Voltaire

Tres piezas extraídas de la obra Teatro para minutos de Juan Mayorga suben a escena para vertebrarse en torno a la tolerancia

Voltaire - FotoLa última vez que Voltaire «subió» a los escenarios fue de la mano de Flotats en aquella disputa con Rousseau. Y entonces ya recordamos que los filósofos, los ilustrados, como pertenecientes, en la mayoría de los casos, a las clases mejor avenidas, tenían sus oscuridades morales. En la apuesta de Juan Mayorga está la sombra del pensador y, en ocasiones, también está esa falacia denominada argumento ad hominem; aunque la cuestión aquí radica más en el ejercicio escolar de los contrafácticos, de las hipótesis, de los ejemplos y de otras exposiciones intelectuales para que el espectador trabaje —tampoco tanto como se debiera— su cerebro. Y es que en este espectáculo dirigido con equilibro y eficacia por Ernesto Caballero, desde la sencillez del espacio casi vacío y un vestuario corriente; pasa algo parecido a cuando se recurre a los apólogos —pongamos, por ejemplo, los exempla de El conde Lucanor— para debatir acerca de conceptos, virtudes, principios o lo que se tercie. Las posibles enseñanzas debemos trasladarlas al caso que tengamos más presente; pero reconozcamos que, en muchas ocasiones, la pérdida de contexto y de matiz desvirtúa la potencia. De ahí que muchos de los habituales apotegmas de la sabiduría oriental, suenen bien y parezcan razonables; no obstante, aplicarlos sea otro cantar. En definitiva, aquí tenemos tres piezas lo suficientemente breves y distanciadoras como para que nos quedemos sin entrar en harina hasta el fondo. Pertenecen estos textos al Teatro para minutos, que ha ido creciendo en «episodios», hasta la última recopilación que recoge 44 propuestas editadas por La Uña Rota. Precisamente es «Voltaire» uno de los últimos añadidos; y es aquí el que da título al espectáculo, y el fragmento que lo cierra. Hablamos sobre todo de tolerancia, así que pensamos en su famoso tratado. Y cuando afirmo que no se va más allá en los planteamientos, es porque desde el principio, los actos se cierran sin visos de continuidad, a través de personajes que no se involucran más allá de su narración o diatriba, como podemos comprobar con «Tres anillos», que contiene la célebre parábola de Lessing —con Nathan el Sabio— y que este había tomado de versiones anteriores (sin ir más lejos, de Boccaccio, en el Decamerón), para intentar elucubrar sobre la religión verdadera: la judía, la cristiana o la musulmana. Como así sostiene Pablo Quijano con altas dosis de soberbia interpretativa. O, si aceptamos, la mirada de Karina Garantivá —muy seria y consistente en todas sus intervenciones—, estaríamos ante un caso de imposible acceso a la verdad; porque leer el cuento implica un proceso de hermenéutica que nos desvele el auténtico significado de los símbolos. Caemos en uno de los vicios de la filosofía: enfangarse en la teoría, mientras el tiempo hace su labor. Y está muy bien soltar ese tópico de que el teatro (la literatura) o la filosofía están ahí esencialmente para hacernos preguntas; aunque también es cierto que, como ocurre con muchas escuelas (véanse las helenísticas), requerimos respuestas y que los autores se manifiesten, que pretendan convencernos con sus argumentos. O sea, les pedimos valentía. La segunda pieza nos recuerda inevitablemente al gusto que tiene Mayorga por los mapas (en nuestra mente: El Cartógrafo); y es justo reconocer que «581» es un texto muy original y que se adelanta a algo que veremos más que factible en el futuro. Un diseñador de mapas por encargo —Alberto Fonseca lo encarna con perfilada ingenuidad— realiza su labor sin tener en cuenta si los datos que le facilitan son ciertos o falsos. Algunos podrían ser instalaciones poéticas («Lugares por los que he caminado sonámbulo»); pero otros, como el que se detalla, atacan derechos fundamentales: «Lugares donde ha estado el diputado Flórez desde el 1 de junio y tiempos que ha pasado en esos lugares». Un episodio de Black Mirror o lo que puede concluir un aprendiz de hacker (no es muy difícil) colándose en nuestro smartphone y echándole un vistazo al Google Maps. Insisto en que la obra, según avanzan los minutos, más se parece a un ejercicio en un instituto. Una dramatización repleta de provocaciones, pero que no atajan la cuestión hasta el punto en el que estás obligado a posicionarte. Y, por supuesto, que uno como espectador se puede involucrar; aunque para ello el dramaturgo debe mostrar más cartas si queremos que nos resulte verosímil. Porque el ciclo «Teatro Urgente» va de eso justamente, de la urgencia por tratar ciertos temas, como hicieron con Hannah Arendt en tiempos de oscuridad. Y, por supuesto, que es de actualidad que la última pieza, una en la que una obra de Voltaire no parece ser la elección idónea como trabajo fin de carrera de la alumna más brillante en una escuela de teatro prestigiosa. Censurarla, retirarla, insinuar que existen mejores opciones, repudiarla u ocultarla a los ojos del público, cuando la presente a los profesores. Aquí la diferencia con lo que ocurre con las cancelaciones en las universidades estadounidenses o canadienses (fundamentalmente) con las acciones de los SJW (Social Justice Warriors) o con los gimoteos de los hipersensibles que no quedan a gusto con los Trigger Warnings, es que al menos se nos da cuenta de si nos cargamos a Tintín o a Lolita o a Tom Sawyer. No parece que se expongan los elementos necesarios para juzgar el entramado. En cualquier caso, Tábata Cerezo aguanta con pujanza su defensa. Reconozco que los temas son muy sugerentes; no obstante, para una dramaturgia me falta que se vaya más allá, que se trascienda el ejemplo, que se extiendan las razones hasta limitar con los callejones sin salida. Me falta, también, un hilo conductor que no quede en las supuestas cuestiones acerca de la tolerancia. Si todo fuera tan sencillo como tolerar, no tendríamos los problemas que hoy nos trastornan.

 

Voltaire

Dramaturgia: Juan Mayorga

Dirección: Ernesto Caballero

Reparto: Tábata Cerezo, Alberto Fonseca, Karina Garantivá y Pablo Quijano

Asesoría en la interpretación: Fernanda Orazi

Ayudante de dirección: Nanda Abella

Diseñador: Fer Muratori

Iluminación: Paco Ariza

Un espectáculo producido por Teatro Urgente en Residencia en el Teatro Quique San Francisco y con el apoyo del Instituto Nacional de las Artes escénicas y la Música (INAEM).

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 7 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦

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