El último rinoceronte blanco

Un vigoroso espectáculo para adaptar la obra de Ibsen, El pequeño Eyolf, y tratar el tema de la maternidad y de la pareja

Si los dos últimos montajes de la pareja Mora-Ferrer ―sin contar otros trabajos de distinto cariz dramatúrgico― me habían parecido pretenciosos y hasta inanes (Esto no es La casa de Bernarda Alba y Los cuerpos perdidos), con El último rinoceronte blanco he de afirmar que me han devuelto a las buenas sensaciones de Los nadadores nocturnos. En esta ocasión, lo performativo y lo dancístico no son fuegos artificiales para epatar al público y que sirvan para cubrir la ausencia de profundidad y de argumento. Para empezar, es justo aceptar que asistimos a diferentes momentos de gran eclosión dramática (como veremos a continuación) y que el texto intervenido de Ibsen, El pequeño Eyolf, ha resultado muy evocador y, sobre todo, reverberante con la coyuntura que vivimos. Ya el preludio es un choque de ideas, una paradoja; pues el niño, aquí llamado Jesús (las reminiscencias bíblicas en esta adaptación serán múltiples), es un engendro, en el sentido de que es un ser doblemente abandonado por los amigos con los que no puede jugar, pues está tullido (una caída cuando era bebé y que sus padres debieron evitar; pues estaban a otras cosas); y por sus padres. Sigue leyendo

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La geometría del trigo

Alberto Conejero dirige su propio texto sobre las consecuencias de un amor «inconveniente» dentro del ámbito rural

En los últimos años al menos dos obras han tocado el tema de la homosexualidad en el ámbito rural, por un lado, Tom en la granja, y, con mucha más sintonía, Juguetes rotos. Pero Alberto Conejero lo ha hecho con extremada sutileza, tanta, que, en ocasiones, se ha pasado de frenada en las elipsis. Porque lo que debiera ser la trama principal, la vivencia de dos hombres unidos por el amor y por el destino azaroso, queda en segundo plano; para que nos la imaginemos a través de los entrelazamientos de otros personajes, otros familiares, otros allegados, en otro tiempo y de otra manera. Nos situamos en tierras de Jaén ―el propio dramaturgo es de Vilches y de allí se trae esta historia escuchada a su madre―, el calor abrasa y a la casa de Beatriz y de Antonio, un minero, llega, tras quince años de ausencia, Samuel. José Troncoso se imbuye en este individuo venido de París ―parece que la lengua francesa no ha hecho mella en su acento andaluz oriental― a su lugar de origen para emprender un negocio con la reconstrucción del viejo molino. Vuelve también para reencontrarse con ese amigo especial, con el que sostuvo una tímida relación imposible, un atisbo de algo inconcreto. Juan Vinuesa encarna a este dubitativo currante; se desenvuelve con esa peculiaridad del tipo que no quiere desembarazarse de la máscara. Sigue leyendo

Los cuerpos perdidos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con tratamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez

Foto de Sergio Parra

El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Sigue leyendo

Juguetes rotos

Una obra adecuada para indagar en la dura vida que tuvieron los transexuales durante el franquismo

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

A Carolina Román le gusta contar historias y, sobre todo, inmiscuirse en ese caladero de sufrimiento donde los humanos revelan su esencia. Así lo demostró en Adentro, y así lo vuelve a pretender, con más enjundia si cabe, ahora con esta nueva propuesta. Hablamos de realismo social y de una mirada a las vidas de aquellos transexuales que tanto padecieron durante el franquismo; ya fuera por el repudio general o por una legislación que los tenía por auténticos perturbados y enfermos. En este sentido, los personajes de esta obra encarnan la consabida ruta del pueblo a la gran ciudad, del ostracismo a la inevitable aceptación de un mundo laboral que se reducía a los espectáculos de varietés o a la prostitución (en su mayoría, si se querían mostrar tal como eran). Aunque suene algo tópico, no deja de ser interesante reseñar teatralmente estas circunstancias. Nacho Guerreros se mete en la piel de Mario, un funcionario de unos 45 años que, ante la noticia sobre el fallecimiento de su padre, rememora su infancia y cómo ha llegado a su situación actual. Enseguida nos posicionamos en un espacio rural de la posguerra española, donde un chaval amanerado y tímido intenta pasar desapercibido entre tanto macho asilvestrado, sin conseguirlo. Sigue leyendo

Esto no es La casa de Bernarda Alba

Una versión expresionista y onírica que envuelve en danza el texto de Lorca para caer en un feminismo inane

Esta representación sí es La casa de Bernarda Alba; y sí, las mujeres ya no viven inmersas en esa asfixia carpetovetónica de folclorismo judeocristiano, adocenante y opresor. Resulta muy paradójico que la obra comience con las presunciones del propio Lorca que resuenan a lo que afirmó en su famosa conferencia «Un poeta en Nueva York»; con aquello de: «yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas». El dramaturgo granadino tenía claro que su teatro debía trascender, que debía sujetar por la pechera al respetable para agitarlo en su sentir y en su conciencia. Quería, en definitiva, luchar contra ese teatro burgués convencional que no inmutaba a nadie. Porque todavía vivió en una época donde este arte podía influir y trastocar el pensamiento. Actualmente las influencias están en otro lado y lo que ocurre en los escenarios, cuando quiere ir más allá, solamente llega a una minoría. Sigue leyendo

Blackbird

Irene Escolar y José Luis Torrijos interpretan este drama de abusos sexuales en un montaje con sobresaliente factura escenográfica

Foto de Vanesa Rabade

Resulta ya pesado encontrarse con propuestas teatrales que caen premeditadamente en el gran error de toda creación cinematográfica, narrativa o dramática: contar, contar explicando aquello que se debería evidenciar a través de la vivencia, de la representación, del acontecimiento. Ante todo hay que mostrar, que para eso dispones de un lenguaje visual. Sigue leyendo

Danzad malditos

Sugerente versión de la célebre película, aunque sin el ritmo adecuado

Foto de Pablo Rodrigo
Foto de Dominik Valvo

Viene esta versión escrita por Félix Estaire pegada a la célebre película de Pollack y las comparaciones serán irremediables. Ya nos enseñó Steinbeck en Las uvas de la ira que la deshumanización, durante aquella época verdaderamente depresiva y llena de carencias tras la hecatombe del 29 en EE.UU, fue brutal. El lumpen da vueltas en el circo de baile a la espera de que comience el certamen; mientras, el maestro de ceremonias, encarnado por Rulo Pardo, como un mefistófeles garboso y augusto, dispone las reglas, avanza los atajos y los posibles juegos de eliminación; todo tan azaroso que clamar justicia se torna absoluta imbecilidad. Danzar hasta la descomposición, con el fin de ganar la recaudación procedente de un público (en este caso nosotros) que aguza su vertiente macabra. Un divertimento burgués, una ofensa insolente, unos Juegos del hambre visionarios, unos pobres gladiadores rodeados de risotadas con dentaduras postizas. Penoso. Sigue leyendo