En la fundación

La Joven Compañía se atreve con esta obra de Buero Vallejo que se aproxima a la ciencia-ficción

Foto de David Ruano

Durante el año pasado, no faltaron quejas en el mundo teatral sobre la ausencia de obras de Buero Vallejo durante el centenario de su nacimiento. La verdad es que creo que la única representación que se hizo fue, precisamente, La fundación, en La Pensión de las Pulgas, dirigidas por Ruth Rubio. Por lo tanto, volvemos sobre el mismo texto en la versión que ha realizado Irma Correa, de quien conocimos la temporada anterior Hablando (último aliento), un historia donde también se trataba el tema del encierro y en un ámbito psicológico. La dramaturga ha intervenido los diálogos de tal manera que podemos apreciar un lenguaje más cercano todavía a nosotros; aunque la adaptación no ha llegado al punto de pulir las explicaciones tan evidentes que se escuchan en la primera parte. Y es que Buero combina en esta fábula dos tramas muy marcadas que casi llegan a funcionar como cajones estanco. De esta forma, nos encontramos a Tomás, un muchacho que no solo cree vivir en la residencia de una fundación dedicada a la investigación; sino que además piensa que su novia acude a visitarlo a diario. Ella es Berta, una investigadora, interpretada por María Valero con pasión y vitalidad. En la habitación, el protagonista, encarnado por Víctor de la Fuente, quien se echa a las espaldas gran parte del espectáculo —resolviendo con firmeza y con un sobresaliente arco interpretativo que nos lo ubica inicialmente como una débil víctima, para después ofrecernos a un tipo que aún quiere luchar—, convive con un hombre que está tendido sobre una mesa. Correa ha dotado a este personaje de mayor categoría y es un detalle interesante que apuntala, más que en el original, el espectro imaginario en el que estamos inmersos. Mateo Rubistein, con verdadero patetismo, es ese chico, muerto hace varios días, revivido en una reiterativa moribundez a los ojos de Tomás y a la fingida atención del resto. Cuando llegan los otros cuatro, asistimos a varias escenas que resultan demasiado ágiles, algo hiperactivas; que, incluso, desde mi punto de vista, desfavorecen la credibilidad del ambiente que se quiere establecer; pues están hambrientos, faltos de fuerza y, por mucho que quieran contribuir a que ese pobre malhadado no sufra ante el descubrimiento de la verdad, es un exceso. Pronto comprendemos quién es el líder. Nono Mateos asume el papel de Asel, el auténtico estratega y guía del grupo, se mueve y se expresa con seguridad e imponiendo su criterio. También veremos que es el que más firmes ideales atesora. Los otros tres juegan diferentes roles para alcanzar una cuadrilla aparentemente unida: Álvaro Caboalles hace de Max (convincente sobre todo en el tramo final); Jota Haya se queda con Tulio y le sabe imprimir fortaleza; y Pascual Laborda se mete en la piel de Lino para aportarle algo de cinismo. Mucho cambian los caracteres de unos y otros cuando, en una anagnórisis demasiado adelantada, cortan con la representación y hacen ver a Tomás cuál es la realidad en la que viven. Nada menos que una prisión. Por eso la segunda parte es toda una demostración de supervivencia, una agonía de presos que entran y salen, de planes de huida que parecen imposibles. La escenografía, diseñada por Silvia de Marta posee potencia, nos adentra en una atmósfera que remite a esas estéticas postapocalípticas que tanto abundan en el cine, con el control por cámara —las proyecciones de Álvaro Luna y Elvira R. Zurita son constantes e ilustran la opresión—; no obstante, se renuncia a la transformación radical entre la primera parte y la segunda; es decir, entre la fundación y la cárcel, tal como dejó señalado Buero. Digamos en descargo que la apariencia futurista nos sitúa en un tipo de dormitorios o de celdas que perfectamente pueden asimilarse. Desde luego, la iluminación de Juan Gómez-Cornejo es fundamental para señalar, entre tanta oscuridad, la tensión creciente. Aunque, como ya he afirmado, la función comienza un tanto acelerada y con cierto caos interpretativo, con diálogos que no acaban de encajar del todo, José Luis Arellano vuelve a demostrar con su dirección que La Joven Compañía tiene mucho que decir dentro del panorama teatral español y que no podemos hacer más que apoyarla; puesto que este es el eslabón necesario para que los adolescentes se introduzcan, con calidad y con facturas irreprochables, en el lenguaje dramatúrgico. Bien es sabido que el éxito principal que hasta ahora han conseguido es crear un público que sale entusiasmado de sus atrayentes espectáculos.

En la Fundación

A partir de La fundación, de Antonio Buero Vallejo

Dirección: José Luis Arellano García

Versión: Irma CorreaFest

 

Elenco: Óscar Albert, Álvaro Caboalles, Víctor de la Fuente, Jota Haya, Pascual Laborda, Nono Mateos, Juan Carlos Pertusa, Mateo Rubistein y María Valero

Diseño de escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Videoescena: Álvaro Luna y Elvira R. Zurita

Música: Luis Delgado

XXXV Festival de Otoño a Primavera

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 2 de diciembre de 2017

Calificación: ♦♦♦

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s