Los cuerpos perdidos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con tratamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez

Foto de Sergio Parra

El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Junto a él, se postulan los dos personajes más punzantes y soeces: Juan del Valle, decano de la universidad; y Marcello López, judicial y profesor de Historia. Guillermo Weickert y José Luis Torrijo se manejan con el falo fuera para no perder el tiempo y proceden con la normalidad de quien vive en el estado de anomia. Quince minutos de función, te sueltan esto y luego te tocan un poco la batería; porque esto es vanguardia y todovalismo. Y súmale unos chistes machistas requetegastados (aunque emitido por Julia de Castro, que es una actriz con mucha garra y que le da el acento mejicano que debería arrastrarse en toda la propuesta). Que Los cuerpos perdidos trate sobre los feminicidios de Ciudad Juárez es un gancho ineludible; que se trate de esta forma casi parece una falta de respeto. A uno se le viene a la cabeza «La parte de los crímenes» de la famosa novela de Roberto Bolaño, 2666, donde la retahíla de mujeres muertas es interminable; y de la que Àlex Rigola realizó una impresionante adaptación, recordemos ese desierto lleno de cruces rosas y cuerpos ensangrentados en bolsas de plástico. Más recientemente, la terrible cuestión ha subido a las tablas con mayor o menor persuasión en pequeños montajes como Grietas o, en otros más ambiciosos, como Baños Roma, con un grupo de mejicanos bien entregados. Lo que vemos en el Teatro Español se descompone en sí mismo. Trazos descontextualizados de un lugar que se hace llamar Ciudad Juárez; pero que no parece remitirnos a esa población fronteriza. Muescas que quieren concretarse a través de la investigación del periodista Sergio González Rodríguez y su libro Huesos en el desierto (2002); donde lógicamente se hace referencia a las trabajadoras de las maquilas (hecho fundamental para comprender a qué tipo de muchachas iban a buscar y para qué), que son principalmente las asesinadas y las desaparecidas. Ni una sola vez se nombra a las maquilas en el texto de José Manuel Mora. Rosa, interpretada por Conchi Espejo, una jovencita con muchos pájaros en la cabeza ―departe con Silvia Elena, una timorata Paula Ruiz―, enamorada de un tipo casado y que está en la cárcel (acusado de los feminicidios o de ser el chivo expiatorio de una confabulación atroz), encarnado por Carlos Beluga, quien saca buen partido de su personaje y de esa expresión primitiva y difusa que sabe expresar con una danza cuasiacrobática. La madre del preso, Verónica Forqué, aparece revestida por una hornacina para suplicar piedad como una virgen que viene a recoger en su regazo a su hijo sacrificado. La actriz, muy estática, parlamenta candorosamente y con su habitual cuidado. Un aspecto que se torna algo confuso; aunque quizás es el aspecto más valioso en la creación literaria del dramaturgo, es esa especie de desdoble entre el narrador y su amante, un hombre que toma serenamente Jorge Suquet ―este se ha ennoviado con Silvia Elena (sus diálogos son pacatos y nos disuaden tediosamente de la atmósfera que no llega a prender)―, y que sugiere toda una suerte de camino onírico o de universos paralelos; con lo que cobraría algo de sentido la metamorfosis inicial del protagonista. En cualquier caso, leve aire de thriller y de teatro documental cuando somos informados (un poco de autoficción) de la investigación de Sergio González Rodríguez. Demasiado tarde. La obra, intervenida por Carlota Ferrer (recuerden su Esto no es La casa de Bernarda Alba), más que dirigida con tino, para que sus coreografías surjan de improviso en algo así como un Día de los muertos, diríamos que irreverente para el caso que nos compete. Bailes y música demasiado festivos. El ritmo es lento y las escenas inconexas, y muchas de ellas sin el menor fundamento. Sin que valga de precedente, la escenografía de Monica Boromello es un simple esbozo (¿le han atado las manos?). Sabemos muy bien de lo que es capaz esta diseñadora y aquí el espacio es inmenso, cuando algunos diálogos requerirían algún apoyo. La iluminación de David Picazo (un gran profesional) posee a veces una intensidad tal que te aleja de cualquier imaginario callejón tenebroso. Por otra parte, el anticuado vestuario de Leandro Cano, con telas que recuerdan a los lienzos expresionistas de José Guerrero, resulta difícil encajarlo con una estética que se queda a medias entre lo kitsch y lo carnavalesco. Muchas muertas, muchas cruces rosas invisibilizadas en escena. Humorismo macabro y carente de trascendencia. Decepcionante.  No esperen acento ni color mejicano, esto va de epatar con colorines. Qué pensarán los de allá, si llegan a contemplar este montaje.

Los cuerpos perdidos

Dramaturgia: José Manuel Mora

Dirección: Carlota Ferrer

Reparto: Conchi Espejo, Carlos Beluga, Julia de Castro, Verónica Forqué, David Picazo, Paula Ruiz, Cristóbal Suárez, Jorge Suquet, José Luis Torrijo y Guillermo Weickert

Diseño de escenografía: Monica Boromello

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de vestuario: Leandro Cano

Diseño sonoro: Sandra Vicente

Coreografía: Carlota Ferrer

Asesoría de danza: Ana Erdozain

Fotografía: Sergio Parra

Ayudante de dirección: Enrique Sastre

Ayudante de escenografía: Miguel Delgado

Ayudante de vestuario: Carol Gamarra

Una producción de Teatro Español en colaboración con el Teatro Calderón de Valladolid.

XVIII Premio SGAE de Teatro 2009- Mejor texto teatral.

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 25 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦

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