Una función esquelética en el Teatro de La Abadía sobre el golpe de estado fallido, que firman Javier Cercas y Àlex Rigola
Si Àlex Rigola abraza desde hace tiempo la autoficción (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero), el estilo sobrio que rompe la cuarta pared para sumar al público (véase Vania) y hasta la política (véase, Un enemigo del pueblo), encontrarse con Javier Cercas, un deambulador de los márgenes (no)ficcionales de la literatura, entonces su encuentro es aplastantemente lógico. Pero también debo reconocer que el dramaturgo catalán ha encadenado una serie de propuestas, desde mi punto de vista, fallidas. Y 23-F. Anatomía de un instante es una más, en lo que debemos tomar ya por una defenestración del prestigio. Sigue leyendo →
Lucía Miranda continúa su experimentación con el teatro documental verbatim para abordar caleidoscópicamente nuestra relación actual con el acceso a la vivienda
Foto de Javi Burgos
Ya que en los últimos años hemos asistido a varios proyectos basados en el teatro documental verbatim, podríamos distinguir un procedimiento más estricto y otro más entreverado por la dramaturgia. Al primero correspondería Port Arthur, obra que recrea milimétricamente el interrogatorio de un asesino; mientras que al segundo se ajustaría Lucía Miranda con Fiesta, fiesta, fiesta, donde trataba los conflictos de la chavalería en los institutos, y la propuesta que ahora nos compete. La dramaturga se impone toda la parafernalia investigadora, muy propia del periodismo, para recabar testimonios que trasladará tal cual a la escena. Esto es un truco, evidentemente, como bien sabe cualquier periodista, publicista o marrullero profesional. Sigue leyendo →
El Teatro de La Abadía acoge de nuevo la espléndida propuesta de Nao d’amores apoyándose en dos obras de Jerónimo Bermúdez
Foto de Álvaro Serrano Sierra
Vivimos en un mundo tan ansioso de modernidad, que asistir a un montaje tan apegado a unas formas antiguas y hasta viejas, supone, paradójicamente, un clamor vanguardista desde el pasado. La Nise de Nao d’amores es un ejemplo de obra maestra en nuestra contemporaneidad. Es un acontecimiento teatral aquilatado por la perfección técnica en todos los órdenes, a través de una mirada al renacimiento más medievalizado con mimbres metafóricos y gustosos que podemos aprehender con facilidad. El lógico éxito lo devuelve a La Abadía otra temporada más; el espacio para el que fue concebido la propuesta. El ábside envuelve el cuadro viviente, el retablo se configura ante nuestros ojos como ocurre en la historiada tumba de Pedro I e Inés de Castro en el Monasterio de Santa Maria de Alcobaça (Portugal). Los haces de luz cenitales que ha dispuesto Miguel Ángel Camacho producen la sensación de que el sol, con todo su simbolismo, ha penetrado por algún vano. Y luego, el botafumeiro, que aparece de improviso, incide en esa atmósfera turificada. Es decir, toda la visión escenográfica de Ricardo Vergne se nos despliega artesanalmente con materiales como la madera o los azulejos con motivos florales tan típicos de nuestros vecinos que valen decorar la alberca. Todo propende al detalle, al acoplamiento idóneo para que Ana Zamora vaya colocando las piezas en una sucesión de capiteles magníficos. Ciertamente, tendremos que aguzar el oído para que no se nos escape ese castellano del siglo XVI, si es que debemos asumir que se pronunciaba así, como ya ocurrió con la Numancia cervantina que presentaron hace unos meses. Esa puede ser la máxima dificultad en cuanto a la recepción de este espectáculo; pero el argumento es sencillo; aunque su trasfondo sea complejo. Ya se nos dio cuenta de esta leyenda con aquella función de Reinar después de morir, de Vélez de Guevara, que se presentó hace un par de años en el Teatro de la Comedia. La dramaturga ha tomado las dos obras de Jerónimo Bermúdez (1530 – 1599) —Nise lastimosa y Nise laureada— para trazar una historia que comienza in medias res, pues el futuro rey está a punto de enamorarse de Inés, una joven dama de origen noble. Los tintes neoplatónicos se perciben claramente en esa contemplación petrarquista del amor, tan ilusionante como enfermizo, donde la dama convierte a su amado en casi un esclavo de su pasión. Una fuerza, a