Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban)

Una historia algo simplona para montar un cabaret con la brillante actuación de Jorge Usón y Carmen Barrantes

La compañía aragonesa Nueve de Nueve ha elegido para su nuevo proyecto a José Troncoso como dramaturgo y director. Se comprenden perfectamente los gustos de este grupo, pues continúa la línea estética que presentaron hace unas temporadas con La extinta poética. En aquella ocasión, fueron Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda quienes estuvieron al frente del encargo. Si observamos los trabajos previos de Troncoso (Las princesas del Pacífico o Lo nunca visto), es fácil asumir la línea de continuidad. Por lo tanto, nos encontramos esta vez con las mismas influencias que se vienen reconociendo desde entonces. También con algunos vicios que forman parte de su estilo. Y es que nuevamente se nos estimula con guiños estrafalarios, esperpénticos, fantasiosos, grotescos, caricaturescos e irónicamente estereotípicos, que se recrean sin fin apartándose de un posible argumento y reduciendo la trama a un motivo esencial. Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban) es una obra con un solo concepto que pretende abundar en otras derivas; aunque no terminan de desarrollarse profundamente. Es, pienso, una función un tanto reiterativa en su relato y corta en su dimensión. Y todo ello por varios motivos. Seguramente el fundamental sea que sus personajes parten de una guiñolización excesiva. Son seres demasiado simples, autómatas que se engarzan en el engranaje de la cotidianidad, de la costumbre inapelable. No parecen poseer unos valores circunscritos a los parámetros del terruño, ya sean religiosos o, sencillamente sociales que los dispongan fuertemente hacia unas creencias bien ancladas éticamente. Su esquema vital es tan esquemático, que las transformaciones que se suceden son tan abruptas como inverosímiles; incluso en el ambiente alegórico que se define. Y partir de dos cavernícolas hace que los cambios sean demasiado insensatos, si se quiere llegar a algo. Si anhelamos encontrar algo de poso en este montaje, preguntarnos con qué nos quedamos al llegar a casa más allá de la risa, es importante que nos fijemos en la falta de coherencia con la que se procede. Da la impresión de que el pueblo puede ser cualquiera y su gente, pues, una del montón; y la pareja protagonista pues los de siempre. Tampoco parece importar ni la época. Ni nada. Para un cuento moral valen las ideas claras; aunque a los veinte minutos se haya contado todo. Afirmo esto con la consideración de que la idea es buena y muy persuasiva. Porque el motivo que se expone ha funcionado en ida y vuelta. Aquí se nos habla de la cerrazón rural, de la rutina interminable y maquinal, y el despertar a través del teatro, de la música que llega de fuera. Un tópico muy propio de los provincianos de antes que parecían alucinar y sobrevalorar la supuesta modernidad de la capital. Luego, después, habíamos pasado a lo contrario, a describir el pueblo ―ese de la España vacía― como la Arcadia feliz, el auténtico paraíso terrenal que ahuyenta la contaminación, el estrés y el consumismo capitalista (otra trampa igual, como el famoso anuncio de fabada Litoral). El ejemplo de este cuento moral nos debe servir, a la postre, para autoconcienciarnos de nuestros propios hábitos destructores, de nuestra abnegación, de nuestra alienación, y de cómo el negocio acaba totalmente con el ocio. A veces, dadas las circunstancias de opresión, no queda más remedio; otras, depende de nuestra voluntad (por vivir plenamente). Esteban regenta la ferretería que habían comandado sus antepasados tocayos. Lo hace junto a su mujer, que parece la compañera perfecta para acometer esa tremebunda cinta de Moebius en la que habitan cada día. Milimetrados, ajustados al ritmo inagotable (el negocio parece marchar a las mil maravillas, vaya trajín) y dispuestos a que así sea siempre hasta que la Parca los venga a saludar. ¿Y después? Lo de siempre también. Un par de tintos y al sofá. Mutatis mutandis, lo que hace un porcentaje nada despreciable de los solitarios habitantes de las sociedades occidentales. Tanta oferta cansa y el butacón es una isla encantadora donde brilla la luz de un televisor atascado en el mismo canal pentagruélico. Pero en esta línea, tampoco se profundiza demasiado en el texto. Puesto que, aquí, una simple obra de teatro gratuita ofrecida para el personal en aquellos lares genera tal epifanía en el protagonista, que pasa de cazurro anestesiado, a verse subyugado por la acción divina de la musa, en este caso concreto, la Música. Así, tal cual, sin medias tintas, sin etapas, sin aprendizaje. Te levantas ferretero anodino y sin incentivos existenciales, y te acuestas entusiasta y vitalista porque la melopea te ha puesto en disposición de comerte el mundo. ¿Y el desarrollo de tal transformación? Mucha imaginación. Aventura. Subir a un avión y viajar hasta Canarias y visitar el Teide. ¿Destino? Pues como en las hogueras de san Juan. Quemar todo aquello de lo que te quieres deshacer, para atreverte a emprender un futuro renovado. La magia musical ha traído ideas, conocimientos, sensatez, raciocinio, crítica. Así, tal cual, sin influencias de otro tipo, sin leer, sin hablar con gente nueva, sin cambiar los hábitos. Como viajar a la India y regresar con los chakras a punto y con tu yogui personal vía Skype para afirmar que todo lo material es vanidad. Y, así, tal cual, se llega hasta donde se llega. A la vuelta de la esquina, no más. Por fortuna, los intérpretes sacan oro de la obra. Están extraordinarios y manifiestan una vis cómica altamente loable. Jorge Usón evidencia su cachaza maña para configurar un Esteban tozudo y cachondo, como un Walter Matthau atravesado por la bonhomía y el entusiasmo. Tan gracioso como entregado para conquistar al público con las canciones más chabacanas y sorpresivas que se pudieran esperar. Alguna jota, lógicamente irreverente. Y detrás el piano de Néstor Ballesteros para que las variedades entretengan al respetable, mientras se olvida del relato y se adentra en el divertimento cómico. Carmen Barrantes no le va a la zaga con su Marigel (y canta con pasión operística cuando se inviste en la Música). Ella arrastra con pujanza la estilística de la reiteración que permea todo el espectáculo. Repetir frases y guiños, y volverlos a repetir. Gestos que vienen y van otra vez, y que la actriz elabora como aquellos cómicos del cine mudo. Inocentona y algo maruja, está afincada al virgencita que me quede como esté; mientras que su esposo está huyendo de la zona de confort. Ambos, inspirados por la composición musical de Mariano Marín, emprenden el cabaret ambulante para fantasear con la vida que no ha sido y que solo en la locura quijotesca puede tener cabida. Y sí, nos reímos, pasamos un buen rato; pero, además, percibimos que más allá de la moraleja había materia para llegar más allá.

Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban)

Dirección y dramaturgia: José Troncoso

Reparto: Carmen Barrantes y Jorge Usón

Pianista: Néstor Ballesteros

Composición y dirección musical: Mariano Marín

Iluminación: David Picazo

Escenografía y vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Una producción de Nueve de Nueve Teatro

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 4 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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