Los hermanos

La comedia de Terencio cobra ritmo sobre el escenario de La Latina gracias a la dirección de Chiqui Carabante

Antes de que Horacio estableciera su sentencia docere et delectare en el siglo I a. C., Terencio había ofrecido su arte bajo estas premisas. De esta manera, en Adelphoe (Los hermanos), nos quiere proponer una cuestión y ayudarnos a dirimirla: «¿Qué influye más en la conducta de un hijo: la educación o la naturaleza?». Para dar respuesta, Chiqui Carabante maneja con su habitual dominio distintos procedimientos para la diversión y el entretenimiento. Por otra parte, la pregunta no puede ser más pertinente en nuestra contemporaneidad. Un asunto en el que están enfrascados los neurocientíficos de renombre (véase a Sapolsky y su libro Compórtate), los filósofos especializados en la identidad de género y toda la colección de psicólogos conductistas. El tema permea en debates y llega hasta la política en la aprobación de leyes harto polémicas. No tengo claro quién firma la adaptación, si el propio director o Josu Eguskiza (así se especificaba en el estreno en Mérida el año pasado); en cualquier caso, es un acierto enorme. Y eso porque se le da una pátina de color y de humor que reconocemos a la perfección.

La estructura de la comedia resulta eficiente y clara; pero también algo limitada en sus derivas. Si debemos señalar un doble argumento, la verdad es que los problemas amorosos de nuestros protagonistas no poseen demasiado interés, máxime cuando una de las amadas, la célebre citarista, no tiene voz (ni cuerpo, ya que no cuenta con ninguna actriz que la represente). Merece la pena, entonces, que nos centremos en la disputa de las dos madres. Otro acierto: cambiar a los padres del original en mamás que, en alguna medida, podamos identificar con algún prototipo presente para atinar con la caricatura.

Inicialmente, toma el micrófono Santiago Molero, quien se convierte en presentador y prologuista. Como afirmaba antes, se nos debe ilustrar sobre el planteamiento de la obra, y este queda definido perfectamente. El propio actor, además, contará con su propio relato, pues al encarnarse en Siro, uno de los esclavos, tiene la oportunidad de enamorarse de otro en su misma condición, Geta, que acoge Eguskiza. Ambos le ponen verosímil rudeza y cariño, y miden con tino sus apariciones. Si en alguien debemos encontrar un tono más bronco y estrafalario es en Demesa, la auténtica madre, que decidió entregar a uno de sus hijos a su hermana. Cristina Medina le pone gran ímpetu. Su cariz grandilocuente es el propia de una progenitora que ha puesto en vereda a su vástago desde el primer instante. El chaval ha sufrido una instrucción severa que lo ha convertido en el joven más aleccionado de toda Roma. Jasio Velasco dispone de un papel, Ctesifonte, muy preponderante en diferentes esferas. Primero porque interpreta con sutileza su carácter de ingenuo que se prepara para abrir los ojos al mundo y romper las normas por amor. Después porque ha creado un espacio sonoro que nos lleva por diversos ambientes: jaraneros, carnavalescos y hasta cinematográficos. Además, por supuesto, propicia todos esos ruidos y chuflas para acompañar los gestos y golpes de clowns. Añadamos que él es la suegra tapada, Sostrata, que es una descarada, una faltona y una irrisoria chismosa que se lanza con pasos de flamenco repletos de ironía. Una actuación breve, que funciona excelentemente. Falín Galán, con similares lides musicales —la instrumentación es variada en percusión, fundamentalmente— e actorales, se desempeña con gran desparpajo. Es quien potencia más las acciones, quien busca las tretas adecuadas para que el nudo se deshaga. Por su parte, Micciona es una Eva Isanta luminosa, pero que, al hacer de buena y de liberal, con ese reto de contribuir al desarrollo de la naturaleza sin demasiada intervención, no tiene mucho protagonismo. No accede a que su hijo se case con Pánfila, una mujer sin posibles. Rocío Galán es quien más chirigota le pone a su rol, puesto que es una barriobajera con la libido desatada y con un bombo sobresaliente.

El embrollo discurre no tanto en equívocos, sino más bien en despistes para que las señoras vayan cayendo en la cuenta de su tesis inicial. Aceptamos la lección sobre la posibilidad de modificar el comportamiento a voluntad, pues parece que la genética deja margen para ello, aunque algunos se empeñen tozudamente en que no. El jolgorio y el ritmo son permanentes, los juegos de palabras y el sarcasmo trufan un proyecto de atractiva factura, gracias a la escenografía de Walter Arias, quien nos destina a un campamento de nómadas a las afueras de la gran ciudad. Por otra parte, es muy apreciable la iluminación de Valentín Donaire, pues favorece distintos niveles de observación, sobre todo la misteriosa oscuridad del fondo cuando el elenco forma la banda. Peculiar es el diseño de vestuario de Salvador Carabante, quien ha configurado unos atuendos mixtos en los varones, con faldas de influencia helena y bombines que evocan a los cómicos de ese cine mudo lleno de slapstick. Es decir, mezcolanzas un tanto disruptivas.

Este montaje, a pesar de que seamos llevados de la mano y se nos oriente bastante en las ideas principales, contiene suficientes atractivos para el público.

Los hermanos

Autor: Terencio

Dirección: Chiqui Carabante

Versión: Chiqui Carabante

Reparto: Eva Isanta, Cristina Medina, Santiago Molero, Jasio Velasco, Falín Galán, Rocío Galán y Josu Eguskiza

Escenografía: Walter Arias

Iluminación: Valentín Donaire

Sonido: Pepe Mende

Vestuario: Salvador Carabante

Música y espacio sonoro: Falin Galán y Jasio Velasco

Coreografía: María Cabeza de Vaca

Distribución: Elena Carrascal

Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, GNP Producciones y Clásicos Contemporáneos

Espectáculo con el apoyo de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales – Junta de Andalucía

Teatro de La Latina (Madrid)

Hasta el 14 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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