El último rinoceronte blanco

Un vigoroso espectáculo para adaptar la obra de Ibsen, El pequeño Eyolf, y tratar el tema de la maternidad y de la pareja

Si los dos últimos montajes de la pareja Mora-Ferrer ―sin contar otros trabajos de distinto cariz dramatúrgico― me habían parecido pretenciosos y hasta inanes (Esto no es La casa de Bernarda Alba y Los cuerpos perdidos), con El último rinoceronte blanco he de afirmar que me han devuelto a las buenas sensaciones de Los nadadores nocturnos. En esta ocasión, lo performativo y lo dancístico no son fuegos artificiales para epatar al público y que sirvan para cubrir la ausencia de profundidad y de argumento. Para empezar, es justo aceptar que asistimos a diferentes momentos de gran eclosión dramática (como veremos a continuación) y que el texto intervenido de Ibsen, El pequeño Eyolf, ha resultado muy evocador y, sobre todo, reverberante con la coyuntura que vivimos. Ya el preludio es un choque de ideas, una paradoja; pues el niño, aquí llamado Jesús (las reminiscencias bíblicas en esta adaptación serán múltiples), es un engendro, en el sentido de que es un ser doblemente abandonado por los amigos con los que no puede jugar, pues está tullido (una caída cuando era bebé y que sus padres debieron evitar; pues estaban a otras cosas); y por sus padres. Sigue leyendo

Los cuerpos perdidos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer discurren con tratamiento frívolo para tratar los feminicidios de Ciudad Juárez

Foto de Sergio Parra

El desconcierto llega enseguida, cuando se establece un tono ilógico y trastabillado que ya no remontará en las dos horas tediosas de función. Porque algunos dramaturgos, adscritos a la narración como técnica preponderante para contarnos su historia ―con lo que eso conlleva en cuanto a la anulación de la representación en sí misma y a que el público se tenga que poner a trabajar imaginativamente más de lo debido y de lo exigible―, intentan tirar por la calle del medio con una voz que dirige el asunto y que simplifica las interpretaciones. «Ustedes se preguntarán por qué les cuento todo esto en lugar de dejar que los actores interpreten sus papeles. Si les soy sincero, he de aceptar que no lo sé…». Reconozcamos que es un recurso fácil y efectista (y lo que te ahorras en escenas y en escenografías). Además, este yo que nos habla ―micrófono en mano, por supuesto―, y que Cristóbal Suárez acoge con su imponente presencia y esa manera de proceder algo blanda y agradable, es un individuo que se metamorfosea súbitamente en un monstruo. Un profesor de física, recién separado de su mujer, acepta una oferta de trabajo en Ciudad Juárez, y nada más llegar se transforma, en un consentidor de violaciones, de maltratos y de crímenes adentrándose en el submundo allí impuesto («Busco. Facilito. Engaño. Proporciono información. Callo. Recibo. Doy. Oculto. Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfruten otros han de desaparecer»). Sigue leyendo

Esto no es La casa de Bernarda Alba

Una versión expresionista y onírica que envuelve en danza el texto de Lorca para caer en un feminismo inane

Esta representación sí es La casa de Bernarda Alba; y sí, las mujeres ya no viven inmersas en esa asfixia carpetovetónica de folclorismo judeocristiano, adocenante y opresor. Resulta muy paradójico que la obra comience con las presunciones del propio Lorca que resuenan a lo que afirmó en su famosa conferencia «Un poeta en Nueva York»; con aquello de: «yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas». El dramaturgo granadino tenía claro que su teatro debía trascender, que debía sujetar por la pechera al respetable para agitarlo en su sentir y en su conciencia. Quería, en definitiva, luchar contra ese teatro burgués convencional que no inmutaba a nadie. Porque todavía vivió en una época donde este arte podía influir y trastocar el pensamiento. Actualmente las influencias están en otro lado y lo que ocurre en los escenarios, cuando quiere ir más allá, solamente llega a una minoría. Sigue leyendo