la postre, totalmente necesaria para apoyar su determinación. Con ella se casará en secreto para escándalo de su padre y de sus consejeros. El meollo del asunto político, y uno de los puntos más significativos de estas obras, es que, al contrario de lo que ocurría en la literatura de todo género, el monarca ya no representa la justicia, sino la impiedad. Por lo tanto, estamos ante una clara denuncia de un comportamiento contrario a los valores del cristianismo. La cuestión es que las intrigas palaciegas planteaban que Inés de Castro era una hija bastarda; aunque, en realidad, se trataba más de luchas entre distintas casas de nobles. Que el rey don Alonso consintiera el asesinato de Inés implicó que después su hijo, henchido de furia, desenterrase a su mujer, para entronizarla de cuerpo presente y después acabar con sus verdugos. Una tragedia que se dirime estéticamente por un maniqueísmo muy tajante, que se representa a través de un originalísmo vestuario de Deborah Macías, compuesto por gruesos abrigos de lana, lo que da también referencia de lo importante que era este tejido en Castilla, y más en Segovia, de donde es originaria esta compañía. Los tonos parduzcos compiten con los blancos en un enfrentamiento mezquino. La música —otro de los puntos fuertes de este grupo— circunda todo el devenir a través de la vihuela, el órgano o el clavicordio. Isabel Zamora y Alba Fresco son las encargadas de tocar las diferentes piezas que ha seleccionado Alicia Lázaro, consiguiendo momentos de gran esplendor, como en las Lamentaciones de Jeremías, de Cristóbal de Morales. A ellas se suma el contratenor José Hernández Pastor para imponer su voz junto a los coros de los distintos cancioneros. La hermosura es absoluta cuando Natalia Huarte, candorosa y desgarradora, frente a la pileta, demuestra su amor con las expresiones propias de las cantigas, donde el agua posee esa significancia tanto purificadora como erótica. Su pretendiente es interpretado por Eduardo Mayo con gran consistencia y con vigor in cresciendo. José Luis Alcobendas, como monarca, se quiebra en la duda con verdadero sostenimiento. Mientras que Alejandro Saá, en el papel de merino mayor, vuelve a demostrar sus aptitudes para la entonación versal y para entregarse a fondo en la defensa de sus espurias intenciones. No le va a la zaga Marcos Toro, otro de los consejeros, para actuar de manera sibilina. El equilibrio entre la duración (certeramente breve) y los distintos impactos argumentales terminan por aunar cada uno de los elementos que entran en juego, para ofrecernos un montaje sencillamente espléndido.
El Teatro de La Abadía se abre a la nueva propuesta performativa de Matarile sobre el caos y otros supuestos temas adyacentes
Las propuestas perfiladamente performativas o, al menos, posdramáticas, se fagocitan a sí mismas en la redundancia del acontecimiento en sí. Se imitan, se copian, se repiten, tanto los gestos como los exabruptos, tanto las ironías como los cripticismos. Alimentadas de un mismo humus centrípeto de evidencias que no, de clarividencias. Propuestas jibarizadas por un mundo que se performatiza insaciable desde ese otro mundo, el virtual, que infecta nuestra realidad y nos convierte en esputos que claman por su centro de atención. Ante tal panorama, uno espera algo; para no ser deglutido por el nihil. Si El diablo en la playa es la primera parte de la Trilogía de la fragilidad, hemos de pensar, inicialmente pues, que no se tratará de la fortaleza. Sigue leyendo →
La Joven adapta la novela autobiográfica de Édouard Louis, un relato sobre homofobia en la depauperada población de Hallencourt
Esta historia trata, ante todo, de la pobreza. De cómo vive un homosexual en la podredumbre. Que va de la pobreza se entiende si uno no se deja arrastrar por las corrientes de «pensamiento» actuales. Luego, el lector, confirma en el epílogo que fuera del pueblo depauperado las cosas son de otra manera. ¿Acaso no hay homofobia en las clases medias? Por supuesto, pero en un grado muy menor. ¿O acaso la educación, el civismo, la instrucción en un ambiente de bienestar, no sirven para nada? Ya que esta obra forma parte de un proyecto educativo, así que su confianza en la transformación —muy ilusa, ya se lo digo yo— en la educación, es importante. Con algunos pueblos, con algunas ciudades de provincias, pasa igual que con los barrios opresivos que son como sectas; aunque luego, en muchos casos, ciertos partidos políticos tomen esa putrefacción moral como sello de pedigrí supuestamente anticlasista: «Ser de barrio X» (genuinidad a costa de distintos ostracismos). Teatralmente esto se quiso desarrollar en Juguetes rotos con los transexuales y de un modo más inconsecuente con Tom en la granja. Sigue leyendo →
