La invasión rusa en Ucrania inspira este oscuro y lluvioso espectáculo de Mario Vega en el Teatro Fernán Gómez
La impresión que nos ha generado la invasión de Ucrania, sumada al destrozo de Gaza en estos momentos, es más que suficiente para inspirar este montaje tan potente en su puesta en escena. Nos hallamos en tierra de nadie. Un par de individuos empujan una casa ambulante, como el carro de Madre Coraje. Crezk es un tipo estrafalario, un traficante de armas, que más parece un chamarilero, que intenta hacer sus negocios a través de una radio portátil. Su territorio dice llamarse Osel, como si fuera un aspirante a señor de la guerra. Luisfer Rodríguez le imprime un subyugante rictus entre vesánico y bufonesco. Sigue leyendo



Empecemos aseverando que titular Yerma a esta obra es casi un clickbait y que los espectadores deberían estar más que avisados de que aquí no está Lorca. Dejémoslo en que la escritora María Goiricelaya se ha inspirado en la tragedia del dramaturgo granadino. Cualquiera puede comprobar que ni lenguaje, ni época, ni personajes, ni siquiera el argumento quedan reflejados. Apenas el tema se trae a colación; pero desde una perspectiva sociocultural bastante diferente. Esta es la principal pega que le puedo encontrar a un montaje magnífico y de gran intensidad; también, quizás, que se alarga demasiado y que reitera el mismo motivo en exceso (puede que la última escena, la de la fiesta, sugerente y onírica, llegue un poco tarde). Claro que, cuando hablamos de una obsesión, la repetición es obvia.
Cuando uno se empeña en performar un desenfreno debe cuidarse de no sucumbir en la autodestrucción. Los propios artífices anulan su engranaje evidenciando que sus tramas se agotan antes de que la comida esté lista. Ellos se han impuesto cocinar de principio a fin una paella de verdad, aunque algún valenciano afirmaría que es arroz con cosas; porque abusan de las verduras de manera insolente (también el cutrerío va por ahí). Noventa minutos de cocción se hacen tan excesivos para un argumento tan endeble, que más de media hora se rellena con canciones a modo de cabaret ramplón y grotesco con irónico el «Show must go on»; puesto que hay que esperar y continuar.
No es desde luego muy preciso hablar de los hijos de La Zaranda, pues esta compañía gaditana bebe de unas tradiciones y de una decadencia socioeconómica muy concreta y pertinaz que ha propiciado unas formas de expresión, un arte, un deje; pero convengamos en que el estilo zarandesco tiene hoy distintos herederos que arrastran los pros y contras de aquella compañía. En la mayoría detecto más los procedimientos formales que la consistencia política y o el componente alegórico que, en aquellos, alcanza la excelencia en varios de sus montajes.
Esther F. Carrodeguas, quien, desde mi punto de vista, ha patinado con su último espectáculo, 