Nuestra actual pandemia reconfigura la mirada que podemos aportar sobre esta comedia distópica de Rulo Pardo
El Teatro de La Abadía ha querido cerrar su peculiar temporada con algo «fresquito» para el verano (como se suele decir). Ronejo es una obra que ha ganado, sin querer, gracias a las circunstancias; pues fue creada en 2018, pero parece que el tiempo le ha dado la razón. Si usted es un conspiranoico, claro. Aunque parece que el futuro no irá muy desencaminado, ya que el hombre más rico del planeta (o el segundo, qué más da), Elon Musk, está con Neuralink preparando el abordaje. La cuestión es que esta propuesta no es más un entretenimiento, un cómic para frikis, sin más ambiciones que jugar cómicamente con un destino, el de la humanidad, que se aproxima distópico en nuestra imaginación y que, probablemente, sea tan luminoso en el aspecto exterior como oscuro en nuestro control. Los problemas, eso sí, con los que nos topamos son, al menos, dos. A saber, que el humor no sea desbordante, cuando uno lo esperaba ansiosamente. Sigue leyendo



Dentro la corriente metateatral, encontramos una veta donde el oficio de actor se revuelve sobre sí mismo en un juego de entrada y salida, crítico y desencantado. El propio Teatro de La Abadía ha dado cabida en varias ocasiones a montajes con este motivo. Recordemos, por ejemplo, el
Uno intuye que debe existir una secta secreta de admiradores del cuadro el Descendimiento y que de forma subrepticia acuden a la sala 024 del Museo del Prado como si fuera una capilla. Mi propio padre pertenece a esa secta y, de alguna manera, es una pintura más cercana que otras para mí. Si Carlos Marquerie decide concitar el poemario de Ada Salas, del mismo título que la obra de Van der Weyden, y que según la autora —así lo escuchamos de un magnetófono que desciende lentamente— esa pintura flamenca era una presencia, una atracción casi nebulosa que ahora le había provocado una mirada más insistente; entonces, nosotros, los espectadores, debemos estar preparados. Acudir a este acontecimiento sin haber observado este óleo, sin haber leído alguno de los poemas convocados, sin asumir ciertos códigos del simbolismo religioso —no solo católico o cristiano— es destinarse a la constante confusión de la Estética, como estudio de las emociones. Caer en el emotivismo, en el apabullamiento sensitivo —si es que llega—, es reducir una expresión artística a una percepción fatua, a una espuria asistencia nihilista, que se desvanecerá al poco tiempo como los fuegos artificiales. Todo ello, si no aparece la sentencia inevitable de la estupidez. 