Marianella Morena firma un montaje repleto de ironía desencantada para cuestionar nuestra sociedad de consumo
Tampoco nos dejemos engañar otra vez más por el atractivo de los clásicos, no vaya a ser que esta obra de corte anticapitalista no sea capaz de desembarazarse de los clickbaits que tanto abundan en la prensa más putrefacta. La obra de Marianella Morena, quien dirigió Andrea pixelada hará un par de años, podría llamarse Historia del maltrato o algo de Fuenteovejuna (me inspiro en su compatriota Gabriel Calderón); o como quiera, por supuesto; pero llamarla Fuenteovejuna es retorcer al máximo el concepto de adaptación o, incluso, de inspiración. La cuestión es que, como viene ocurriendo con muchas otras obras de carácter posmoderno, solamente el lenguaje encuentra anclaje en la ironía, una ironía triste y desencantada, que se ríe de la maravilla en la que está encerrada. Sigue leyendo →
Juan Loriente y Oscar Gómez Mata performatean La Abadía con un espectáculo que pretende descubrir lo que está oculto en la Realidad
Yo entiendo que si suelto aquí a Faemino y Cansado; pues me va a caer encima el aparataje-performativo-european-chachi para aleccionarme sobre el «dispositivo», la «autopoiesis», la «liminaridad» y, en definitiva, los «acontecimientos»; pero si tenemos que aunar metafísica y humor, pues me quedo con la pareja de cómicos. Me resulta extraño que a los responsables de este asunto no les viniera al caso, la situación que vivió Fernández Mallo, cuando vio que su obra borgiana sobre colección de Borges El hacedor, fue retirado de las librerías, porque a Madama Kodama le pareció que de Borges solo puede Borges hacer de Borges. Así que, El hacedor (de Borges), Remake, publicado en 2011, despareció de los anaqueles. Suerte que un ejemplar me fue regalado por mi amigo Enrique, al que aprovecho para dedicar esta crítica (es que Makers, sabrán ustedes, va de dedicatorias). Por lo que tengo entre manos un libro prohibido, que para los tiempos que corren es hasta emocionante (y creo que lucrativo). Sigue leyendo →
José Luis Gómez declama con mesura el célebre cantar en un montaje repleto de sencillez en el Teatro de La Abadía
El Cid está de moda en los últimos tiempos, quizás para despojarlo de hálitos franquistas. O quizás no. Porque entre «imperiofilias» e «imperiofobias», la disputa de nuestro ser nacional sigue vigente. El caso es que, entre el Sidi, de Pérez Reverte, y la serie de Amazon, este espectáculo de José Luis Gómez parece que redunda en esa vuelta recurrente al gran mito castellano. Lo que a bote pronto me chirría es que se subtitule «juglaría para el siglo XXI»; puesto que yo creo que este montaje tiene muy poco de lo que implicaba aquel mester. Sigue leyendo →
Eva Rufo y Esther Ortega nos transmiten las vivencias de Helen Keller y su maestra en un espectáculo inconcreto
Desde luego, a priori resultaba muy intrigante descubrir cómo se podía llevar a escena la vivencia de la famosa Helen Keller, aquella mujer que se quedó sorda y ciega después de pasar una tuberculosis (parece la hipótesis más razonable) a los diecinueve meses de haber nacido. La película El milagro de Ana Sullivan contribuyó en su momento a que su ejemplo se volviera más acuciante, especialmente para todos esos estudiantes de estudios relacionados con la pedagogía. Evidentemente, la estética, en su sentido más amplio (arte y sensaciones), parece el camino más apropiado para incidir en los lenguajes que nos puedan aproximar a esa entelequia que supone especular, no ya sobre el pensamiento y las percepciones de una persona corriente, tan manipulada por la vista, sino de alguien que requiere necesariamente acudir al tacto y al olfato para alimentar su imaginación. Sigue leyendo →