas que, pasados ya los años, resulta bastante difícil salirse de ciertos esquemas. Christy Hall pretende con su obra To Quiet the Quiet, traducida aquí por La coartada, jugar con un personaje «no fiable» como es su protagonista, Ana. Que ella sea la que debe aportarnos la información pertinente para que captemos por dónde va el asunto es trabajar desde algo insostenible. Esto se debe a que ella, como descubriremos según avanza la función, no está en sus cabales. 