La leyenda del tiempo

Los dramaturgos Carlota Ferrer y Darío Facal intervienen con hálito conciliador la obra de Lorca Así que pasen cinco años

Foto de Vanessa Rabade

A tenor de los últimos trabajos presentados por Carlota Ferrer (El último rinoceronte blanco) y Darío Facal (El corazón de las tinieblas), su unión auguraba un espectáculo potente sobre Así que pasen cinco años; y aunque es fácil identificar sus rasgos señeros, parece que se han quedado algo a medias. La última propuesta interesante sobre la críptica obra de Federico García Lorca la llevó a cabo la compañía Atalaya. Digamos que sutilmente la han hecho más fácil para el público, recolocando alguna escena, o explicando a través del micrófono ―también con algún cartel― por dónde andamos en la falsa trama. Luego, además, se percibe cierta candidez, cierto aniñamiento, también esto se debe a la juventud del elenco, a su vestuario y a una escenografía que favorece lo retro. María de Prado, habitual escenógrafa en los montajes de Facal (véase Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín o Sueño de una noche de verano), suele trabajar como si el espacio se ocupara por uno de esos recortables de antaño. Piezas que bajan de las alturas para resignificar las acciones. Una artesanía, por un lado, cercana, fácilmente comprensible; y, paradójicamente, inserta, esta vez, en un territorio excesivamente oscuro y distanciador, con un estrado central que eleva a los actores; pero que además nos los aleja. Son contrastes que propician sensaciones extrañas: guiños al surrealismo buñuelesco (hormigas perroandalucescas) o de Man Ray. Luego, toda la leve trama, que es como un extenso poema de ida y vuelta por los estados temporales, se encarna con actores que se travisten, que juegan ―la obra abre esas posibilidades claramente― a hacer del sexo contrario. Sigue leyendo

Los cuerpos perdidos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con tratamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez

Foto de Sergio Parra

El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Sigue leyendo