Quien sea llega tarde

Los componentes de La Zaranda en colaboración con los argentinos de Teatro Picadero discurren en el vacío de la espera

Todos tenemos clara la estética y la ética que han desarrollado con su arte Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda. Ambos inciden de manera expresionista en los márgenes sociales. Su teatro «pobre» perfila con precisión la angustia vital de sus personajes para imponernos el espejo cóncavo con el que retratarnos. En demasiadas ocasiones los grandes temas se solapan de un proyecto a otro. Y las técnicas dramatúrgicas se evidencian con demasiada prontitud. Esto es una rémora pertinaz que evita la sorpresa y la revelación en el espectador asiduo a sus montajes. Sea como sea, son insistentes en la búsqueda y en la plasmación de cuitas esenciales del ser humano. Su profundidad es tan honda que suelen toparse con un vacío agónico. Sus resoluciones nos hacen zozobrar, mientras esbozamos una sonrisa construida con sincera compasión. Es decir, los caracteres que se nos presentan vuelven a ser vulnerables en todos los sentidos. Los artífices se han decidido a colaborar con los argentinos de Teatro Picadero. Ciertamente, es sencillo encontrar en algunos autores de allá sintonía con nuestros compatriotas. Por ejemplo, no hace demasiado tiempo se representaba en esta misma Sala Negra de los Teatros del Canal Euforia y desazón de Sergio Boris.

Dos oficinistas de un ministerio abandonado. Un lugar sin luz, sin conexión, de una época que no reconocemos del todo, porque cuenta con aparatos eléctricos verdaderamente arcaicos, pero que podrían haberse sostenido ad infinitum, pues nadie espera cambiar nada. Mujeres tristes entre cachivaches estropeados, un archivador roñoso y multiuso,… Una espera lógicamente godotiana en primera instancia, pero que rasca en otros ámbitos. No es solo aguardar: es, más bien, la alienación del currante. La estructura kafkiana que anula cualquier asidero en el que apoyarse, cierra las puertas y desconecta el hilo con los superiores. Nadie manda nada, pero el trabajador no puede marcharse y se siente invalidado. El funcionario ve desinflado su oficio en una degradación creciente. Aquí no se da el ambiente distópico de Brazil de Terry Gilliam, pero sí de El proceso. No es algo tan raro eso del presentismo absurdo en alguna institución pública. La cuestión es que ellas no son unas bartlebys que atiendan a su circunstancia, alcancen el hastío y se digan que prefieren no hacerlo. Es El mito de Sísifo al modo de Albert Camus.

Lo que plantea Calonge es el recurso a la imaginación. De alguna forma, tratada en otras obras, como Manual para armar un sueño: una visión quijotesca, y metaliteraria. Una máquina de escribir antigua, pero que aún se puede usar, que les permite redactar la novela de su vida en papel continuo. Todo ello ocurre hacia el final, en esta propuesta breve, con ese proceder lento y repetitivo que suelen imponer. Regresan una y otra vez al toqueteo de esos interruptores cochambrosos que no producen la más mínima respuesta. Nayla Pose y Paula Ransenberg adoptan con gran presteza la deformación de su gesto, repleto de ausencia y de estupefacción. La mayor se posiciona con más intencionalidad, con más rigorismo en su deber, mientras suelta «perlas» sobre esa situación tan incongruente. Además, se dirige hacia el desenlace con la indagación del reconocimiento ficcional. El efecto pirandelliano se halla en el encuentro con el espectador, en el ahondamiento de esa frontera que favorece la invención. La otra va un tanto a la zaga, en una cobertura muy noble y estrafalaria. En cualquier caso, ambas se confabulan contra la estulticia que las envuelve. Su empeño actoral resulta sugestivo y chocante, puesto que se van adentrando en su propia extrañeza con apasionamiento.

Posee esta obra un rasgo elocuente respecto de la tecnología, de la ciencia, de la modernidad. Desde luego, los elementos que aparecen son viejos, pero el apagón, como nos ocurrió hace un año, nos puso en la tesitura de recuperar modos más primitivos de supervivencia. Aquí, la obsolescencia hacia la que avanzamos, donde tantos y tantos trabajos van a desaparecer sustituidos por la IA o la robótica, nos permite elucubrar con despachos donde los propios empleados, dada su afanosa rutina o su sentido del deber, no se enteren de que han sido ignorados. Quizás esta interpretación implique llevar un tanto lejos el simbolismo que se maneja en este montaje; porque el dramaturgo construye una pieza un tanto escueta en el desarrollo de sus posibilidades.

Quien sea llega tarde

Texto: Eusebio Calonge

Dirección: Paco de La Zaranda

Actrices: Paula Ransenberg y Nayla Pose

Producción general: Sebastián Blutrach

Asistentes de dirección: Camilo Blutrach y Luna Pérez Lenning

Regidor: Camilo Blutrach

Operación de luces y adaptación del diseño de iluminación original: Peggy Bruzual

Distribución: PTC Teatrales Contemporáneas, SL

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 21 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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